ENTRE RECOLETA Y PALERMO. Por Jorge Orellana Lavanderos. Ingeniero, escritor y cronista

Un hálito húmedo y cálido proveniente desde la manga, se interna hacia el interior del avión y nos impregna del conocido aire de Buenos Aires.

Me acompaña mi mujer, y en la visita a la ciudad hemos decidido que en los próximos cuatro días caminaremos por el sector de la ciudad ubicado entre La Recoleta y Palermo. El corto viaje hasta aquí, había pensado destinarlo a la lectura, y me aprontaba a hacerlo, cuando descubrí que mi vecino de asiento - yo viajaba entre él y mi mujer - abría un cuaderno musical salpicado de notas, imbuidas del seductor misterio que conlleva mi total incapacidad para descifrarlas. Me cuenta que es profesor de música y además tenor, y que estará aquí por un mes, ya que forma parte del elenco de una ópera que se presentará en el Teatro Colón.
 
Es curioso como nuestros aspectos rudos se funden sensibles al compartir nuestras historias. Al verlo alejarse por el húmedo túnel de la manga, me deja el dulce afecto que su vida despierta en mí, tal vez porque siento que la de profesor fue una actividad que quedó pendiente en la mía. ¡Mientras más distan los mundos de dos hombres, más beneficios obtienen conversando!  
 
Inicio el día trotando, que aunque oscuro no es helado. Desde Posadas, salgo hacia El Libertador, para continuar hasta Iraola y frente al monumento de mármol que recuerda a los españoles, me interno para encontrarme con las familias de gansos que habitan en torno a la laguna. Ensombrece la mañana la presencia de gansos de apariencia triste que alargan sus cuellos para hurgar entre los basureros en busca de alimento.
 
¿Quién los ha condenado al abandono? Es verdad que la ciudad se debate entre dolorosos ajustes económicos que afectan siempre a los más pobres, y que en mi trote, me he encontrado con miserables seres cubiertos de andrajos durmiendo en las veredas ante la ignominiosa indiferencia del resto, incluyéndome. Pero… ¿Serán aquellos irrefutables síntomas de decadencia que las autoridades deben atender para evitar la degradación de la noble ciudad?
 
Regreso, después de dar un par de vueltas por la laguna, y mientras desando el camino andado, pienso en la película de anoche. Cuando estamos en Buenos Aires, tratamos de ir al cine de un pequeño Mall cercano a La Recova, siempre encontramos ahí una buena película que difícilmente podremos ver en Santiago: “Paraíso”, es el nombre de la que hoy me distrae y que ambientada en la Francia ocupada del año 42, narra los hechos desde la perspectiva de tres víctimas de la guerra: Un francés colaboracionista jefe de una unidad policial; una rusa, prisionera por haber ayudado a unos niños judíos; y un distinguido y joven oficial alemán.
 
Desde la perspectiva íntima de cada protagonista, la narración consigna conductas de seres humanos con algunas virtudes y enormes defectos, lo que mitiga sus culpas, aunque no baste para eximirlos de sus responsabilidades, pero nos permite alcanzar una piadosa mirada compasiva, que se extiende aún hasta despiadados criminales, contribuyendo a un personal proceso de sanación del alma frente a dolorosos episodios de la historia. ¡Es una obra magistral, que arrastra un mensaje de prístina humanidad!
 
De la mano, como desde nuestros primeros paseos en el convulsionado Chile del 73, caminamos descubriendo mundos que a veces superan nuestras capacidades exiguas, sumidos en la cálida seguridad que nos confiere la unidad de nuestras manos asidas, y amparados solo en nuestra frágil condición. 
 
Caminamos hasta Prosa, editores del libro, y puedo ver y palpar ahí mis libros impresos, pero interrumpen mi júbilo sonoras campanadas de alerta que repican en mi cerebro para anunciarme lo efímero que puede ser nuestra felicidad, cuando Osvaldo me informa que William, quien estaba a cargo de la difusión del libro, ha sufrido un accidente vascular y ha debido volver a Caracas, su ciudad, para iniciar su recuperación en el mismo lugar y momento en que Maduro se empeña en imponer en Venezuela la Asamblea Constituyente que reemplazará al Parlamento. Advierto tal similitud en ese proceso, con el que vivimos en el Chile de nuestras recordadas caminatas del 73, que mis conjeturas me abaten.
 
