“Mi 11 de septiembre”: peripecias de periodistas en 1973

Libro recoge inéditas historias vividas por 24 reporteros el día en que los militares demolieron la democracia en Chile

Por Francisco Castillo

Impacto causan los testimonios, que se mueven entre el drama y el humor, porque así es la vida, incluso cuando se está a punto de perderla. “Es un libro que conmueve”, prologó la presidenta Michelle Bachelet.

Origen del libro

La “mesa de don Camilo” (por Camilo Henríquez, el padre del periodismo chileno) es una tertulia de un grupo de periodistas que se reúnen una vez al mes a conversar, a analizar las noticias, a promover alguna iniciativa. “Comenzamos a reunirnos hace poco más de un año, y por sugerencia de alguno de los integrantes, escogimos como sede de nuestros encuentros el casino de la Gran Logia de Chile, en calle Marcoleta”, dice a Cambio21 el periodista Leonardo Cáceres.

“De esta mesa”, refiere, “partió la iniciativa de hacer un libro donde cada uno relatara lo que vivió el 11 de septiembre de 1973. Sucede que va pasando el tiempo, ya han transcurrido 44 años de ese día aciago, y aún hay aspectos que no se conocen, historias que no se han contado. A los integrantes de la mesa, casi todos mayores, nos preocupa recuperar la historia de nuestro país y no dejar que lo sucedido se olvide”.

Campos: el detonante

Uno de los comensales, el conductor del Diario de Cooperativa, Sergio Campos, lo había hecho en 2016, con sus “memorias”. En esas páginas incluyó sus peripecias del día del golpe, lo que impulsó a otro contertulio, Erasmo López, a hacer lo mismo. Su relato circuló en la mesa y motivó a los demás. Así nació la idea del libro que se titula simplemente “Mi 11 de septiembre”.

Los integrantes del grupo original son sólo 14, por lo que acordaron incorporar otros 10 testimonios, incluyendo a mujeres periodistas, a profesionales de diferentes regiones y a otros que viven fuera de Chile.

Rememora Cáceres: “Víctor Hugo de la Fuente, director en Chile de Le Monde Diplomatique, era en 1973 un muy joven militante del Partido Comunista Revolucionario; Verónica Ahumada estuvo hasta el fin en La Moneda, junto al Presidente Allende; el jefe de prensa de radio Corporación era Miguel Ángel San Martín, y otros periodistas cumplían la misma función en Radio Magallanes (Leonardo Cáceres); en radio Sargento Candelaria (Jorge Andrés Richards); en radio Nacional (Gladys Díaz). Así, al repasar los testimonios, se recoge una valiosa experiencia de profesionales de los medios de comunicación”.

Prólogo de Bachelet

Cada testimonio contenido en el libro presenta una parte de la verdad de ese día, que les marcó la vida a todos los chilenos. La presidenta Michelle Bachelet adjuntó un prólogo, que en parte señala: este libro “conmueve, porque más allá de cualquier consideración partidista o ideológica, encontramos aquí la vivencia humana de chilenos y chilenas, muchos de ellos muy jóvenes, que nos cuentan qué hicieron ese día, sin dramatizar, sin adjetivar siquiera.

“Y son, sin embargo, testimonios dramáticos, en que aparece la sombra ominosa de nuestra democracia demolida hasta los cimientos, la violencia que se desataba sobre la patria, la afrenta, la traición y la cobardía; pero encontramos también la solidaridad elemental de los anónimos, el sentido del humor que nos rescata aún en los peores momentos, la música, la belleza incluso en medio de las lágrimas”.

“Mi 11 de septiembre”, junto a un breve video de la época, será presentado al mediodía del próximo miércoles 6 en la sede de la Universidad Central.

El texto completo fue adelantado por sus autores a Cambio21, algunos de cuyos episodios compartimos a continuación. Entre paréntesis se señala la actividad que desarrollaban en 1973 cada uno de ellos:

Verónica Ahumada, (reportera del equipo de Prensa del presidente Allende):

“Esa mañana del 11 de septiembre, La Moneda se percibía silenciosa. Había llegado el personal del repostero del segundo piso, también los ayudantes de los edecanes del Presidente. Uno de ellos me advirtió que unos tanques se estaban apostando frente al Palacio. Corrí hacia los ventanales de la fachada principal para cerciorarme. Llamé por el citófono a la residencia de Tomás Moro, de donde me informaron que el Presidente ya había salido hacia La Moneda.

