Oh I'm just counting

Dolor. Por Jorge Orellana Lavanderos. Ingeniero, escritor y cronista

La frugal escena de un enorme gran danés besando a un pato a través de la reja que los separaba - tan contenidos como yo, bajo un cielo cerrado por un enjambre de nubes - no logra sacudirme del abatimiento que se adhiere a mi piel, en este lunes seis de agosto, en que una mortecina luz que ha bajado hasta el valle sume la tarde en la incerteza de la finitud de nuestra condición y me arrastra hacia los versos de Vallejo: Hay golpes en la vida, tan fuertes…golpes como del odio de Dios.
 
Seis de agosto, clama desde el trote mi amiga – Han pasado ya diez años- recuerda, y su voz quejumbrosa extiende su dolor por el alma del barrio. Seis de agosto, susurra y se interna en el recuerdo de aquel día… Investido de coraje y desando tocar el cielo, un niño aventurero, inspirado en quien sabe que ideales insatisfechos, se anticipa al inevitable destino del hombre y se arroja hacia el abismo, persuadido tal vez de develar los insondables misterios… ¡Rompe el ciclo de la vida! Y yo percibo la inextinguible secuela de dolor que mi amiga carga desde entonces. Hay golpes en la vida, tan fuertes…golpes como del odio de Dios.
 
Seis de agosto, escucho en mi trote el lejano susurro de voz de un anciano japonés, han pasado ya siete años y aún me estremezco al recordar sus palabras. Al interior del Museo de Historia y Cultura un hombre viejo me aborda - seguramente como a muchos otros - con la incesante necesidad de encontrar una respuesta para la experiencia vivida a los ocho años, cuando padeció las devastadoras consecuencias de la bomba atómica arrojada sobre su comunidad por hombres iguales a él, iguales a mí.
 
Con sus manos entre las mías, me describió el instante fatídico, y mientras sus palabras fluyen, yo percibo que su relato alivia mi alma del agravio que ciertos hombres infligieron a otros hombres. Hay golpes en la vida, tan fuertes…golpes como del odio de Dios.
 
Tenía que visitarlo, y cumplí hace unos días con el requerimiento del alma. Fui a ver a un antiguo maestro al lugar en el que su familia lo ha depositado para dejarlo morir. ¡El trote induce preguntas que mi limitado intelecto no es capaz de responder! Desinteresado, me tendió la mano cuando yo estaba recién egresado y no tenía a quien recurrir. Un tiempo después, cuando supo que me habían tratado muy mal - aquellos a quienes me había recomendado - volvió a ayudarme.
 
Dejé de verlo, y no supe de él, por algunos años, hasta que misteriosamente acudió un día, para extraerme desde las oscuras arenas inmobiliarias en que me hundía, atrapado por el magro resultado de un proyecto.  Por todo aquello, sentía la necesidad de verlo. Cuando me llevaron frente a él, en el austero cuarto que lo acogía - desde el modesto sillón en que descansaba cruzando sus largas piernas hacia adelante - posó sobre mí, que lo miraba sentado desde una silla de madera muy sencilla, una mirada que adiviné cargada de rencor hacia el mundo. ¡Cansado! - emitió gruñendo - ¡Estoy cansado!- insistió, y continuó su monólogo, - ¡Mi intelecto yace intacto! - pero deambulo entre personas con las que no me puedo comunicar, que no entienden mi lenguaje y que me escuchan desconcertados, sin saber que decir.
Habito entre fantasmas que pululan esperando con ansiedad alcanzar el silencioso mundo de los muertos.
 
¡Condenado al pavoroso mundo de los viejos! Extrañando las carreras alocadas de los niños. Anhelando la cantarina risa juvenil - Había ido elevando en forma paulatina su tono de voz, expresando su queja plañidera, pero ahí se detuvo, pensó brevemente, en un intervalo que yo no osé interrumpir, y continuó con voz muy queda, casi balbuceando - ¡Cómo nos alegra la vida la presencia de mujeres jóvenes y hermosas! ¿¡Estaré perdiendo el sentido del placer!? Sus ojos llamearon y su voz tronó – ¡Se ha desvanecido el primario sentido que impulsaba el motor de mi vida! ¡Se está esfumando el deseo y me temo que perderé la libido! – reclamó despechado. Y… ¡Enfermo como estoy! - concluyó, no me queda más que refugiarme para esperar a la muerte - desafió y esbozó una mueca plena de sarcasmo.
 
