Oh I'm just counting

La oposición sigue hablándose al espejo. Por Ernesto Fernández, Magíster en Comunicación Estratégica, dirigente PPD

La invariabilidad tributaria se tomó la agenda del Socialismo Democrático hace unas semanas después de una negociación fallida, realizada a puertas cerradas y sin que los propios partidos conocieran oportunamente sus términos, alcances y consecuencias.

El problema no es solamente cómo se negoció. El problema es que, después del evidente fracaso político y comunicacional, nuestro sector continúa atrapado en la misma conversación.

Seguimos hablando de invariabilidad tributaria, requerimientos constitucionales, certezas para la inversión, atribuciones del Congreso y límites futuros para modificar impuestos. Son asuntos relevantes y pueden tener consecuencias profundas para el país. De hecho, la oposición ha recurrido al Tribunal Constitucional cuestionando aspectos tributarios, ambientales e institucionales de la llamada Megarreforma del Gobierno. 

Pero existe una pregunta previa que todavía no hemos respondido:

¿Qué entiende la ciudadanía de todo esto?

Probablemente muy poco.

No porque las personas sean incapaces de comprender un debate tributario, sino porque nadie se ha tomado realmente el tiempo de traducirlo, explicarlo y conectarlo con su vida cotidiana.

La ciudadanía tiene otras urgencias.

Quiere caminar segura por su barrio. Quiere recibir atención médica antes de que su enfermedad se agrave. Quiere encontrar un empleo estable, llegar a fin de mes y tener la tranquilidad de que sus hijos vivirán mejor.

Quiere respuestas frente al costo de la vida, la desigualdad, las pensiones, la salud, la seguridad y el deterioro de sus condiciones materiales.

Mientras tanto, el Gobierno de José Antonio Kast avanza con una agenda que entrega certezas y beneficios a quienes tienen mayor poder económico, mientras las familias continúan esperando certezas mucho más básicas.

El Gobierno trabaja para consolidar su proyecto.

¿Y la oposición?

La oposición sigue discutiendo consigo misma.

 Seguimos explicándonos entre dirigentes, parlamentarios, expertos y militantes por qué tenemos razón. Nos contestamos declaraciones, publicamos comunicados, organizamos reuniones y polemizamos en redes sociales. Pero muchas veces olvidamos la pregunta más importante:

¿A quién le estamos hablando?

Porque una oposición que solo conversa con sus propios convencidos no está construyendo mayoría. Está administrando su propia irrelevancia.

Distraídos por la contingencia

La agenda pública también seguirá desplazándose.

Hoy será Mara Sedini y sus acusaciones sobre presiones, conflictos y disputas internas durante su paso por el Gobierno. Mañana será otra controversia. La exvocera reapareció denunciando que fue presionada y “amarrada de manos” desde el propio Ejecutivo, instalando una nueva crisis comunicacional dentro del oficialismo. (Diario y Radio Universidad Chile)

Antes era el Mundial, el espectáculo, la polémica del día o algún nuevo episodio que dominará titulares, matinales y redes sociales.

Nos entretendremos, nos indignaremos, comentaremos y volveremos a indignarnos.

Y mientras tanto, los cambios estructurales promovidos por el Gobierno seguirán avanzando bajo el ruido de la contingencia.

No sostengo que exista necesariamente una operación coordinada para distraer a la ciudadanía. Eso sería difícil de demostrar. El problema es más profundo: el ciclo mediático siempre encontrará un nuevo tema capaz de capturar nuestra atención.

La responsabilidad de una oposición seria es evitar que la contingencia borre lo importante.

Pero para hacerlo no basta con denunciar.

Se necesita un relato.

Se necesita explicar qué está haciendo el Gobierno, quiénes se benefician, quiénes asumirán los costos y qué alternativa concreta ofrecemos nosotros.

Hoy esa alternativa no se ve con claridad.

Tener razón no es suficiente

Nuestro sector parece seguir creyendo que la política consiste principalmente en demostrar que nuestros argumentos son técnicamente correctos.

Pero tener razón no basta.

 Podemos tener los mejores informes, los constitucionalistas más preparados y los economistas más respetados. Podemos explicar con precisión los riesgos de limitar la capacidad de futuros gobiernos para modificar determinadas reglas tributarias.

Sin embargo, si la ciudadanía no comprende cómo eso afecta su salario, su jubilación, su municipio, su hospital o la educación de sus hijos, habremos perdido igualmente la discusión.

La política no es solamente producir buenos argumentos.

También es construir sentido.

Es conectar una decisión técnica con una experiencia cotidiana. Es transformar una cifra en una consecuencia humana. Es explicar por qué una norma aparentemente distante puede afectar la capacidad del Estado para financiar derechos sociales.

