Comenzó la Copa del Mundo más grande de la historia. Nunca antes un Mundial había reunido a 48 selecciones, 104 partidos y tres países anfitriones. Nunca antes una misma Copa había intentado representar a un continente completo. Y nunca antes el fútbol había servido como una vitrina tan evidente de las fortalezas, contradicciones y desafíos de una región.
Pero más allá de las cifras récord, existe un hecho histórico que merece especial atención: México se convierte en el primer país del mundo en albergar tres Copas del Mundo masculinas de la FIFA. Lo hizo en 1970, volvió a hacerlo en 1986 y ahora, en 2026, vuelve a recibir al planeta futbolístico. Ninguna otra nación puede exhibir semejante palmarés.
No es una casualidad. México ocupa un lugar especial en la memoria colectiva del fútbol mundial. Allí Pelé alcanzó la gloria definitiva en 1970. Allí Diego Maradona escribió algunas de las páginas más recordadas de la historia en 1986. Y allí el legendario Estadio Azteca se transformará en el primer estadio del planeta en ser escenario de tres Mundiales distintos.
Sin embargo, este Mundial trasciende al fútbol.
Por primera vez la sede no es una nación, sino prácticamente una región geopolítica completa: América del Norte. Desde Ciudad de México hasta Vancouver, desde Guadalajara hasta Nueva York, desde Monterrey hasta Los Ángeles, el campeonato recorrerá una geografía inmensa que exhibe algunas de las mayores diferencias económicas, culturales y políticas del planeta.
México será el corazón emocional del torneo. Un país de cultura desbordante, gastronomía universal y pasión futbolera incomparable. Pero también un país que enfrenta desafíos enormes vinculados a la seguridad pública, al crimen organizado y al narcotráfico. No es casual que las autoridades hayan debido desplegar operativos extraordinarios de movilidad, suspender actividades y promover el teletrabajo en distintos sectores para facilitar los desplazamientos asociados al evento. El Mundial llega a un México que busca mostrar su mejor rostro mientras enfrenta problemas estructurales que el planeta conoce demasiado bien.
Canadá representa el contraste opuesto. Habitualmente alejado de los grandes titulares internacionales, es una de las democracias más estables del mundo. Su presencia como anfitrión permite mostrar una nación que muchas veces permanece subvalorada: inmensos paisajes naturales, ciudades modernas, una sólida institucionalidad y una singular convivencia entre las culturas anglófona y francófona. Un país discreto, pero extraordinariamente relevante.
Y luego está Estados Unidos.
La principal potencia económica y militar del planeta albergará la mayor parte de los partidos y la gran final. Sin embargo, recibe este Mundial en un momento de profundas interrogantes sobre su liderazgo global. Por primera vez desde el término de la Guerra Fría, Washington observa cómo una potencia rival, China, desafía simultáneamente su predominio económico, tecnológico y geopolítico. El Mundial llega cuando Estados Unidos busca reafirmar su influencia internacional mientras el centro de gravedad del mundo parece desplazarse lentamente hacia Pekín (Beijing).
Por eso este campeonato tiene un evidente componente político.
No sólo por las tensiones migratorias, comerciales y diplomáticas que atraviesan a Norteamérica. También porque el fútbol se ha convertido en una poderosa herramienta de proyección internacional. Cada estadio, cada transmisión y cada ceremonia son también una declaración de identidad nacional.
Quizás por eso el Mundial 2026 será recordado como mucho más que un torneo deportivo.
Será la fotografía de una región entera. De sus éxitos y sus problemas. De sus diferencias y sus puntos de encuentro. De un México vibrante y apasionado, pero desafiante y convulsionado, de un Canadá silencioso, pero sólido y de un Estados Unidos poderoso, pero enfrentado a un mundo cada vez más multipolar donde su poderío es desafiado.
El balón volverá a rodar. Los goles serán la pasión de las próximas semanas. Habrá campeones, derrotados y nuevas leyendas. Pero cuando el último partido termine, probablemente quedará una certeza más profunda: durante poco más de un mes, el mundo no sólo observará fútbol.
Observará a América del Norte intentando explicarse a sí misma frente al resto del planeta.
México y el Mundial de los contrastes. Por Ricardo Rincón, Abogado