A partir de ahí, se encerró en un mutismo hermético que no logró superar. Lo abracé, pero inconmovible, ni siquiera me miró. Había vaciado las palabras que lo atragantaban, viviría mejor unos días, y luego sin duda, volvería a sufrir de nuevo los acosos del alma, de la misma forma, implacable. Al dejar la habitación, caminé por un pasillo estrecho y pude advertir el peculiar olor de la vejez que manaba de las piezas, y observar siluetas de ambos sexos que levitaban desplazándose en puntillas sobre el suelo, mientras sus cuerpos se mecían con la rigidez de huesos desnudos, cubiertos solo por arrugados colgajos de piel y guiados por luceros yertos, desposeídos del brillo de la ilusión. Había venido a conversar con él sobre antiguas vivencias comunes y él ansiaba desprenderse de lo viejo y lo gastado. A su alrededor ya todo había muerto. Sentí la violencia de las horas y acudió a mí el melancólico final del poema de Vallejo: Murió mi eternidad y estoy velándola.
 
Pasan tres días, la temperatura ha subido y el trote es placentero. La lectura de una entrevista me ha conmovido ¿Que azarosa circunstancia es la que me tiene así? – Parece preguntarse el entrevistado y en el horror de su confusión señala que ha llegado al punto de definir la felicidad como la ausencia de dolor. Agitado, se aferra al vano intento de aprovechar las mismas horas que en la infancia viajaban con la señera languidez del reloj y que ahora lo hacen al vertiginoso ritmo del galope. ¡Nada! Ni el vigoroso esplendor de la naturaleza podrá detener el proceso de su enfermedad que avanza inexorable. Impertinente, la muerte se presenta burlona.
A ratos, él la desafía, pero otras veces la observa resignado, y hasta ha llegado a rogarle con misericordia que le regale un poco de tiempo más, algo nimio en el destino de la humanidad, pero trascendente en la vida de ese hombre, algo que tal vez le permitiría rematar su legado, que percibe inconcluso, pero las palabras no brotan, se traban, se enredan, y se hunde en la feroz impotencia que solo le deja meditar en silencio…  Hay golpes en la vida, tan fuertes…golpes como del odio de Dios.
 
Nueve de agosto, surge el agorero canto de un pájaro, habitando una ciudad de bullicio, mientras yo, simple corredor citadino, voy murmurando entre dientes, por el camino adelante, los recuerdos de hace 73 años, que el ave no cesa de augurar. ¡No bastó con una bomba! Tres días después vendría otra. Guardo grabada en la piel la imagen de mi llegada a Nagasaki. Desde la ventanilla del tren aprecié que el día evocaba un devastador sentimiento de tristeza. Hurgando entre el cielo cargado de nubes, seguramente habría descubierto a Dios llorando. El cielo había bajado hasta tocar las copas de los árboles y una persistente lluvia regaba las colinas de Nagasaki. Fue esa ciudad la que sucumbió al horror, pero pudo ser cualquier otra y el dolor sería el mismo. Hay golpes en la vida, tan fuertes…golpes como del odio de Dios.
 
La brisa trae una aromática fragancia de primavera en ciernes y fortalecido por los incipientes deshielos el río ensancha su caudal, oscurecido por la turbulencia de su fuerza, y mantiene su curso imperturbable, con mayor o menor flujo, con su inalterable recorrido.
¿Pasará el camino a la felicidad necesariamente por el dolor? Hermoso, el crepúsculo salpica de coloridos destellos la tarde.
 
Mi amiga, padecerá su pena mientras viva, porque la pérdida de un hijo no se olvida, aumenta con el paso de los años, ocurre solo que se aprende a vivir con ella. Casualmente, ha habido un cambio en Educación, tal vez la nueva Ministra acoja el legado de Educación para el siglo XXI, que ha entregado el Presidente del Directorio de Educación 2020. 
 
Con curiosidad, mi amigo esperará en la casa de acogida, la llegada de la muerte, y si es vieja y mal carada, se resistirá algo y le peleará, pero si es joven y hermosa, tal vez acepte gustoso su invitación de acompañarla, yo creo que con la secreta intención de seducirla. Los hombres seguiremos recordando los aciagos episodios de Japón y cada seis de agosto una mano piadosa hará sonar el gong en el Parque de la Paz en Hiroshima, intentando iluminar el camino redentor del hombre, y cada nueve de agosto, en el Museo de Historia y Cultura de Nagasaki el anciano, si es que aún vive, continuará relatando su vivencia y reviviendo su tragedia a todo aquel que quiera escucharlo.