Oh I'm just counting

“No soy redentor de delincuentes”, dice Carlos Pinto, a Cambio21 convertido en escritor. Por Francisco Castillo

El creador de Mea Culpa describe su primer trabajo literario –“El tiempo de  los malditos”-como una novela que no es ni policial, ni política, ni morbosa, ni erótica.

“Es un relato a ratos desgarrador, una novela de emociones  encontrada s e inesperadas, pero, por sobre todo, una historia profundamente humana”, dice el autor a Cambio21.

A principios de los 80, el realizador de TV Carlos Pinto llegó a Prensa de Canal 11 –entonces, de la Universidad de Chile- manejando su “pan de molde” y con una propuesta desenfadada: incorporar notas de humor al noticiario. Eran años difíciles los que se vivían. El humor era un bálsamo. Pinto “cayó parado” en el grupo de creativos reporteros que dirigía en Teleonce el avezado periodista Vicente Pérez Zurita.

Pinto a veces se excedía con las bromas, y sus víctimas se indignaban pues quedaban en ridículo frente al país. Una de las más recordadas de sus notas fue la “entrevista” a una enorme cabeza de chancho con anteojos de sol y un cigarrillo en la boca que simulaba ser Luis “Locutín” Santibáñez. Nunca Pinto dijo que su interlocutor fuera el locuaz DT de la Roja, que se llevaba muy mal con el periodismo deportivo chileno en vísperas del Mundial de España 82, pero a nadie le cupo duda que se trataba de él.

Recién, ocho años después en Roma, durante el Mundial Italia 90, Santibáñez dejó atrás el fastidio que le provocó esa broma de Pinto, cuando le explicaron que se había tratado de una respuesta del creativo a su ninguneo hacia los reporteros. La paz quedó a firme.

El récord de Mea Culpa

Después, el ingenioso creador se fue a TVN. Allí alternó humor con seriedad, hasta que en 1993 cogió la hebra del Mea Culpa, programa de carácter policial que llegó a ser el más visto en la historia de la TV abierta. Marcó 21,38 puntos en octubre de 2008. El espacio recreaba historias de delincuentes en un ambiente sombrío, dramático, con lenguaje tétrico, pero funcional a sus espeluznantes relatos.

El mismo estilo de sus cuentos televisivos es el que exhibe ahora, en su debut como escritor, Carlos Nelson Pinto Sepúlveda (59). Nada más empezar la lectura de su novela “El Silencio de los Malditos”, el lector como que “escucha” a Pinto, “lo ve” en medio de la penumbra, mientras “le dice”, refiriéndose a sus personajes: “Las bestialidades que cometen a veces son tan grandes, que solo la mentira vestida de inocencia basta para poner un grado de justificación a sus crímenes”. Y agrega: “La inocencia es para los reos como la morfina para los enfermos terminales, calma el dolor pero no aleja la sensación de que la muerte los está mirando”.

El autor, después de sus experiencias en Mea Culpa, se mueve con comodidad en el mundo delictual. Sus protagonistas solían entregarle testimonios que ni a sus abogados les daban. No es de extrañar, entonces, que una de esas confesiones haya dado pie a su primera novela.

Relato que estremece


El propio Pinto señala a Cambio21 que eligió tal historia “porque  el relato del victimario en relación al  horrendo crimen del cual se le acusa (evito dar detalles por respeto a las víctimas, y fundamentalmente, porque solo poseo su versión de los hechos) y que acaparó los titulares de la crónica roja en las postrimerías de los años noventa, dista en ciento ochenta grados con la versión que él me confesó en forma exclusiva. Reconozco que me cautivó la lógica de su relato, que despertó en mí un inmenso apetito por darle vida a esta novela”.

Pero hay un segundo motivo, relacionado con las expectativas que tiene el público de su trabajo. “Lo que los lectores esperan, en primera instancia, no es precisamente una novela rosa, sino la expansión y desarrollo de una historia que no se distancie de lo que ellos admiraron y aceptaron en la televisión. Necesitan estremecerse, impactarse, sorprenderse y sin duda es lo que ofrece este libro”.

