Es importante recalcar que la democracia depende de la existencia permanente de prácticas de mediación. Las reglas, la deliberación y el reconocimiento mutuo actúan como puentes frente a la constante posibilidad del desacuerdo; la brutalidad aparece en escena como un enemigo formativo, un acelerador de la violencia y la decadencia. Cuando la pérdida de los límites impera se da paso a una aproximación hacia el conflicto fuera de la mesura, fuera de la medida democrática y por ende se pierde la forma y se trastoca el trasfondo de la convivencia democrática.
La brutalidad busca castigar, humillar y vencer a un enemigo fabricado, un adversario al cual se ha retratado desde la caricatura y la simplificación. El grito, el panfleto, la denuncia sin fundamento pavimentan la normalización de una reactividad violenta y sin freno. En rigor, la adversarialidad ha sido borrada y el plano político ha sido trasladado a un plano abiertamente antagónico y eso no necesariamente a partir de un plan determinado.
El caos de estas tensiones socava a la democracia y ello atenta directamente contra las condiciones internas de la ciudadanía. La libertad entendida como responsabilidad, ponderación y autogobierno personal es reemplazada por un impulso vacío de elección, con fuertes tonos de superficialidad, voluntad errática, agresividad y decadencia.
Este giro hacia lo antisocial desinforma y deforma permitiendo la detonación de lo meramente emotivo, intenso o banal. Los desacuerdos ya no se procesan y la brutalidad canaliza la rabia a través de un contagio sin propósito. Ese giro acorta la distancia entre el estímulo y la respuesta, la agencia humana pierde reflexión y mesura, las voluntades reactivas se vuelcan hacia las fijaciones, lo irracional, lo desestabilizador y decadente. Se normaliza el insulto, el escarnio, la insensibilidad, lo feo, lo desechable e intrascendente.
Se pierde de vista lo virtuoso, la amistad cívica, los entornos formadores desde donde se conservan los valores, los estándares y las responsabilidades. Las exigencias vociferadas no tienen pasado, no tienen base y tampoco se proyectan; el desorden afectivo y la urgencia que habitan al interior de la brutalidad nos empujan hacia la violencia y la autodestrucción personal y social.
La falta de valores actitudinales tendientes a procesar nuestras angustias, diferencias y desacuerdos descomponen las mediaciones que sostienen nuestra libertad, racionalidad y sentido de sociabilidad responsable. Escuchar activamente, prestar atención a los otros con profundo respeto y ser copartícipes en la progresiva construcción de nuestros entornos democráticos es vital.
La brutalidad no es coraje, no es valentía, no es franqueza, básicamente es renunciar a la moderación, a la humanización de las relaciones. Rechazar la brutalidad no es debilidad, es cimentar las bases de una profunda libertad democrática. Todo para que el insulto no suplante al juicio y la decadencia violenta no destruya nuestro civismo.
