Actividad física, autoestima y responsabilidad institucional en la formación inicial docente
Formar docentes también exige cuidar a quienes educarán. Por Dr. Luis Valenzuela, Patricia Bravo Rojas, Francisca Paudif Carcamo, Académicos U. Católica Silva Henríquez
Los hábitos de vida saludable comprenden comportamientos y decisiones relacionados con la alimentación, la actividad física, el descanso y la abstinencia del consumo de tabaco y alcohol. No se limitan a decisiones individuales, porque también se relacionan con procesos sociales y culturales que influyen en el bienestar de las personas (Alcántara et al., 2015; Marques, 2012; Valenzuela, 2023). Esta perspectiva adquiere particular importancia durante el ingreso a la educación superior, etapa en que cambian las rutinas y pueden aumentar algunas conductas de riesgo, al mismo tiempo que disminuye la práctica de actividad física (Bento et al., 2021).
En este contexto, el estudio realizado por Valenzuela-Contreras et al. (2025), con una muestra intencionada de 149 estudiantes de ambos géneros, de entre 16 y 25 años y pertenecientes a distintas carreras de pedagogía, analizó la relación entre hábitos de vida saludable, actividad física y autoestima. La investigación fue cuantitativa, no experimental y correlacional, y utilizó la Escala de Autoestima de Rosenberg (1965) y el Cuestionario de Hábitos de Vida Saludable de Valenzuela (2009).
Los resultados muestran un nivel promedio de autoestima medio-alto. También revelan un escenario heterogéneo respecto de la actividad física: el 31,5 % de los participantes declaró no realizar ejercicio, mientras que el 30,9 % señaló practicarlo entre tres y cuatro veces por semana. Esta realidad coincide con lo indicado en el propio artículo acerca de la disminución de la actividad física durante la vida universitaria, asociada con las demandas académicas y la reorganización de las rutinas (Morales et al., 2018; Puerta et al., 2019).
El principal hallazgo fue la relación positiva y significativa entre la frecuencia semanal de actividad física y la autoestima. En términos académicos, esto significa que los estudiantes que realizaban actividad física con mayor frecuencia tendían a presentar niveles más altos de autoestima. Sin embargo, el carácter correlacional del estudio no permite sostener que la actividad física sea la causa directa de esa valoración personal. Los resultados deben interpretarse como una asociación y no como una relación causal.
Esta precisión es fundamental. El artículo plantea que la autoestima influye en la autopercepción y en la manera de afrontar los desafíos, pero no necesariamente se traduce por sí sola en conductas de autocuidado. Su influencia puede estar mediada por factores como la motivación, la autoeficacia o el sentido de propósito profesional. Por esta razón, la relación observada aporta un antecedente relevante, pero no permite explicar de manera absoluta el comportamiento de los estudiantes.
En cuanto al consumo de sustancias, el estudio informa una frecuencia general baja: el 25,5 % reportó fumar, el 12 % consumir alcohol semanalmente y el 23 % utilizar drogas con alguna frecuencia. No se encontraron asociaciones relevantes entre autoestima y consumo de tabaco, alcohol o drogas. En cambio, el consumo de tabaco se relacionó con el consumo de alcohol y drogas. Estos resultados refuerzan la idea expresada en el artículo de que los hábitos saludables deben comprenderse de manera integral y no a partir de una sola variable.
A mi juicio, la importancia del estudio radica en situar el bienestar dentro de la formación inicial docente. La práctica sistemática de actividad física aparece como un componente relacionado con la autoestima, mientras que los hábitos de consumo muestran dinámicas diferentes. Por ello, fortalecer el autocuidado requiere integrar las dimensiones física, emocional y social, tal como propone la discusión del artículo.
Los hallazgos respaldan la necesidad de incorporar estrategias formativas orientadas a promover la actividad física y desarrollar competencias de autocuidado en estudiantes de pedagogía, al interior de su plan de estudio, no basta solo con ofrecer talleres. Esta necesidad no surge de una afirmación causal, sino de la asociación identificada y de la presencia de un grupo importante de estudiantes que no realiza actividad física. La formación universitaria puede, por tanto, favorecer espacios reflexivos y programas de promoción de la salud dirigidos al bienestar integral.
Formar docentes también supone reconocer que su bienestar puede influir en su proceso de aprendizaje y en la construcción de su identidad profesional. Desde esta perspectiva, promover estilos de vida activos en la formación inicial docente constituye una respuesta coherente con los resultados del estudio. La evidencia no permite afirmar que la actividad física resuelva por sí sola los desafíos del bienestar universitario, pero sí permite sostener que merece una consideración sistemática dentro de la formación de quienes tendrán la responsabilidad de educar.
Referencia principal
Valenzuela-Contreras, L., Bravo-Rojas, P., Urra-Tobar, B., Pauvif-Carcamo, F., González-Armijo, C., Morales-Marín, A., Pérez-Cisterna, C., Castro-Cornejo, J., & Villaseca-Vicuña, R. (2025). Relación entre hábitos saludables, actividad física y autoestima en estudiantes universitarios de pedagogía chilenos. Revista Ciencias de la Actividad Física UCM, 27(1). https://doi.org/10.29035/rcaf.27.1.5