Estaba claro que ese 11 de septiembre sería diferente. La Plaza de la Constitución, rodeada de tanques. Los soldados, atrincherados en racimos humanos, disparando ininterrumpidamente. Era una batalla muy desigual. La seguidilla de mensajes sucesivos de hostigamiento con el fin de que el Presidente abandonara La Moneda. Se había constituido una Junta Militar a cargo del general Augusto Pinochet. Comprendí que vivíamos minutos cruciales.

Fui testigo del momento en que el Presidente despidió a sus tres edecanes. El comandante Roberto Sánchez Celedón, su edecán aéreo, fue quien ofreció un avión al Presidente, por orden de la Junta Militar. Como Allende no aceptó, se dio la orden de bombardear La Moneda.

No imaginé que ocurriría de verdad.

El Presidente Allende se despidió de sus hijas, Isabel y Tati. A todas nos besó con gran cariño. A mí me dijo: “Tienes un papel muy importante, asignado ya en la historia de este país. Y tienes la obligación de salvarte”. Entendí que tenía la misión de contar lo sucedido.

Caminamos por calle Moneda hasta el diario La Prensa, que estaba a mitad de cuadra hacia Bandera. Desde ahí vimos que venían los aviones como reconociendo el lugar preciso. Poco después comenzó el bombardeo.

Tengo el recuerdo de haber visto esa mañana al Presidente muy entero, sabía que no se iba a rendir y no abandonaría La Moneda. Allí se quedaría hasta las últimas consecuencias. Lo que me costó admitir fue el bombardeo aéreo”.

Leonardo Cáceres (jefe de prensa de Radio Magallanes, transmitió el mensaje póstumo del presidente Allende):

 “Diez minutos después de las 9 de la mañana, Ravest (el director de la radio) aparece agitando los brazos y golpeando el cristal que nos separaba de la sala de control. En esta última había un teléfono a magneto conectado en directo con la oficina del Presidente, en La Moneda. Había teléfonos similares a éste en las radios Portales y Corporación. Ravest nos dijo, por comunicación interna, que Allende estaba en línea y que teníamos que anunciarlo de inmediato. El control, Amado Felipe, alcanzó a poner en el aire los primeros acordes de la Canción Nacional, sobre la cual yo intenté anunciar al Presidente. Pero éste ya estaba hablando.

“Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes… Mis palabras no tienen amargura, sino decepción…

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes… Estas son mis últimas palabras… mi sacrificio no será en vano”.

Mientras oíamos al Presidente, yo me acerqué donde estaba Ravest, junto al parlante interno de la radio. Este me miró y me dijo lo primero que le salió del fondo del alma: “Flaco, estamos sonados. Este es su testamento político”.

Jorge Andrés Richards (jefe de prensa Radio Candelaria y periodista de Odeplan)

“Íbamos saliendo de la radio con mi gran amigo y periodista Miguel Espinoza cuando, intempestivamente, aparecieron en el edificio las amigas y periodistas Verónica Ahumada y Cecilia Tormo, dos de las seis mujeres que salieron de La Moneda por orden del Presidente Allende, inmediatamente antes del bombardeo (las cuatro restantes fueron Beatriz e Isabel Allende, Frida Modak y Nancy Julián).

Salimos de la radio los cuatro (Verónica, Cecilia, Miguel y yo) pasado el mediodía. Tomamos mi citroneta y enfilamos por la avenida José María Caro, en el Parque Forestal, hacia el oriente en medio de una ciudad absolutamente ocupada. Recuerdo que cuando pasamos frente a la embajada de EE.UU., que en ese entonces estaba en Merced con Estados Unidos, se cruzaban las balas. De ese baleo quedó un histórico registro: el orificio de un proyectil en uno de los tapabarros traseros de mi noble citroneta.

Al llegar al puente Pío Nono, para tomar la Costanera, nos detuvo una numerosa patrulla militar. Nos hicieron bajar del vehículo, a los hombres nos pusieron con las manos sobre el techo y nos registraron por todo el cuerpo. A las mujeres les registraron especialmente sus carteras. Transcurridos algunos minutos y luego de una severa revisión nos dejaron seguir.

En ese momento la Cecilia nos dice que ella traía en su cartera un cargador de balas, de alguien que se lo pasó en el momento que abandonaba La Moneda… y luego nos señala que cuando le revisaron la cartera, el conscripto tocó el cargador, se dio cuenta de lo que era, la miró con cara de sorpresa y complicidad y le ordenó: “Cierre su cartera” (esto demuestra que no todos ese día fueron unos carajos).