-Y, ¿cuál sería su principal mérito?
-La gracia, a mi entender, es que “El Silencio de los Malditos” no es en sí una novela policial, teniendo algo de esa temática, Tampoco es política, a pesar de connotar seriamente largos pasajes que se podrían entender como tales.  Y mucho menos es morbosa, ni erótica, cuando se interna en las profundidades del sexo. Las primeras críticas le otorgan el suficiente valor literario, como para validar la atmósfera del relato a ratos desgarrador, crudo, y descarnado y que pretenciosamente quiere, incluso,  estar sobre el valor de la historia. “El Silencio de los Malditos” es, para mí, un thriller dramático, una novela de emociones  encontradas e inesperadas, pero por sobre todo una historia profundamente humana.

-¿Qué grado de honestidad y credibilidad otorga a los testimonios de los delincuentes?
-Son disimiles. Nunca tuve la arrogancia de pensar que tenía la facultad de aseverar con mediana certeza que estaba frente a un culpable o a un inocente. Ellos pueden ser tan genuinos como mentirosos a la vez. Diría que mi encuentro con ellos era el equilibrado interés de mi parte de conseguir el testimonio exclusivo de un criminal y necesidad de ellos de contar frente a las cámaras su particular versión sobre los hechos. No fui su redentor, ni ellos vieron en mí una posibilidad de recobrar tempranamente su libertad.

“Me demoré mucho en entender el por qué una persona que mata a una familia completa, quiere dar su testimonio ante las cámaras. Finalmente me hizo sentido esa necesidad urgente del ser humano de confesarse ante alguien, para sacar la enorme cantidad de polvo y basura que ha acumulado, metafóricamente, debajo de su alfombra”.

“Muchos de ellos tienen eternas condenas y después de la entrevista se sentían limpios, es como si hubiesen expiado sus culpas. Claramente participaban de un estado catártico. Me lo decían. Creo que podré vivir el tiempo que me resta, más tranquilo… y me daban las gracias”.

-El público,  ¿le ha hecho comentarios respecto a la novela?
-Sí, muchos de los que asisten a la firma de libros, llegan con la novela leída.  (20 de 50, en la primera hora de firmas en la Feria Chilena del Libro). No existe mucho tiempo para intercambiar opiniones  en ese momento, pero me hacen saber que la leyeron en muy poco tiempo, que se sintieron cautivados y que no cesaron hasta que la terminaron. Esos comentarios los interpreto como una genuina aceptación… ¡Ah…! Y muchos me preguntan por determinados pasajes para asegurarse si aquellos a que hacen mención son instantes verídicos. Aunque la novela tiene por virtud tomarse licencias,  a la gente le interesa sobremanera cuando un  relato está asentado en la verdad.

Un “súper star” 

La casa editora Pengüin Random House puso a Pinto en portada de su informativo oficial de mayo, realizó un video promocional que se subió a las redes, organizó un programa de firmas en varias librerías y preparaba hasta publicidad en microbuses.

-Algo inusual para un escritor debutante…
-Reconozco que me ha sorprendido la manera como la editorial ha apoyado el libro, lo que por cierto me llena de satisfacción y agradezco.

-¿Qué encontrarán los lectores en su libro?
-Creo que la novela contiene una aguda cuota de entretención. Para mí, esta cualidad es primordial en cualquier hecho creativo. Sin duda, esto no se refiere al sentido de divertimento de una obra,  si no a la capacidad de cautivar que tiene ésta.

“Por cierto, no está exenta de una  amplia gama de información exclusiva y necesaria para la comprensión y validez del relato. Y por supuesto contiene la justa dosis de misterio y ficción que determina y exige el género literario. En definitiva, me arriesgo a decir que contiene la justa medida de todas las condiciones necesarias para cumplir cabalmente con la propuesta de remover las conciencias, agudizar la memoria e instar a una profunda reflexión”.

