Oh I'm just counting

Contra la Brutalidad. Por Enrique Morales, Cientista Político, U. Miguel de Cervantes

Es importante recalcar que la democracia depende de la existencia permanente de prácticas de mediación. Las reglas, la deliberación y el reconocimiento mutuo actúan como puentes frente a la constante posibilidad del desacuerdo; la brutalidad aparece en escena como un enemigo formativo, un acelerador de la violencia y la decadencia. Cuando la pérdida de los límites impera se da paso a una aproximación hacia el conflicto fuera de la mesura, fuera de la medida democrática y por ende se pierde la forma y se trastoca el trasfondo de la convivencia democrática.

La brutalidad busca castigar, humillar y vencer a un enemigo fabricado, un adversario al cual se ha retratado desde la caricatura y la simplificación. El grito, el panfleto, la denuncia sin fundamento pavimentan la normalización de una reactividad violenta y sin freno. En rigor, la adversarialidad ha sido borrada y el plano político ha sido trasladado a un plano abiertamente antagónico y eso no necesariamente a partir de un plan determinado.

El caos de estas tensiones socava a la democracia y ello atenta directamente contra las condiciones internas de la ciudadanía. La libertad entendida como responsabilidad, ponderación y autogobierno personal es reemplazada por un impulso vacío de elección, con fuertes tonos de superficialidad, voluntad errática, agresividad y decadencia.

Este giro hacia lo antisocial desinforma y deforma permitiendo la detonación de lo meramente emotivo, intenso o banal. Los desacuerdos ya no se procesan y la brutalidad canaliza la rabia a través de un contagio sin propósito. Ese giro acorta la distancia entre el estímulo y la respuesta, la agencia humana pierde reflexión y mesura, las voluntades reactivas se vuelcan hacia las fijaciones, lo irracional, lo desestabilizador y  decadente.  Se normaliza el insulto, el escarnio, la insensibilidad, lo feo, lo desechable e intrascendente.

Se pierde de vista lo virtuoso, la amistad cívica, los entornos formadores desde donde se conservan los valores, los estándares y las responsabilidades. Las exigencias vociferadas no tienen pasado, no tienen base y tampoco se proyectan; el desorden afectivo y la urgencia que habitan al interior de la brutalidad nos empujan hacia la violencia y la autodestrucción personal y social.

La falta de valores actitudinales tendientes a procesar nuestras angustias, diferencias y desacuerdos descomponen las mediaciones que sostienen nuestra libertad, racionalidad y sentido de sociabilidad responsable. Escuchar activamente, prestar atención a los otros con profundo respeto y ser copartícipes en la progresiva construcción de nuestros entornos democráticos es vital.

La brutalidad no es coraje, no es valentía, no es franqueza, básicamente es renunciar a la moderación, a la humanización de las relaciones. Rechazar la brutalidad no es debilidad, es cimentar las bases de una profunda libertad democrática. Todo para que el insulto no suplante al juicio y la decadencia violenta no destruya nuestro civismo.