La verdadera juventud comienza cuando dejamos de pelear con la edad. Por Ricardo Rincón G, Abogado.
En una época que rinde culto a la juventud, resulta paradójico que algunas de las reflexiones más valiosas sobre cómo vivir mejor provengan precisamente de quienes han envejecido. Esa parece ser la idea central del psicólogo japonés Hideki Wada, especialista en envejecimiento, cuyo libro Superar la barrera de los ochenta años ha despertado un amplio interés en Japón.
Más allá del éxito editorial, lo realmente importante es el mensaje. No propone fórmulas milagrosas ni promete derrotar al tiempo. Al contrario: invita a reconciliarnos con él.
Durante décadas la sociedad nos enseñó que cumplir años era sinónimo de pérdida: de fuerza, de memoria, de autonomía, de utilidad. Sin embargo, la realidad demográfica y humana nos obliga a revisar ese paradigma. Vivimos más años que nunca y, afortunadamente, cada vez son más las personas que llegan a la vejez con proyectos, curiosidad y deseos de seguir aportando.
Las recomendaciones de Wada tienen una virtud poco frecuente: son profundamente sencillas. Caminar cada día. Mantener el cuerpo en movimiento. Aprender constantemente. Reír más. Respirar antes de enojarse. No convertir la enfermedad en el centro de la existencia. Comer con placer y moderación. Alejarse de quienes nos amargan la vida. Salir de casa. Agradecer.
No son recetas médicas; son principios de vida.
Quizá una de sus afirmaciones más provocadoras sea que la memoria no desaparece simplemente por la edad, sino también por la falta de actividad. Es un llamado a seguir leyendo, conversando, estudiando, viajando y manteniendo viva la curiosidad. El cerebro, como el cuerpo, necesita ejercicio.
También resulta liberadora su invitación a abandonar ciertas obsesiones. No todo debe medirse por indicadores clínicos, por dietas extremas o por la permanente búsqueda de una juventud imposible. La medicina moderna ha permitido prolongar la vida; ahora el desafío es aprender a vivirla con calidad.
Hay otra enseñanza especialmente valiosa: la soledad no siempre significa abandono. En ocasiones representa serenidad, libertad para elegir y la posibilidad de reencontrarse con uno mismo. En una sociedad hiperconectada, aprender a disfrutar del silencio puede convertirse en una forma de bienestar.
Pero quizás la reflexión más profunda sea esta: la vejez no constituye el epílogo de la existencia, sino una etapa distinta, donde muchas urgencias desaparecen y comienzan a valorarse las cosas esenciales. La experiencia enseña a distinguir lo importante de lo accesorio. Se aprende a decir “no”, a cambiar de opinión sin culpa y a comprender que el tiempo restante vale demasiado como para desperdiciarlo en conflictos innecesarios.
Por eso deberíamos cambiar también nuestra manera de mirar a las personas mayores. Admirar únicamente a los jóvenes es admirar una condición biológica. Admirar a quienes han vivido ochenta o noventa años es reconocer una trayectoria, una capacidad de adaptación, una fortaleza construida frente a pérdidas, alegrías, fracasos y esperanzas.
Hay algo profundamente inspirador en el adulto mayor que sigue madrugando para pescar, cultivar un huerto, viajar, leer el diario con un café o simplemente caminar con paso tranquilo. También en quien continúa cuidando su aspecto, conversando con interés, aprendiendo nuevas tecnologías o disfrutando de sus nietos sin perder su propia identidad.
La verdadera juventud no consiste en tener pocas arrugas. Consiste en conservar intacta la capacidad de asombro.
En una sociedad que envejece aceleradamente, quizás el desafío no sea añadir años a la vida, sino añadir vida a los años. Y eso no depende únicamente de hospitales o medicamentos. Depende también de nuestras decisiones cotidianas: movernos, aprender, agradecer, cultivar afectos, conservar el humor y aceptar que cada etapa tiene su propia belleza.
Tal vez el mayor privilegio no sea llegar joven a la vejez, sino llegar viejo sin haber renunciado nunca a vivir.