Tomamos la Costanera y a lo lejos vimos que en el puente del Arzobispo había otra patrulla militar. Entonces, lo primero que dijimos fue “¿qué hacemos con el cargador?”. En un primer momento pensamos esconderlo al interior de la citrola, pero luego concluimos que era una irresponsabilidad. En consecuencia, como yo manejaba, me subí hacia el Parque Japonés y el cargador fue arrojado violentamente entre las plantas”.

Gladys Díaz (jefa de prensa de Radio Nacional, integraba el Comité Central del MIR)

“Llené mi mochila con un cartón de cigarrillos guardados para la ocasión, un tarro de Nescafé, un termo con agua, galletas y mi pistola Walter con dos cargadores y un montón de balas. Parte de esa indumentaria indicaba que uno no tenía idea de cómo iba a ser el copamiento militar de la ciudad, ya que no hubo ninguna condición para organizar focos de resistencia armada, ni tampoco se sospechaba que pronto empezaría el control de identidad y revisión de bolsos y paquetes, por parte de los uniformados.

No sé cómo, a través de ese tranco largo que se comió cuadras y cuadras, llegué a avenida Vicuña Mackenna, a mi casa de seguridad, de una colega que allí vivía. Ella me estaba esperando en la vereda, en la puerta de su edificio.

“No puedes quedarte aquí. Yo no tenía idea que aquí viven dos oficiales de inteligencia y han allanado todos los departamentos por seguridad de ellos. Y nos han anunciado que lo harán diariamente”.

No tenía donde ir. Recordé que hacía un par de semanas me habían citado a una reunión del FTR (Frente de Trabajadores Revolucionarios) en una casa, que quedaba cerca de Bellavista.

Seguí caminando, sorteando como pude los controles militares. No resistía un allanamiento a mi mochila, hasta que llegué a esa casa.Tenía la bandera chilena izada. ¿No me estaría equivocando y era la casa de unos momios? Uno se arriesga cuando no tiene alternativa. Golpeé fuertemente y nada. Silencio total.

Seguí golpeando, cada vez más fuerte. Busqué una piedra en la vereda e insistí. A los 15 minutos de este intento, que me parecieron horas, sentí pasos hacia la puerta y una voz que tendí a reconocer, preguntaba: “¿Quién es?”. “Yo, Gladys Díaz”.

La puerta se abrió y me abracé con Patricio Manns. Me contó que estaba con el folklorista Desiderio Arenas, que esta casa era del padre de Desiderio, y que estábamos muy, pero muy inseguros, porque había algunas armas cortas, otro par de armas largas y un montón de granadas en la casa.

Me llevaron al barrio alto, a casa de un alto funcionario de Naciones Unidas y ahí una joven trigueña, que sabía su oficio, cortó mi larga cabellera, me tiñó de casi rubia y, por primera vez en muchos años, me vestí con un fino vestido que me proporcionó la esposa del dueño de casa, tan flaca y alta como yo. Mi clandestinidad había comenzado”.

Federico Gana (reportero Canal 13, guionista de documental sobre líder del MAPU, Rodrigo Ambrosio)

“Cuando intenté entrar (esa mañana) por la pequeña calle que enfila hacia el estacionamiento de Chile Films (donde realizaban el documental), un individuo venía corriendo, me hizo señas para que me detuviera y a gritos entrecortados y jadeantes tanto por la carrera como por el nerviosismo que demostraba, me dijo que ya habían llegado los militares y que hubo ráfagas, muchas ráfagas. Y muertos.

“No entre, por favor no entre. Y lléveme, sáqueme de aquí”.

Fue la primera persona que, en esas horas incontables que vendrían, subiría a mi vehículo, sin saber yo de quién se trataba. Habría otros más. Y con este desconocido y desesperado pasajero decidimos acercarnos al centro de la ciudad. Bajamos por la Alameda y doblamos en Miraflores.

“Déjeme aquí, después nos vemos”. Sólo eso alcanzó a decirme antes de bajar apurado en la plazoleta frente al cerro Santa Lucía y muchas veces en la vida me he preguntado con sincero interés quién sería este desconocido que me impidió el paso a Chile Films.

Y, también, quizás me salvó de las primeras madrugadoras ráfagas en el interior de la empresa productora de cine y documentales, donde los militares –después se supo– se habían dirigido con muy especiales y claras órdenes: eliminar a muchos técnicos, productores de cine y autoridades comprometidas con el gobierno de Salvador Allende”.