Oh I'm just counting

Pensar la sociedad desde la espiritualidad. Por Daniel Ramírez, Doctor en Filosofía y Etica de la U. Sorbonne-Paris

Consciente de que ello podría desorientar a algún lector, en el artículo precedente califiqué la crisis actual del mundo como una crisis espiritual. Se trataba de analizar desde una perspectiva diferente la secuencia comenzada por la vuelta al poder de Donald Trump en los EE.UU. y la feroz involución que ello ha desencadenado en el mundo.
Precedida por el ataque a Ucrania por la Rusia de Putin de 2022, el ataque del Hamas a Israel del 2023 y la feroz respuesta del gobierno de este país, que en poco tiempo se fue convirtiendo en genocidio ante la vista de todo el planeta. En junio de 2025, Israel lanza un ataque unilateral a Irán, al cual se pliega EE.UU. (guerra de los 12 días). Comienzos del 2026, ataques a Venezuela y secuestro del presidente Maduro, sin que ello altere la continuidad del régimen chavista. Febrero 2026, ataque masivo a Irán, guerra que no ha terminado y no resuelve nada; peor aún, el conflicto se ha extendido a El Líbano y Siria, con operaciones sangrientas de anexión de territorios.
Mientras tanto ninguna paz verdadera ha sido lograda en Gaza donde el hambre y la miseria siguen diezmando a la población. Los conflictos continúan en muchas partes (Sudán, Birmania, Pakistán-India, etc.) y las tensiones en torno a Taiwan, Corea del Norte, Japón, se mantienen, mientras que se ha intensificado el bloqueo a Cuba generando hambre y miseria, carencia energética y muerte, sin que nadie diga nada.
El viraje de los EE.UU. hacia el todo petróleo, que, ya hemos mencionado como “la peor opción”, continúa sin toma de posiciones firmes de ningún gobierno, y eso a pesar de récords de canícula, super-incendios, sequías, tormentas e inundaciones monstruosas cada vez más frecuentes.
 
Es principalmente la no reacción de los gobiernos y los poderes mundiales y la relativa pasividad de las opiniones públicas ante tantos desastres, y el mutismo de los intelectuales, que me han llevado a calificar esta situación de ‘crisis espiritual’. Cuando la humanidad se acostumbra a la indignidad y asiste sin vergüenza a genocidios, ecocidios, limpieza étnica, anexiones de territorios, bombardeos de civiles, guerras de rapiña, es que está afectada en su ser mismo.
 
1) El Humanismo y lo inhumano
 
Por lo anteriormente dicho, otro término hubiera sido posible: ‘crisis ontológica’. En efecto, es el ser mismo de la humanidad que está en juego, en su esencia. Ser ‘humanos’ puede ser considerado simplemente una clasificación en biología, un sustantivo, un nombre común. Un humano no es equino, ni canino, ni batracio, de eso no hay duda. Pero solo los humanos pueden ser monstruosos. El término ‘humano’ puede ser un adjetivo, lo que implica que se puede ser más o menos humano, y también completamente inhumano. En ese sentido, ni el tigre ni el bacilo de Koch ni la araña son inhumanos. Ser humano (como adjetivo) es una cualidad que no todos los humanos (como sustantivo) poseen.
 
El “humanismo”, aparte de caracterizar de una manera bastante inexacta la ideología emergente en el Renacimiento, es la manera en que se califica un conjunto de tendencias o ideas hacia la profundización de la calidad adjetival del término humano. Se trata de ser más humanos; en todo, Comportamientos, relaciones, moral, opciones políticas.
El humanismo actual, que creímos reforzado desde el fin de la 2da guerra mundial, desde el proceso de Nuremberg y la declaración llamada “universal” de los Derechos Humanos de 1948, se ha vuelto insuficiente desde que se ha transformado en antropocentrismo. Si el humanismo es la afirmación histórica de nosotros los humanos frente a cualquier poder o regla de proveniencia supuestamente divina, es evidente que frente a la crisis ecológica, a la desaparición masiva de especies vivas y a la desorganización climática de la biósfera terrestre, se muestra muy insuficiente.
 
