Oh I'm just counting

Mayorías temáticas y gobierno frágil. Por Eduardo Saffirio, Abogado


El triunfo presidencial de José Antonio Kast en 2025 fue electoralmente amplio, pero su sentido político requiere una interpretación más cuidadosa que la ofrecida por las lecturas plebiscitarias o ideológicas simples. La magnitud de una victoria no equivale necesariamente a la formación de una identidad política estable. Tampoco basta para afirmar la existencia de un nuevo clivaje duradero en el sistema de partidos. En sistemas con partidos debilitados, electorados volátiles y baja identificación partidaria, una mayoría electoral puede ser intensa, eficaz y decisiva, aunque al mismo tiempo resulte frágil como fundamento de gobernabilidad.

La observación de Luciano Bardi, en su artículo de 2025  “Giovanni Sartori’s party system theory”, publicado en Italian Political Science Review/Rivista Italiana di Scienza Politica, permite ordenar mejor este problema. Al discutir los límites del modelo espacial unidimensional de competencia, Bardi recuerda que la ideología no constituye un factor fundamental en muchas comunidades políticas y que con frecuencia prevalece el voto por temas.

 Esa frase es especialmente pertinente para Chile. La ideología conserva importancia, desde luego. Pero el comportamiento electoral reciente muestra que las adhesiones políticas se estructuran cada vez menos por pertenencias partidarias densas y cada vez más por asuntos de alta intensidad pública. Seguridad, migración, orden público, crecimiento, empleo, inflación y juicio retrospectivo al gobierno pueden ordenar una elección sin producir una fisura estable en la sociedad ni una reorganización duradera del sistema partidario.

Desde esta perspectiva, el triunfo de Kast no debe interpretarse como una conversión ideológica masiva del país hacia la derecha republicana. Hubo, desde luego, un electorado doctrinariamente identificado con ese proyecto. Pero la mayoría de segunda vuelta fue bastante más heterogénea. Incluyó votantes de derecha tradicional, ciudadanos movilizados por la inseguridad, sectores irritados por la inmigración irregular, electores afectados por el malestar económico, personas desencantadas del gobierno saliente y una parte importante del electorado de Franco Parisi. El grueso de ese voto terminó inclinándose por Kast en la segunda vuelta. Ese desplazamiento fue decisivo, pero revela precisamente la naturaleza temática y disponible de una parte relevante de la mayoría vencedora.

Esta lectura permite precisar también el significado político del plebiscito constitucional de 2022. En una columna publicada en Cambio21, titulada “¿Por qué el plebiscito de 2022 no generó una fisura política duradera en Chile?”, sostuve que ese plebiscito fue un acontecimiento de enorme intensidad, pero no generó partidos del Apruebo y del Rechazo, no consolidó coaliciones permanentes, no creó identidades políticas estables ni reorganizó  el sistema de partidos. Ordenó una coyuntura, sancionó un proceso y expresó temores profundos; no fundó por sí mismo una nueva estructura de competencia.

Por eso, el vínculo entre el Rechazo de 2022 y el voto Kast de 2025 debe entenderse con prudencia. Hubo continuidad en estados de ánimo, especialmente en la demanda de orden, en la crítica a pulsiones refundacionales y en la desconfianza hacia élites políticas y culturales percibidas como distantes. Pero una continuidad emocional o actitudinal no basta para constituir un clivaje. Para que exista un clivaje en sentido fuerte se requieren bases sociales relativamente reconocibles, identidades persistentes, organizaciones representativas de esa división y capacidad de ordenar la competencia durante varios ciclos electorales. En Chile, lo que se observa es más inestable. Hay correspondencias electorales, desplazamientos rápidos y temas que suben o bajan según la coyuntura.

La evidencia temprana del gobierno de Kast confirma esa fragilidad. La encuesta más importante para observar esta evolución es Pulso Ciudadano, de Activa Research. Su propio diseño la presenta como un seguimiento mensual de opinión pública y temáticas de relevancia social, realizado mediante encuestas en un panel en línea representativo a nivel nacional. En la medición de marzo de 2026, Activa informó una muestra de 1.024 entrevistas, error muestral de más menos 3,1 por ciento bajo supuestos de aleatoriedad simple, levantamiento entre el 12 y el 13 de marzo, aplicación mediante panel en línea representativo nacional y realización bajo la norma internacional ISO 20252.

Conviene aclarar además la nomenclatura utilizada por Pulso Ciudadano. En sus informes, Q significa quincena. Q1 corresponde a la primera quincena del mes y Q2 a la segunda quincena. Esa precisión es necesaria para interpretar correctamente la velocidad del deterioro presidencial. Kast debutó en la primera quincena de marzo de 2026 con 47,5 por ciento de aprobación y 26,3 por ciento de desaprobación. En mayo, Pulso Ciudadano ya registraba 31 por ciento de aprobación y 53,3 por ciento de desaprobación. En junio Q1, la aprobación fue de 30,5 por ciento y la desaprobación llegó a 56,7 por ciento. En junio Q2, la aprobación bajó a 30,1 por ciento y la desaprobación alcanzó 56,9 por ciento. Así, en menos de cuatro meses de gobierno, la pérdida de apoyo fue muy significativa.

