Oh I'm just counting

Renuncias en el Gobierno: cuando ganar no basta para gobernar. Por Luis Ruz, Presidente Centro Democracia y Comunidad (CDC)

Los números hablan por sí solos. Al 31 de julio de 2026, 39 autoridades ya habían dejado el gobierno del presidente Kast: dos ministras, cinco subsecretarios y 32 seremis. El mandatario asumió el 11 de marzo y, desde entonces, en promedio, una autoridad renuncia o es removida cada cuatro días. La cifra no es una anécdota, es un síntoma de un problema mayor. 
 
¿Síntoma de qué? De que el sistema político no está ofreciendo gobiernos capaces que respondan a las demandas y promesas formuladas. En las últimas elecciones presidenciales, la política chilena ha olvidado una cuestión central: no es lo mismo ganar el gobierno que saber gobernar, son dos “talentos” y capacidades distintas. Ganar una elección implica “tocar” corazones y movilizar voluntades, pero gobernar es algo más complejo. Esto último depende de algo que hemos omitido de discutir: ¿los partidos y sus liderazgos presidenciales cuentan con cuadros técnicos, leales, pero también competentes? Ese es, hoy, el talón de Aquiles del gobierno de Kast y, algo similar, le sucedió al gobierno de Gabriel Boric. 
 
Formar y reclutar también es gobernar. Los partidos políticos no solo compiten por votos. También cumplen funciones estructurales para la democracia, aunque hoy el debate público no repare en ellas. Esto lo explica bien Giovanni Sartori, quien definió a los partidos políticos con precisión: son canales de intermediación entre la sociedad y el Estado, que agregan demandas, forman élites y, sobre todo, seleccionan a quienes gobernarán
 
Esta última tarea, seleccionar cuadros, suele quedar en un segundo plano. Esto es un error. Un partido que gana una elección sin tener personas preparadas para administrar el Estado no resuelve el problema: lo traslada. Esta debilidad de origen del partido se convierte en crisis de gestión cuando asume la conducción del Ejecutivo. 
 
Para ahondar en este aspecto, la literatura ha advertido esta tensión al distinguir entre partidos "de representación individual" y partidos "de integración social". Estos últimos, construyen, con paciencia, una base de cuadros disciplinados que representen una mirada de sociedad. En cambio, los primeros dependen de figuras y de la coyuntura electoral. 
 
Sin duda, hoy tenemos partidos con una institucionalidad débil. El sistema de partidos chileno cambió sustancialmente en la última década. Tras la reforma electoral del año 2015, surgieron nuevas fuerzas que hoy disputan el poder. Por la izquierda, nació el Frente Amplio, heredero del movimiento estudiantil y de la impugnación a la sociedad postdictadura. Por la derecha, Republicanos se abrió camino distanciándose de la UDI, seguido por Los Libertarios y Social Cristianos. A ellos se suma el Partido de la Gente.
 
Bajo este marco, el Partido Republicano, fundado apenas en 2019, encaja mejor en el grupo de “representación individual”. Es un partido que creció rápido al alero de la persistente vocación presidencial de José Antonio Kast, pero ese crecimiento no fue acompañado de un proceso paralelo de formación técnica y administrativa. Algo parecido podríamos decir del PDG de Franco Parisi, con la diferencia que aún no llega al poder. Hoy, en parte, esa incapacidad partidaria explica la mala evaluación del Gobierno. 
 
El resultado es evidente: un sistema donde conviven partidos tradicionales, con experiencia de gobierno, y partidos nuevos que recién están aprendiendo a gobernar. Al respecto, Angelo Panebianco ofrece una clave para entender esa diferencia: distingue entre partidos de alta y de baja institucionalización. Los primeros tienen reglas, rutinas y estructuras que sobreviven a sus líderes y, los segundos, dependen de la autoridad personal de quien los conduce. 
 
Cuando un partido de baja institucionalización llega al poder, la selección de personal tiende a ser informal. La cercanía al líder pesa más que la trayectoria política y técnica. Ese patrón ayuda a explicar lo que muestran los propios registros de este gobierno: redes partidarias informales ocupando el lugar de procesos de selección profesionalizados, que respondan a una adhesión a un proyecto mayor. 
 
Una lección final: 
 
Un partido puede ganar elecciones con eficacia y, aun así, carecer de la "reserva de cuadro" necesaria para sostener una administración pública compleja. Chile tiene una burocracia con reglas propias, escalafones técnicos y equilibrios regionales. Gobernarla exige más que un programa electoral exitoso: exige cuadros formados de antemano. 
 
Las coaliciones nuevas tienen curvas de aprendizaje; eso es normal. La sucesión de renuncias, por sí sola, no prueba el fracaso de un gobierno, pero sí revela algo más de fondo: la tensión entre un partido con enorme capacidad de movilización electoral y una débil capacidad institucional para seleccionar a quienes gobernarán.
 
En tiempos donde la función política está desprestigiada, es tarea de todos reivindicar la importancia de partidos políticos sólidos que estén a la altura de la misión de gobernar un país. Para mejorar la calidad de la política se hace imprescindible destacar el rol de los partidos políticos como instrumentos de la buena deliberación pública y la adecuada elección de los líderes políticos para el funcionamiento democrático. La política, como toda cuestión relevante en la vida, no se puede improvisar.