El pensamiento ecológico lo viene mostrando desde fines del siglo XIX. Luego la sensibilidad hacia los animales y el pensamiento de sus derechos; la sensibilidad hacia la belleza de la naturaleza y los conocimientos científicos acerca de la intricación del todo viviente han avanzado muchísimo. Todas las culturas del mundo lo saben, aunque muchos gobiernos hacen como que lo ignoraran.
 
Si un humanismo del presente debe hacerse lugar, es un humanismo extendido hacia lo no humano, hacia lo que se ha llamado la comunidad de los seres vivientes
 
La indiferencia hacia estas ideas o la muy lenta evolución hacia ellas es la responsabilidad principalmente de los poderes establecidos. En los mundos universitarios y en los medios artísticos, ya nadie permanece indiferente. Pero los gobiernos (y los electorados de los cuales estos emergen), tardan mucho en despertar.
 
En lo que se refiere a los humanos mismos, porque las sociedades, las instituciones, los Estados, siguen construyéndose casi exclusivamente en torno a las preocupaciones de estos, el comienzo de este artículo deja en claro la degradación profunda de los cimientos del humanismo. Como sociedades nos comportamos de manera inhumana frente al prójimo, indiferentes a las migraciones por miseria y degradación climática, egoísta frente al subdesarrollo económico y político, y cobarde frente a las guerras y a los crímenes de masas. La ley del más fuerte ha sido tácitamente plebiscitada y es casi todos los días proclamada de nuevo por los gobernantes fanáticamente aferrados al poder.
 
Son demasiados frentes al mismo tiempo, diría un estratega (si aún los hay).
 
Por ello he hecho alusión a expresiones que intentan orientar hacia lo más profundo, lo más radical: crisis ontológica, crisis espiritual. Si prefiero esta segunda formulación, es porque la ontología, que apunta al ser, todo el ser, suena como a inamovible. No podemos cambiar el todo. Un ser parmenídeo, cósmico, total, cerrado e inmóvil. Aunque otras ontologías son posibles, como Heráclito, Hegel, Marx o Nietzsche lo habían visto. Pero por ello prefiero hablar, no del ser del humano sino de su espiritualidad, y nombrar la situación actual como una crisis espiritual planetaria.
 
2) Algo más sobre espiritualidad
 
La "espiritualidad" un término que hay que manejar con cuidado; yo quisiera darle una significación particular; y en eso iré avanzando poco a poco.
 
Espiritualidad, como yo la concibo, es movimiento, actividad, vida. Incluso en Hegel, filósofo cuya escritura un tanto críptica ha ido alejando de los lectores actuales, adeptos de la facilidad, la palabra espíritu, “Geist” nombra el máximo de actividad en el ser, el ser que se despliega, se proyecta, crea, por supuesto también se aliena, se conoce a sí mismo, se sobrepasa, cambia, crece, vive. En nosotros mismos podemos detectar algo así como el espíritu según Hegel, que como veremos, no es el mismo significado que le dan doctrinas “espiritualistas” o metafísicas religiosas.
 
Lo espiritual en las tradiciones religiosas en general se opone a lo material, nombra algo así como otra dimensión, otro mundo, como lo pensaba Platón y les principales religiones; un “transmundo”, como le llamaba Nietzsche. En general hablamos de espiritualidad como una orientación y una coloración particular que toma nuestra vida interior y nuestra experiencia de lo superior, ya sea como creencia o como vivencia. Y en cada tradición hay grandes especificidades. Por ejemplo en el cristianismo, una espiritualidad agustiniana y otra jesuita, son diferentes. En oriente, una espiritualidad hinduista difiere mucho de aquella budista; así como la cábala judía o el sufismo tienen lenguajes y prácticas totalmente diferentes. Pero apuntan a algo común, aunque difícil de conceptualizar.
 
La espiritualidad existe al interior de las religiones pero también fuera de ellas. En las religiones, en general la espiritualidad está en relación con una teología (una idea de Dios), enseñanzas morales, mandamientos, ritos, una temporalidad, lenguajes e ideas. Lo que quisiera establecer es que la espiritualidad no equivale ni se resuelve a tales enseñanzas; es algo más.
Se pueden practicar las religiones sin una inclinación espiritual particular, como manera de vivir, reglas sociales, identidad colectiva, lenguaje común. En ese sentido, todas las grandes religiones han sido constructoras de culturas, fundamento de naciones e imperios. Por supuesto también han podido degenerar en dogmatismo, intolerancia, sectarismo y guerras.
 