Ese deterioro no debe leerse solo como una oscilación normal de inicio de gobierno. Pulso Ciudadano muestra también una caída relevante en la confianza presidencial. En diciembre de 2025, cuando Kast era Presidente electo, 36 por ciento declaraba mucha o total confianza. En junio Q2, solo 22,9 por ciento declaró mucha o total confianza, mientras la desconfianza alcanzó 54,9 por ciento. El problema ya no es solo la aprobación coyuntural del gobierno. Es la erosión del vínculo de confianza entre el liderazgo presidencial y una parte de la ciudadanía que pocos meses antes había contribuido a su victoria.

El dato más revelador es que la caída ocurre precisamente en torno a los temas que habían organizado buena parte de la campaña. Pulso Ciudadano registró en junio Q2 un salto de la delincuencia desde 40,3 por ciento en junio Q1 a 51,3 por ciento en junio Q2, su nivel más alto del año. La seguridad volvió a dominar con fuerza la agenda pública. Si la seguridad, la migración y el orden fueron factores decisivos de agregación electoral, su persistencia como preocupación principal podía transformarse rápidamente en un juicio adverso sobre la capacidad gubernamental de producir resultados.

A ello se suma un segundo componente que ya había advertido en otra columna publicada en Cambio21, “Del malestar antiélite al rechazo a la derecha. Chile 2026, ultraliberalismo económico y costos políticos”. El gobierno de Kast comenzó a desplazar el debate público desde seguridad y migración hacia una agenda económica de orientación ultraliberal, basada en recortes fiscales, rebajas de impuestos progresivos y desregulación acelerada. Esa agenda se aparta de la trayectoria gradualista que, con distintos énfasis, caracterizó a los gobiernos democráticos desde 1990. Por eso, sus tensiones no son solo fiscales. También son sociales, institucionales y políticas.

La dificultad es evidente. Una candidatura puede ganar articulando un voto por temas en torno a seguridad, orden y malestar económico. Sin embargo, un gobierno que transforma rápidamente el eje de la discusión hacia una reforma económica de alta intensidad ideológica corre el riesgo de alterar la base de su propio mandato. El votante temático no entrega adhesiones incondicionales. Exige respuesta en los asuntos que motivaron su apoyo. Si percibe que la delincuencia no retrocede, que la economía no mejora, que los costos del ajuste recaen sobre sectores medios y populares, o que el gobierno actúa con una rigidez doctrinaria mayor que su capacidad de producir bienestar, la adhesión inicial puede erosionarse con gran velocidad.

El punto es central para entender la diferencia entre una mayoría electoral y una mayoría política. La primera permite ganar una elección. La segunda exige duración, organización, legitimidad social y capacidad de traducir expectativas en resultados. Kast obtuvo lo primero. Lo segundo se muestra  lejos de estar asegurado. Su gobierno depende de una derecha amplia, pero internamente diferenciada. El Partido Republicano y sectores del gabinete empujan una agenda de fuerte convicción ideológica. Chile Vamos debe ponderar costos territoriales, parlamentarios y electorales. Esa divergencia convierte a la propia derecha tradicional en un espacio potencial de moderación, aunque también en una fuente de tensiones internas.

La frase de Bardi ayuda a comprender la paradoja. Si la ideología no siempre ordena decisivamente el voto y si el voto por temas hoy suele prevalecer, entonces una victoria amplia puede descansar sobre apoyos menos arraigados de lo que aparenta. La seguridad, la migración, el orden y la economía permitieron agregar una mayoría. Pero esos mismos temas se convierten, al día siguiente de la elección, en criterios de evaluación implacables. El voto por temas entrega poder con rapidez y también puede menoscabarlo velozmente.

Esto explica por qué la caída de Kast en Pulso Ciudadano tiene relevancia analítica y no solo coyuntural. No es únicamente un problema de popularidad presidencial. Es un indicio de la debilidad estructural de una mayoría construida sobre malestares disponibles, demandas urgentes y expectativas de eficacia. Cuando no existen identidades partidarias densas que amortigüen el desgaste, el apoyo ciudadano se vuelve más condicional, más impaciente y menos tolerante frente a la distancia entre promesa y resultado.

La oposición tampoco debería leer ese deterioro con complacencia triunfalista. La caída de un gobierno no produce automáticamente una alternativa. Si las fuerzas opositoras no son capaces de ofrecer respuestas creíbles en seguridad, crecimiento, empleo, migración y protección social, el malestar puede desplazarse hacia nuevas expresiones antiestablecimiento. En una política de bajo arraigo partidario, el descontento rara vez permanece fijo. Circula, muta y busca nuevas representaciones.

Chile parece vivir, por tanto, una política de alta intensidad y baja estructuración. Hay polarización ideológica, pero no siempre produce clivajes estables. Hay correspondencias electorales entre eventos sucesivos, pero no necesariamente identidades duraderas. En segunda vuelta hay mayorías amplias que pueden ser más coyunturales que hegemónicas. Hay liderazgos que capturan momentos, pero tienen dificultades para transformarlos en lealtades persistentes.

Kast ganó porque interpretó mejor que sus adversarios el clima temático de 2025. Su rápida caída en Pulso Ciudadano y otras encuestas muestra que ese clima no se ha convertido en una identidad política estable. La política chilena sigue moviéndose sobre arenas movedizas. Allí donde algunos creyeron ver un nuevo clivaje consolidado, probablemente hay una combinación más volátil de malestar, voto por temas, castigo retrospectivo y expectativas incumplidas. Esa es la clave para entender tanto la amplitud de su triunfo como la fragilidad inicial de su mandato.