Oh I'm just counting

2022 no fue un nuevo 1988. Por Eduardo Saffirio Suárez, Abogado

Entre las interpretaciones más persistentes sobre la política chilena reciente se encuentra aquella que atribuye al plebiscito constitucional de 2022 la capacidad de haber reorganizado de manera duradera la competencia política.

En sus formulaciones más entusiastas, el 61,86 por ciento obtenido por el Rechazo habría dado origen a una nueva mayoría social, a un eje político estable y, en algunos casos, incluso a una división comparable con la que enfrentó al Sí y al No en el plebiscito de 1988. El problema de esta interpretación no radica en desconocer la enorme importancia política del resultado de 2022, sino en atribuirle una capacidad estructurante que los acontecimientos posteriores no confirman.

La teoría clásica de los clivajes permite precisar la diferencia. Desde Lipset y Rokkan sabemos que las fisuras capaces de ordenar de manera relativamente estable la competencia partidaria descansan sobre tensiones sociales profundas, generan identidades políticas persistentes y encuentran organizaciones capaces de representarlas a través del tiempo. Bartolini y Mair desarrollaron posteriormente una formulación más exigente, distinguiendo un componente estructural, otro normativo o identitario y uno organizativo. Una diferencia social, una controversia intensa o una mayoría electoral de gran magnitud no constituyen, por sí mismas, un clivaje.

Bajo esos criterios, resulta difícil sostener que el plebiscito del 4 de septiembre de 2022 haya generado una nueva fisura política. El Rechazo reunió a electores provenientes de la derecha, el centro y sectores de izquierda, a ciudadanos que querían mantener la Constitución vigente y a otros que deseaban reemplazarla mediante un procedimiento distinto, a quienes objetaban disposiciones específicas del proyecto, a quienes rechazaban la conducta de la Convención y a quienes evaluaban negativamente al gobierno o al conjunto del proceso político.

A ello se agregó el retorno del voto obligatorio, que incorporó masivamente a ciudadanos cuya participación había sido mucho más irregular durante el ciclo del sufragio voluntario. La mayoría fue extraordinariamente amplia, pero también internamente heterogénea.

Una consulta plebiscitaria binaria posee precisamente esa capacidad. Reduce preferencias diversas a dos alternativas y puede reunir transitoriamente bajo una misma opción a sectores que, una vez resuelta la cuestión sometida a votación, vuelven a separarse. Por eso, la magnitud de una mayoría no permite inferir automáticamente la existencia de una identidad política equivalente. Para determinar si ha surgido una nueva fisura importa observar qué ocurre después, si aparecen identidades persistentes, si se crean o reorientan organizaciones capaces de representarlas, si las coaliciones se reorganizan conforme al nuevo eje y si esa misma división vuelve a ordenar elecciones posteriores.

El supuesto clivaje Apruebo/Rechazo no supera de manera convincente esas pruebas. No aparecieron partidos relevantes construidos alrededor de tales identidades, las coaliciones existentes no fueron sustituidas por bloques permanentes de apruebistas y rechazistas y el segundo proceso constitucional mostró muy pronto los límites de aquella interpretación. En 2023, actores que habían coincidido en el Rechazo del año anterior se dividieron frente a la nueva propuesta constitucional, algunos inclinándose por el A Favor y otros por el En Contra. Esa rápida recomposición resulta difícilmente compatible con la existencia de una nueva fisura capaz de estructurar duraderamente la competencia.

La comparación con 1988 permite apreciar mejor la naturaleza del problema. El Sí y el No no fueron solamente dos alternativas electorales surgidas durante una campaña plebiscitaria. Condensaron una experiencia histórica de diecisiete años de dictadura, marcada por conflictos políticos, institucionales, sociales y éticos de enorme profundidad.

Durante ese período se formaron memorias contrapuestas, experiencias biográficas, identidades políticas y visiones divergentes sobre la democracia y el régimen político. Cuando llegó el plebiscito, aquellas posiciones ya disponían de una densidad histórica que el acto electoral contribuyó a sintetizar y hacer visible.

A ello se agregó un segundo factor decisivo. La división autoritarismo-democracia se superpuso en gran medida y reforzó una estructura partidaria y social previamente existente. Chile poseía desde décadas antes una competencia estructurada alrededor de izquierda, centro y derecha, vinculada parcialmente a diferencias de clase, religión, cultura política e identidades partidarias arraigadas. El Sí y el No se asentaron, por tanto, sobre organizaciones, tradiciones y electorados que no habían nacido con el plebiscito de 1988. Esa superposición reforzó la nueva división y facilitó su institucionalización posterior en coaliciones que, durante un período prolongado, fueron capaces de ordenar buena parte de la competencia política.

La diferencia con 2022 es sustantiva. El Rechazo no condensó una experiencia histórica comparable ni se superpuso de manera equivalente a una estructura de identidades políticas previamente consolidadas. Tampoco produjo organizaciones nuevas capaces de encapsular aquella mayoría y reproducirla en el tiempo. La comparación entre ambos plebiscitos tiende así a confundir intensidad electoral con profundidad histórica y una mayoría coyuntural con una estructura política duradera.

Este punto es particularmente importante porque parte de la política chilena contemporánea parece organizarse cada vez más alrededor de asuntos que adquieren gran centralidad durante determinados períodos sin transformarse necesariamente en clivajes. Seguridad, inmigración, crecimiento económico, pensiones, corrupción, medioambiente o desconfianza hacia las élites pueden alterar las prioridades de los ciudadanos, favorecer a ciertos partidos y modificar resultados electorales. Son dimensiones políticamente relevantes, pero su importancia no exige suponer que cada una de ellas ha generado una nueva fisura social.