Pero no se puede negar que han sido una gran potencia histórica. Han transformado la vida humana en regiones enteras o continentes; todos esos factores estaban presentes: reglas, lenguajes, calendarios, templos, sacerdotes y jerarquías; elementos constitutivos de casi todas las culturas del mundo. Pero hay algo más, que es el motor de esas transformaciones, la energía que ha impulsado la construcción de culturas y civilizaciones. Es lo que yo llamo espiritualidad. Porque es una energía que lleva a la transcendencia. Una vez más, no a aquella de algún “transmundo”, sino a ir más allá de nosotros mismos, de la situación.
 
Incluso ir más allá de la realidad misma. Eso se llama creación; los artistas y los poetas lo saben; el impulso de la creatividad es la forma de espiritualidad del artista; la experiencia estética, por lo demás, es una vivencia espiritual accesible a todos. Se puede pensar en lo difícil que es definir la belleza y explicar por qué ella existe tanto en la naturaleza como en el arte. La vivencia de lo bello es la espiritualidad accesible a los sentidos.
 
3) ¿Y en la modernidad?
 
Es importante poder nombrar o concebir la espiritualidad correspondiente al período que se ha llamado, aunque sea inexacto, la modernidad. Y por ello he hablado del humanismo. Aunque también hay humanismo en los Vedas, en el judaísmo, el confucianismo, el budismo, el cristianismo, el islam, por supuesto; y en el imperio romano como en el mongol, en la China o en África. Pero desde que el ser humano se concibió a sí mismo como el centro y el sentido de la existencia de las sociedades, el impulso de las nuevas ciencias y las letras, de la Filosofía de la Luces, del pensamiento jurídico y de las ideas liberales, de la revolución industrial con todas sus contradicciones, la incipiente democracia y las ideas de justicia social, todo ello constituyó una fuerza transformadora de lo humano. Hoy en día el mundo globalizado está configurado en todas partes por esta forma meta-histórica que podemos llamar la modernidad humanista.
 
Es eso lo que ahora es insuficiente. Por no decir que ha fracasado o por lo menos ha llegado a sus límites.
 
En realidad, desde la bomba atómica, y luego con desarrollo de sociedades hiper-industrializadas y megápolis contaminadas, ya se sabía que el asunto no estaba bien encaminado. El hecho que no lo hayamos detectado a tiempo y claramente constituye lo que he llamado “la gran decepción”. Por eso no hemos estado a la altura para generar un pensamiento suficientemente fuerte y profundo que pudiera impulsar una nueva “gran transformación”  o gran viraje civilizacional. No hemos podido avanzar hacia sociedades ecológicas, inclusivas, en las que cada ser humano tenga medios de vida dignos sin destruir la biósfera. Hemos creído torpemente que todo podía seguir igual, las desigualdades inmensas, la explotación, la violencia y el maltrato que viven miles de millones de personas, los poderes económicos y mediáticos cada vez más concentrados y los sistemas políticos decadentes, muchas veces en manos de casos patológicos.
 
El humanismo no solo ha degenerado en antropocentrismo destructor de la vida, sino también el liberalismo ha degenerado en el neoliberalismo de oligarquías mundiales destructoras de lo humano. El desequilibrio del clima terrestre, la sexta gran extinción de especies no son algo separado de las guerras, genocidios, autoritarismos, mafias y neofascismos. Son el mismo fenómeno, la crisis espiritual.
 
Como si el ser humano pudiera arreglárselas con una situación inhumana planetaria. Y seguir entreteniéndose con festivales, show-business, super eventos deportivos, que cuestan miles de millones, consumiendo mercancías y baratijos inútiles que les preparan los ingenieros de la Silicon Valley; entreteniéndose también con el espectáculo mediocre de las élites políticas que se suceden, las intrigas vulgares de millonarios y corruptos que se han acomodado en un mundo de privilegios; y ello mientras en otras partes del mundo se están diezmando con bombas o con hambre, poblaciones enteras, eso habla de un mundo en profunda crisis espiritual.
 
