Un par de años atrás, conversando sobre la forma de preparación de los equipos de emergencia, con un amigo franco-chileno, Bombero de París, me comentaba como ellos pese a haber estado preparados para todo tipo de emergencias y escenarios, jamás se representaron la posibilidad que un 25 de julio de 2000, el Concorde de Air France se iba a estrellar contra un hotel al despegar del aeropuerto de Paris, dejando 113 personas fallecidas. Pues aquella hipótesis, hasta el momento, resultaba absurda.
Recuerdo que, en aquel momento, ambos concluimos que era imposible estar preparado para ello.
Hasta hace unos meses atrás, si les hubiésemos dicho a los vecinos de San Carlos de Apoquindo, en Santiago, que debían tener un plan de respuesta para un aluvión, o a los vecinos de Calles Las Dalias, de Requínoa, que debían construir refugios contra tornados y prepararse para ello; lo más probable es que hubiésemos llegado a la misma conclusión, en cuanto a lo absurdo de dicha medida.
Esta situación se ha repetido en innumerables ocasiones y no solo desde el punto de vista del análisis o gestión del riesgo de desastre, sino que también por medio de fenómenos sociales o incivilidades, donde la palabra absurdo, es reemplazada por “Tomar medidas en ese sentido sería normalizar el fenómeno”.
Pese a ello, hoy en día, lo absurdo, se ha transformado en posibilidad o más que eso; en riesgo real.
Este hecho o reconocimiento, nos hace caer sobre nuestros hombros una gran pregunta, que; como el yunque que aplastaba al Coyote que perseguía al Correcaminos, nos aplasta de igual forma pues: ¿Cómo debemos prepáranos cuando los “absurdo” se vuelve una realidad?
Resulta evidente que jamás podremos estar preparados para todo lo que pueda ocurrir, ni paralizar el mundo para evitar la ocurrencia del hecho, pues, el mundo seguirá girando;junto a él la naturaleza y la vida seguirá con sus procesos, y la ciencia continuará avanzando, pese a la constante pulsión de la humanidad de destruir el mundo en que vivimos, que por lo demás, puede ser materia de otra reflexión.
Pero que no podamos preverlo todo no nos condena a la improvisación. La gestión del riesgo de desastres tiene fases, y hay dos en las que nada es absurdo y casi todo depende de nosotros: la preparación y la recuperación. No sabremos qué nos golpeará, ni dónde, ni cuándo; pero sí podemos decidir cómo nos encontrará el golpe y cómo nos levantaremos después. Y es justamente ahí donde Chile sigue en deuda.
En preparación, los números hablan solos. Según una encuesta de la Universidad de los Andes (2025); el 80% de los chilenos cree que vendrá un terremoto superior a 7,5°, pero solo el 10% se declara preparado y apenas el 12% tiene una mochila de emergencia. Esto, en el país que presume de su “cultura sísmica”. A su vez, cinco años después de promulgada la ley que obliga a las comunas a contar con un Plan Comunal de Reducción del Riesgo de Desastres: 127 comunas, es decir el 37% del país aún no lo formalizan. Y es más, para 2027, con la nueva ley de presupuesto, la prevención del Senapred cae un 30,6% respecto de lo aprobado para 2026, y la preparación ciudadana de todo el país se financia con unos $140 millones: ¡siete pesos por chileno al año!, frente a daños de al menos US$50 millones en un solo aluvión.
Y si la preparación es débil, la recuperación es lenta hasta la crueldad. A dos años del megaincendio de Viña del Mar, Quilpué y Villa Alemana, que cobró 137 vidas, había 481 viviendas terminadas o entregadas y otras 938 en obras, frente a un plan de reconstrucción que hablaba de unas 4.600 viviendas destruidas. La propia autoridad regional de Vivienda reconoció entonces que el país recién estaba cerrando las reconstrucciones de las catástrofes de 2010 y 2014. Es decir, dieciséis años después del 27F, todavía hay cuentas abiertas.
Mi amigo bombero y yo teníamos razón solo a medias. Nadie podía prever al Concorde cayendo sobre un hotel; pero esa tarde, en Gonesse, hubo quienes sabían hacia dónde correr, cómo coordinarse y qué hacer al día siguiente. Eso no fue suerte. Fue preparación.
El Coyote nunca aprendió. Volvía una y otra vez al pie del mismo acantilado, con el mismo plan, convencido de que esta vez el yunque no le caería. Y en la escena siguiente aparecía intacto, sacudiéndose el polvo. Nosotros no tenemos ese lujo. Bajo nuestros yunques no hay un dibujo animado que se levanta: hay familias que vuelven a una casa llena de barro, niños que no saben cuándo volverán a su colegio, vecinos que siguen esperando, dos años después, las llaves de un hogar que se les quemó una tarde de verano.
No elegimos el aluvión, ni el tornado, ni el fuego. Pero sí elegimos cómo nos encuentran y cuánto tardamos en volver a casa. Que la próxima vez que lo absurdo toque la puerta, ¡porque la tocará!, no nos sorprenda dormidos, sino de pie: con el plan escrito, la mochila lista y la certeza de que sabremos levantarnos.
Porque lo verdaderamente absurdo ya no es la catástrofe. Lo absurdo es seguir sorprendiéndonos.
Y ahora lo que creíamos absurdo nos golpea la puerta. Baltazar Lennon González Fundación Por la Democracia