La TV: muerte anunciada

-¿Podría esta novela convertirse en serie de TV y/o llegar al cine?
– No puedo dar fe de eso, pero creo que su estructura literaria, tiene mucho de guión cinematográfico y por tanto no me extrañaría que alguien se interese en llevarlo a la pantalla. Lamento mucho que, por la particularidad de la historia, no sea yo el primero que se tiente. Es un gran cuento, pero exige una gran producción, de alto costo de realización.

-A propósito, ¿qué hacer ante la crisis de creatividad en la TV abierta?
-No solo se trata eso. Es peor que eso. Diría que lo que sucede en la televisión es una suerte de muerte anunciada. Es lo más parecido al futuro e inexorable cambio de los vehículos de combustibles fósiles y contaminantes, por automóviles  eléctricos, más rápidos, mejores y, a mediano plazo, más económicos. La llegada de estos últimos es tan inminente como conveniente.

“Los canales de televisión tradicionales no puede soportar los costos de la producción propia por costos ni calidad. Perdió la batalla ante la TV-Cable, Netflix y otras plataformas símiles. Tardíamente se dieron cuenta que deben complementar su pantalla con producción externa y lo único que les resta para dilatar su supervivencia, es competir de esa forma, con todo lo que ello significa. Es decir, su futuro puede llegar a convertirlos en meros canales transmisores. Tal cual ya los son innumerables y connotadas estaciones televisoras del mundo, como Antena 3 de España, por ejemplo.

-¿Hay ninguneo hacia los nuevos talentos?
-Lo hubo desde hace rato y lo sigue habiendo. Existió desidia hacia los nuevos talentos, pero no solo a ellos, si no a los talentos en general. Las estructuras tradicionales de los canales chilenos pecaron de miopes y hoy es un poco tarde para recuperar terreno.

Herval Abreu, un muerto en vida

-¿Qué opina del caso Abreu?
-Debo aclarar, que al igual que frente a las dictaduras, me opongo a los abusos de poder, vengan de donde vengan. Y sobre todo cuando las víctimas son las mujeres. Ciertamente, privilegio lo realizado por la revista “Sábado”, que denunció sin temor, pero con sensatez  y responsabilidad periodística, lo que estaba ocurriendo al interior de Canal 13, con el supuesto abuso de poder del director Herval Abreu.

“Pienso que lo primero que se debe hacer en relación al caso, es formalizar la denuncia pertinente a la justicia, cosa que entiendo aún  no se hace. Al exponer al principal inculpado al escarnio en la plaza pública, lo único que se obtiene con ello es una masacre, un linchamiento, se logra la crueldad de la inescrutable condena social.

“Yo en rigor no conozco a este director y lamento con dolorosa empatía lo que manifiestan los testimonios de las actrices y mujeres que dicen haber sido sus víctimas, Pero aquí el juicio a priori se  ha adelantado a la mano de la justicia, con todo lo nefasto que ello significa. ¿Qué tal si luego de esta lapidaria condena social, los jueces entienden que más allá de las culpas, estos actos vejatorios son declarados prescritos?

“No puedo llegar a entender la insatisfacción que produciría aquello en la opinión pública. De seguro vilipendiaríamos a los jueces y dejaríamos de creer en la justicia,  al igual  que lo hacía la gente del pueblo en las películas de cowboy: trataríamos de aplicar la ley con nuestras propias manos, colgando al acusado  sin pudor ante la exacerbada concurrencia”.

Consecuencias

-No me cabe la menor duda que este hombre- continúa Pinto-, en menos de una semana, dejó de salir a la calle. Intuye que no tendrá más trabajo en el medio televisivo,  tiene conciencia que su palabra perdió valor. Hoy es una suerte de muerto en vida. Les aseguro que ni el más perverso asesino merece morir antes de ser debidamente juzgado.

“Estoy a favor del principio de inocencia. Si bien entiendo, Herval Abreu, al fragor del devenir de los acontecimientos, ha ido aceptando ciertas culpas, nosotros estamos lejos de ser sus jueces.

“Lo que se ha logrado en este caso, según mi parecer, es haber condenado tempranamente al supuesto victimario. Y eso no se lo merece una sociedad que se precie de justa”.