La distinción adquiere todavía mayor importancia en un sistema de partidos sometido a un proceso más amplio de desinstitucionalización. No se trata solo del debilitamiento organizativo de los partidos, sino también de la erosión de sus vínculos con la sociedad, de la pérdida de identificaciones partidarias estables y de posibles procesos de desalineamiento electoral que todavía no han dado lugar a realineamientos duraderos. En ese contexto pueden formarse mayorías electorales considerablemente más amplias que las coaliciones partidarias capaces de representarlas posteriormente.

El plebiscito de 2022 ofrece, en este sentido, un caso especialmente ilustrativo. Produjo una mayoría política indiscutible, pero esa mayoría no se convirtió en un bloque partidario estable ni generó una identidad colectiva susceptible de ser apropiada de manera permanente por alguna fuerza política.

Por la misma razón, tampoco parece adecuado interpretar todos los desplazamientos electorales posteriores como prolongaciones del Rechazo. El crecimiento de determinados sectores de derecha, la centralidad alcanzada por los problemas de seguridad, el aumento de la preocupación por la inmigración, el deterioro de las expectativas económicas o el voto de castigo al gobierno responden a dinámicas que deben analizarse en sus propios términos. Reunirlas retrospectivamente bajo una supuesta identidad rechacista otorga coherencia a posteriori a comportamientos que pueden tener motivaciones distintas y cambiar nuevamente cuando se modifica la agenda pública.

Existe, en cambio, otra dimensión cuya evolución merece mayor atención. La oposición entre establishment y anti-establishment ha adquirido creciente importancia en Chile y en otras democracias occidentales. Se trata de una división de carácter más altimétrico, que contrapone a quienes se perciben situados abajo frente a unas élites consideradas distantes, autorreferentes o incapaces de responder a sus problemas. Su base social es heterogénea y su expresión ideológica puede variar considerablemente, desde populismos de derecha hasta sectores de izquierda radical o vehículos de protesta electoral escasamente encuadrables en la distinción tradicional entre izquierda y derecha.

El Partido de la Gente y el liderazgo de Franco Parisi parecen comprenderse mejor desde esta perspectiva que mediante una hipotética continuidad política del Rechazo. Sin embargo, tampoco corresponde apresurarse a calificar la dimensión establishment/anti- establishment como un clivaje consolidado. Su componente normativo es evidente y su relevancia electoral ha aumentado, pero su base social permanece heterogénea y su expresión organizativa todavía es inestable. Puede transformarse en una división más estructurada o perder intensidad si cambian las condiciones políticas y sociales que actualmente la alimentan.

Algo semejante ocurre con el eje izquierda-derecha. Las transformaciones experimentadas por sus bases sociales, la reducción de antiguas identidades partidarias y la incorporación de nuevas agendas han disminuido su rigidez, pero no han eliminado su capacidad de ordenar una parte significativa de la competencia. En sectores de izquierda han ganado peso relativo cuestiones ambientales, culturales y postmaterialistas, mientras en amplios sectores de derecha han adquirido mayor centralidad la seguridad, el crecimiento económico, la inmigración y el orden público. Estas transformaciones han modificado el contenido y la sociología de los bloques, aunque no han sustituido completamente una estructura política que posee raíces históricas mucho más profundas.

La política chilena actual parece caracterizarse, entonces, por la coexistencia de un eje izquierda-derecha debilitado pero todavía relevante, nuevas dimensiones temáticas de gran gravitación, una oposición establishment/anti- establishment poco institucionalizada, altos niveles de fragmentación y volatilidad, una polarización relevante y un proceso más amplio de desinstitucionalización partidaria.

A ello se suma la posibilidad de que Chile esté atravesando un período de desalineamiento, en el cual antiguas lealtades electorales se debilitan sin que hayan emergido todavía nuevos alineamientos suficientemente estables. Esa combinación resulta más adecuada para comprender la dinámica reciente que la búsqueda de un supuesto momento fundacional en septiembre de 2022.

Sobredimensionar aquel plebiscito responde en parte a una tentación comprensible, identificar grandes acontecimientos con grandes transformaciones estructurales. Sin embargo, los cambios más profundos de un sistema político no siempre coinciden con sus episodios electoralmente más espectaculares. Un acontecimiento puede cerrar una etapa o alterar profundamente la agenda pública sin crear por ello una nueva estructura de competencia.

El plebiscito de 2022 tuvo consecuencias políticas indiscutibles. Rechazó de manera categórica una propuesta constitucional, alteró las expectativas creadas después de 2019 y condicionó fuertemente la etapa posterior del proceso constituyente. Pero no generó identidades políticas duraderas, no reorganizó establemente a los partidos, no produjo nuevas coaliciones correspondientes a las opciones plebiscitarias y tampoco inauguró una trayectoria institucional difícil de revertir. El propio proceso constitucional concluyó sin una nueva Constitución y sin que Apruebo y Rechazo se transformaran en las categorías fundamentales de la competencia política chilena.

Reconocer esta diferencia no disminuye la importancia del plebiscito de 2022, sino que permite ubicarla con mayor precisión. Fue un acontecimiento electoral decisivo dentro de una etapa marcada por crisis de representación, alta volatilidad y debilitamiento partidario, pero no produjo una nueva estructura estable de competencia.

La comparación con 1988 resulta útil precisamente porque muestra qué distingue a una mayoría coyuntural de una fisura políticamente duradera, la profundidad histórica, la persistencia de identidades, la existencia de organizaciones capaces de encapsularlas y su capacidad para reproducirse en el tiempo. Esas condiciones estuvieron presentes, en grado muy distinto, detrás del Sí y el No y no aparecieron del mismo modo detrás del Apruebo y el Rechazo.