Que un país, porque se cree más poderoso, pueda desencadenar guerras sangrientas y ningún otro rompa relaciones comerciales o proponga un bloqueo, o ni siquiera sanciones, habla de un mundo de cobardes, sumisos, y además inconscientes, porque nadie sabe quién es el próximo de la lista. Un mundo desprovisto de visión, de generosidad, de valentía, de empatía y, peor aún, desprovisto de proyecto. No sabemos adónde vamos ni queremos mucho ponernos a pensar en ello. Aunque expectaciones catastrofistas cunden, en general forman parte de la entretención. 
 
¿Reemplazables?
 
No hay que extrañarse que un mundo de tal manera deshumanizado sea también el escenario de un fenómeno de gran envergadura, que se considera como ineluctable: el advenimiento de la Inteligencia Artificial (IA) y la rapidísima extensión de sus usos en todos los niveles. Oficios, funciones, operaciones y facultades humanas, como la capacidad de búsqueda (indispensable en ciencias), la creatividad (fundamental en arte), son día a día confiados cada vez más normalmente a sistemas de IA.
 
 Y claro, viene el alarmismo: seremos reemplazados, qué vamos a hacer… los optimistas ven todo ello con mucho interés, con diversos argumentos, pero lo que prima es una vez más la superficial entretención: la facilidad con la que se realizan tareas, incluso creativas, imágenes, escrituras. Un juego fascinante para niños que han renunciado a convertirse en mayores de edad, para retomar una fórmula genial de Kant 3 . No sabemos cómo salir de la crisis, no sabemos en realidad qué hacer, hacia dónde ir; no importa, la IA lo resolverá. Pensamiento mágico y ceguera. Y si no lo resuelve no importa, nos entretendremos.
 
No se detecta la inmensa renuncia que ello implica; en el fondo, dejar que la IA resuelva nuestros problemas es algo así como volver a un sistema de castas, porque es evidente que no será la IA que resolverá nada sino las oligarquías tecnocráticas que la conciben, que la poseen, la configuran, es decir multimillonarios en conglomerados de tecno-finanza. Por ello, no es muy misterioso hacia dónde conducirá todo esto. El único gran problema para esa gente es continuar como antes, sin que todo se derrumbe. O continuar aunque todo se derrumbe. Obviamente no son muchos los habitantes de la Tierra que podrán continuar; las inmensas mayorías no forman parte de ese proyecto.
 
Una vez más, los poderes del mundo eligen “la peor opción”. En vez de abrir el humanismo a los animales, a los bosques, a los océanos, a los ecosistemas, a los derechos de la naturaleza y la interconexión de la comunidad de los seres vivientes, para recrear la humanidad de una manera viable, se toma la opción de la máquina.
Una nueva forma de superstición. Como si una nueva ‘revolución industrial’ incluyera la salvación; por supuesto sin que nadie considere la cantidad increíble de energía que consume el más mínimo “data center”, sabiendo que se necesitan muchos y gigantescos. Mientras una parte (minoritaria) de la humanidad intenta, aunque con poco éxito, salir de las energías fósiles, reducir el impacto en carbono de su industria y transportes, otros, los más ricos y poderosos, apuestan por la forma de tecnología más derrochadora en recursos no reemplazables del planeta. El humanismo, ya degradado en antropocentrismo, deja lugar al maquino-centrismo.
 
¿Quién necesita realmente que una máquina haga los dibujos? ¿No hay dibujantes? ¿Que un sistema escriba los textos? ¿Y los escritores? ¿Qué un dispositivo componga la música? Para un plan comercial, el análisis de una IRM, o de la evolución de una pandemia, esos sistemas basados en cálculo e integración de datos y conocimientos pueden ser de gran utilidad. Pero utilizarlos para hacer lo que sabemos hacer con nuestra creatividad, revela una gran indigencia espiritual.
 
¿Y acaso sabemos limitar un poder cuando se supone que sus capacidades son casi infinitas y su eficacia aumenta de manera exponencial? No, el ser humano actual no sabe hacer eso. De la misma manera no se supo limitar el uso de la energía nuclear cuando se descubrió. Se hubiera necesitado, justamente, un impulso espiritual nuevo y muy potente para ello. Yo no lo tenemos.
 
¿En qué consiste esa espiritualidad nueva que considero indispensable? ¿Cómo se puede avanzar hacia ella? Es la tarea de los filósofos y pensadores, artistas e investigadores. Debemos comenzar sin tardanza a responder a esa pregunta. Y será el tema del tercer artículo.