El Gobierno tiene un relato sencillo: inversión, crecimiento, reconstrucción y empleo.

Podemos discutir si ese relato es verdadero, incompleto o engañoso. Pero existe, se repite y es fácilmente reconocible.

¿Dónde está nuestro relato?

Responder únicamente que la reforma beneficia a los poderosos puede ser correcto, pero es insuficiente si no explicamos cómo, por qué y con qué consecuencias.

El Gobierno habla de crecimiento.

Nosotros debemos hablar de quién se queda con sus beneficios.

El Gobierno habla de certezas.

Nosotros debemos preguntar por qué las certezas se garantizan para los grandes inversionistas, mientras la vida de las familias sigue marcada por la inseguridad, las deudas y la incertidumbre.

El Gobierno habla de reconstrucción.

Nosotros debemos mostrar qué país pretende reconstruir y al servicio de quién.

La autocrítica que nuestro sector evita

Resulta cómodo responsabilizar exclusivamente al Gobierno.

Más difícil es reconocer que buena parte de nuestra debilidad también es propia.

No basta con decir que José Antonio Kast gobierna para quienes más tienen. Nuestro sector debe explicar por qué no ha logrado representar convincentemente a quienes tienen menos.

No basta con acusar a los medios de instalar temas secundarios. Debemos preguntarnos por qué somos incapaces de instalar los asuntos fundamentales.

No basta con denunciar la estrategia comunicacional del Gobierno. Tenemos que reconocer que la oposición carece de una estrategia propia.

No basta con hablar de unidad mientras cada partido, cada bancada y cada dirigente desarrolla su propia agenda.

Y tampoco basta con invocar la historia del Socialismo Democrático. Haber contribuido a transformar Chile durante décadas no garantiza seguir representándolo en el presente.

La ciudadanía no nos debe lealtad.

Somos nosotros quienes debemos recuperar su confianza.

Eso exige escuchar más, explicar mejor y abandonar la comodidad de hablar únicamente para quienes piensan como nosotros.

También exige reconocer los errores.

La negociación sobre invariabilidad tributaria no falló solamente porque el Gobierno fuera intransigente o porque algunos sectores actuaran de mala fe. Falló porque hubo dirigentes dispuestos a sostener conversaciones relevantes sin informar adecuadamente a sus propios partidos ni construir previamente una posición común.

Cuando las decisiones se conocen por la prensa, cuando la militancia se entera después y cuando los partidos deben reaccionar frente a hechos consumados, no existe conducción política.

Existe improvisación.

Volver a hablarle a Chile

La oposición necesita salir del espejo.

Debe dejar de contemplarse, de explicarse y de felicitarse por discursos que rara vez traspasan las fronteras del mundo político.

Necesitamos volver a los territorios, escuchar a las organizaciones sociales, conversar con trabajadores, pequeños empresarios, dirigentes vecinales, mujeres, jóvenes, pensionados y familias que sienten que la política dejó de representar sus preocupaciones.

No para repetir consignas.

Para construir una agenda desde esas experiencias.

Seguridad sin autoritarismo.

Crecimiento con justicia social.

Empleo con derechos.

Desarrollo sin privilegios.

Salud oportuna.

Municipios con recursos.

Pensiones que permitan vivir con dignidad.

Esas ideas deben articularse en una propuesta comprensible, coherente y emocionalmente reconocible.

No podemos responder a cada proyecto del Gobierno únicamente diciendo que estamos en contra.

Tenemos que explicar a favor de qué estamos.

Porque una oposición que solo reacciona termina viviendo al ritmo que le impone el oficialismo.

Y una oposición que no construye esperanza deja el terreno libre para que otros administren el miedo.

Mientras seguimos hablando entre nosotros

La discusión tributaria importa.

La Megarreforma importa.

Las decisiones que adopte el Tribunal Constitucional importan.

Pero también importa comprender que la política tiene tiempos, lenguajes y prioridades.

Mientras seguimos redactando declaraciones y debatiendo entre nosotros, millones de personas continúan esperando respuestas concretas.

Mientras discutimos conceptos técnicos, el Gobierno consolida su proyecto.

Mientras celebramos nuestras intervenciones en redes sociales, otros definen el rumbo del país.

Y mientras nos distraemos con Mara Sedini, el Mundial o la controversia del momento, las transformaciones de fondo continuarán avanzando bajo el manto de la contingencia.

El problema no es que existan distracciones.

El problema es que la oposición no tiene todavía una voz suficientemente clara para atravesarlas.

No estamos perdiendo solamente una discusión tributaria.

Estamos arriesgando perder nuevamente la conversación con Chile.

Y mientras no comprendamos eso, seguiremos haciendo política frente al espejo: hablándonos, respondiéndonos y convenciéndonos entre nosotros, mientras la ciudadanía busca respuestas en otra parte.