Oh I'm just counting

¿Dónde has ido, Odiseo? A dos meses de la muerte de Camilo Escalona. Por Samuel Olguín. Cineasta

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Mateo 5:6

Mi amigo Camilo ha muerto. A su funeral han ido grandes dignatarios e importantes personajes porque una leyenda viva deja de caminar por la tierra. Para mí siempre fue uno de esos héroes griegos y, entiéndame bien, crecí con estos hombres y mujeres que construían caballos de madera a las puertas de Ilion. Toda mi vida quise conocerlos, hablar con ellos, preguntar, aprender, entender.

Un día le pregunté por qué seguía insistiendo después de tantos dolores. Se rió, pero no respondió. No respondió con palabras, pero entendí que hay hombres que están hechos para esto. Que convierten su vida en la historia misma. De esos hombres fue mi amigo Camilo. Luchó hasta el último momento, no solo por lo que creía, sino también por lo que quería.

Me conoció dando un discurso, en el que dije que de Camilo Escalona había aprendido que el actuar estaba mediado por un diagnóstico. Sin saber dónde estamos, no se puede saber a dónde vamos. Creo que le sorprendió que lo haya nombrado, porque él no me conocía. No lo dije para congraciarme, lo dije en serio. Mi amigo Camilo era una persona que todo el día estaba pensando e intentando entender el mundo que habitaba. Un mundo que permite las penurias y los dolores materiales y espirituales de hombres y mujeres. Aunque no me malinterpreten, no vi en Camilo un iluso. No, Camilo era un mampostero, transitando entre la rudeza del trabajo físico y la altísima precisión matemática de la arquitectura.
 
El multitudinario adiós de este artesano griego refleja la grandeza de su persona, lo que hizo y lo que fue. Vi en su funeral a los héroes griegos queriendo tocar su féretro y posar en su boca un óbolo para Caronte. Vi a Príamo, Héctor, Paris, Menelao, Aquiles y Agamenón. Pero Camilo no era como ellos. Camilo era un hombre alejado de cualquier pretensión, delirio, arrogancia y egocentrismo. Camilo me recibió con cariño, con humildad, con lealtad, con comprensión y tratándome de igual a igual. ¿Se imaginan a Odiseo, el rey de Ítaca, siendo semejante? Camilo me recibió como un igual cuando yo lo había mirado durante años a través de una pantalla.
 
Tras su muerte, ya nada será igual. Los temidos Pueblos del Mar han llegado. Los que arrasaron Grecia, los que sepultaron la Edad del Bronce, han llegado. Y no son una amenaza extranjera y misteriosa venida de otro lado, sino los propios guerreros griegos que regresan fragmentados y violentos después de arrasar Troya.
 
No tienen idea del dolor que siento por su pérdida, porque fue una de las pocas personas que, ante la decisión entre ayudarnos y no ayudarnos, eligió la primera. Solo por conocer a esas personas ha valido la pena. Valió el sufrimiento. Valió la tristeza. Valió el dolor moral. Valió la ansiedad de la derrota. Desde que mi madre falleció, siento que un poco así ha sido. Por ello le pregunté por qué seguía intentando después de tantos dolores. Quisiera aprender de Odiseo su fortaleza, cómo ser un hombre fértil en recursos, de muchos senderos y multiforme ingenio.

Mi amigo Camilo ha muerto. ¿A dónde has ido, Odiseo, en tu barca? ¿Has encontrado la paz lejos de Ítaca?