Alcanzamos con mi mujer la Embajada de Chile, en Tagle con Alcorta. Programamos el lanzamiento de mi libro “Crónicas de trote”, saludamos al embajador y su diligente asistente, y seguimos caminando por entre los grandes árboles del parque de presencia inconfundible, que indiferentes al paso del tiempo se mecen altaneros como si la vida no fuera capaz de plasmar sus huellas en ellos. Después de la visita, reflexiono que mi condición de tipo aprensivo, ha aumentado con los años. Y concluyo: ¿Por qué han de preocuparse por el lanzamiento de mi libro si al fin de cuentas soy solo un desconocido que desea ofrecer su libro a este querido pueblo?
 
Por Santa Fe y 9 de julio, observando sorprendidos la bulliciosa armonía de la ciudad - como en una araucaria atestada de estridentes loros en que cada uno realiza con parsimonia su trabajo - caminamos hasta el Teatro Colón, para retirar las entradas para un concierto al que concurriremos el domingo, luego almorzamos y volvemos al cine. 
 
¡Me entrevistarán! Estoy tranquilo, no siento nervios. En el lobby del hotel, Luciano, un conocido periodista líder en el área del running, hablará conmigo. Aplicado, ha leído mi libro y el diálogo fluido, me acomoda desde el inicio. Conocedor de su oficio, vagabundeamos por temas relevantes en mi escritura: la muerte, como explicación del sentido de la vida; amistad; amor, y por cierto, la encarnizada lucha que subsiste al interior de los hombre entre las hebras que controlan las nociones de razón y emoción. Tenemos afinidad, y creo que seremos amigos. Al despedirnos, siento que mi aprensión descansa, como si el evento estuviera ahora más controlado. ¡Su visita tiene el don de descomprimirme!
 
Amanece y me noto cansado, pero no me perderé el trote, el cansancio se disipa al calzarme las zapatillas. A la salida del hotel, me sorprende un frío aterrador que oprime con tal fuerza el aire que llega hasta extraerle agua, que simula ser lluvia. Corro hacia Palermo, y aunque es una película que está en Santiago, les hablaré ahora de Dunkerque, otra película sobre la devastadora Segunda Guerra Mundial. Es una gran producción, y contiene una escena conmovedora: desquiciado por el horror, un soldado agrede a quien lo ha salvado. Más tarde, en un momento de lucidez, sin recuperar aún la razón, pregunta a un amigo del malogrado por el estado de aquel, que acaba de morir por la agresión sufrida.
 
El muchacho, entendiendo la inutilidad de la verdad, le miente, contestándole que se recuperará, y mira a su padre, quien lo aprueba con la indulgencia de su gesto. La conducta de ambos, ante el horror inacabado de la guerra, enaltece a la condición humana y revela un instante supremo en la obra, pues desde las entrañas dolorosas de la guerra creadapor el hombre, el hombre logra redimirse. 
 
Vuelvo a La Recoleta, el baño, el almuerzo, y la compañía del profesor que conociéramos en el vuelo y que concurre al almuerzo con un amigo también tenor, desliza la velada hasta la llegada triste de la lluvia. Raudos, a la caída de la tarde, salimos hacia el Teatro Colón, pero el concierto no logra entusiasmarme, porque siento que el repertorio elegido, aunque luce la destreza de ambos pianistas, no llega a conmoverme.
Mientras observo las luces de la noche que aún persisten en el centro de la ciudad cuando nos alejamos por la autopista hacia Ezeiza, se instala en mi cerebro una manchita pequeña, de apariencia insignificante, y que con voz intuitiva me insta a no perder nunca el verdadero rumbo de mi vida y a no descuidar jamás a los míos.