Oh I'm just counting

Rosario. Por Jorge Orellana Lavanderos. Ingeniero, escritor y cronista

Entre el río y el cerro, mirando la cordillera coronada de blanco, corríamos con un amigo por las calles de mi barrio. Después de un prolongado intervalo de silencio, dialogamos
 
- ¿Cuál será tu próxima carrera?
 
- Pero si estamos inscritos para dos carreras en agosto, y los viajes y carreras del último tiempo me tienen harto fatigado - reclamé
- ¡Hay que correr algo en junio! – insistió, e incapaz de controlarme empecé a ceder.
- En realidad –dije- estoy comprometido para correr la maratón de Rosario, que incluye además la presentación de mi libro “Crónicas de Trote”, pero creo que desistiré, viajaría solo y debo atender a mi cuerpo que procura descanso.
- ¡Yo te acompaño! –respondió aniñado, y continuó- hay un vuelo directo desde Santiago a Rosario, yo me hago cargo de los pasajes y el hotel y con eso ajustamos algunas cuentas pendientes.
Y… Aquello, fue suficiente para vencer mi feble resistencia.
 
Abrigados, junto a unos amigos argentinos, nos encontramos caminando por la hermosa ciudad de Rosario. Con razón, uno de ellos comenta: Diseñada de espaldas a las aguas, permaneció así hasta que se decidió hace unos años cambiar su orientación y otorgarle protagonismo al río, dejando una importante franja entre la primera línea de las construcciones y el caudaloso Paraná.  
 
Como en las ciudades argentinas, tampoco olvidó el urbanista privilegiar la presencia de parques, los que se extienden generosos entre la ciudad y las aguas oscuras del sereno río que nace en Brasil, viaja un largo trecho hacia el sur, cruzando Paraguay y en Rosario se desvía hacia el este, para morir dando forma al estuario del río de la Plata. 
 
Ejerciendo el ancestral y fascinante acto de observar el movimiento eterno de las aguas desde la ribera, nos sorprende la presencia de enormes cargueros lentos y silenciosos que se arrastran por la superficie de las profundas aguas, recreando desde la orilla una perspectiva surrealista.
 
Se izó aquí por primera vez el Pabellón Patrio durante la Guerra de la Independencia y el episodio que enorgullece a los Rosarinos, es recordado por el soberbio Monumento a la Bandera, levantado junto a la ineludible impronta del río. Al ascender por el interior del obelisco se tiene una vista panorámica de la ciudad, el río, y el margen de flora verde viva que alienta el curso de las aguas que fluyen como si también permaneciesen vivas.
 
La naturaleza, prodigiosa en sus imágenes, ha encapotado el cielo que amenaza con descargarse sobre la ciudad y el río, pero el sol se empeña en impedirlo, horadando las nubes que se arremolinan a su entorno, multiplicando reflejos de oro y plata que destellan como las escamas de peces que luchan contra la corriente en un río. Subyugado, me quedo observando el recorrido del río, cautivado por la cita  de que “sobre aquellos que entran en un mismo río pasan aguas siempre distintas…”
 
En la ciudad se aprecia el inconfundible aroma provinciano, que inunda las calles, y al acudir a la Expo por los números y el chip de competencia, caigo en cuenta de que se tratará de una maratón reducida en corredores, y eso me agrada porque intuyo que será menos individualista. Me invade el optimismo, nos hospedamos en un hotel cercano a la línea de llegada y de largada, que será el domingo a las 9 de la mañana. Mi peso, aunque superior al que quisiera, se ha mantenido en un rango aceptable por lo que me entusiasmo, ante el desafío de mi segunda maratón del año.
 
Platicando sobre los diversos temas que afloran espontáneos desde nuestras diferencias, vencemos la ansiedad que crece con las horas lentas, que transcurren como cuando éramos niños y anhelábamos la llegada de cierta fecha. Realizo el día anterior mi ceremonia previa a la carrera: tiendo sobre el suelo de la habitación las prendas que vestiré, dispuestas en la forma que las usaré, hasta que solo yo falto al interior de ellas para completar mi silueta de corredor. Solo entonces me acomodo para el descanso final. Se trata de mi maratón número 42, y como es costumbre, mi hijo me ha entregado una polera de color terracota que lo lleva impreso y que casualmente coincide con el tono de mis zapatillas. La inspección final me deja conforme. Duermo tranquilo.
 
El día amanece helado y debemos cubrirnos para acudir a la cita. Durante la carrera visto poca ropa. Salimos con unos 4 grados y la mañana fresca nos obliga a llevar una velocidad constante para mantener caliente el cuerpo. En mi caso, no tengo más ambición que correrla en menos de 5 horas, y ojalá a un ritmo constante.
 
 
Al llevar una hora de trote, descubro un ahorro en mi tiempo y me ilusiono, el día se abre luminoso y la temperatura no sube, lo que genera condiciones favorables. Percibo una alegre voz femenina que alienta a sus compañeros de trote y que persiste en correr a mi lado. Hablamos de pronto, rompemos la pátina gélida que encapsula a los seres humanos, y dialogamos, y nuestra conversación se extiende por largo rato con la curiosa sensación del que quiere a través del otro develar el secreto que motiva el sentido de su propio trote.
 
Llegamos a la mitad de la carrera, me pregunta si seré capaz de sostener el ritmo. ¡No lo sé! Me gustaría le digo mientras siento que jadea. ¡No pares! ¡Aguanta! Tengo una puntada –reclama. ¡Todo es mental! – La apoyo, pues olfateo en sus gestos la inconfundible presencia de la determinación por lograrlo. ¡Olvida el dolor! – Insisto majadero, y ella… mantiene el ritmo.
 
Alcanzamos el punto embarazoso del maratonista. ¡El muro! Un paramento invisible que se opone a la resistencia del corredor en el K30, lo pasamos, y me atemoriza el posible surgimiento de una antigua lesión, que puede atacarme ante un esfuerzo prolongado, y bajo el ritmo. Perpleja, me mira y me insta bajando su propio tranco ¡Me apoya! Emerge el soporte generoso del corredor aficionado. Le pido que siga. Juvenil y graciosa ¡Nada puede detenerla! Y la veo alejarse, sosteniendo el paso elegante que la conducirá hasta el final de la carrera, mientras yo continúo cauteloso, temeroso del riesgo, hasta que, antes del K40 olvidada la prudencia, vuelvo a mi anterior ritmo.
 
Disfruté su compañía que me alivianó la carga. Disfruté el trote final y crucé la meta en 4:44, diez minutos después de ella. Recibimos sendas medallas y charlamos sobre el cúmulo de vivencias que la experiencia nos ha dejado. Más tarde descubro que he ganado un trofeo que no alcanzo a retirar.
 
Llega el nuevo día, nos anuncian que el país está en paro, por lo que nuestro vuelo se ha cancelado. En compañía de mi amigo, recorremos aristocráticas calles de ayer, en las que subsisten residencias que el proceso inmobiliario ha respetado. Pasa el día de descanso, es el día del regreso y no resisto la tentación de salir a correr para despedirme de la ciudad y el río:
 
La noche se sostiene aun sobre la tenue niebla que se evade, pero aguanta por un rato más, y las avenidas se mantienen en iluminada oscuridad cuando cruzo la mampara y salgo a la calle. Rostros ausentes pululan como autómatas sacudiendo la modorra de la noche que se extiende pegajosa. Busco en dirección del río la imagen extraviada, bajo y continúo por la ribera y siento flotar en el aire la presencia que alienta mi trote.
 
Un hombre apenas cubierto por rústicos andrajos, despierta y emerge desde la carpa en que habita al borde del río, parece carecer de cielo y sus ojos opacos, desprovistos de luz, enfrentan la luz que irrumpe desde la ladera opuesta. Invadido por nostálgicos recuerdos el aire se llena de agujas que punzan mi alma, que se comprime remecida. La luz se vierte generosa sobre las aguas del río en el que el viento helado se divierte formando rizos que caracolean sobre el cauce. Continúo mi trote y al reconocer sobre el asfalto las perlas de sudor de nuestro estéril esfuerzo, me aqueja el inefable sentimiento de piedad por todo aquello que asola a la condición humana. Vuelvo, la luz cae a raudales sobre la ciudad que se enciende luminosa en un despertar sobresaltado. Antes de entrar al hotel, vuelvo hacia atrás la vista y advierto la inequívoca presencia,  que se agita imperecedera entre las luces que se apagan y el sol que se empina gallardo.