Hay comparaciones que necesitan demasiadas explicaciones para resultar útiles. La de Cuba y Singapur, en cambio, tiene la virtud de enfrentar dos experiencias históricas que, partiendo de circunstancias difíciles y con escasos años de diferencia, escogieron caminos económicos radicalmente distintos.
El resultado, seis décadas después, es difícil de ignorar.
En 2024, de acuerdo con el Banco Mundial, Singapur tenía un PIB per cápita de aproximadamente US$90.674, mientras Cuba registraba US$9.605. Es decir, la producción por habitante de Singapur era unas nueve veces y media la cubana. Más impresionante todavía: con apenas 6 millones de habitantes, frente a casi 11 millones de Cuba, Singapur generaba un PIB de US$547 mil millones, contra aproximadamente US$107 mil millones de la isla caribeña.
Pero no siempre fue así.
Cuando Singapur alcanzó su independencia en 1965, pocos habrían apostado por su futuro. Era una pequeña isla sin recursos naturales relevantes, con un mercado interno insignificante, desempleo, graves necesidades habitacionales y tensiones sociales. Su separación de Malasia terminó además con la expectativa de disponer de un gran mercado común. En paralelo prácticamente, la retirada británica amenazó decenas de miles de empleos y una fracción muy importante de su actividad económica. Solo como dato: los británicos gastaban más de U$400 millones anuales en la economía de esta pequeña isla.
Cuba, en cambio, tenía, objetivamente, muchas más ventajas naturales.
Una superficie inmensamente mayor. Tierra agrícola. Recursos minerales. Potencial energético. Playas y condiciones excepcionales para el turismo. Una población mayor. Y una ubicación privilegiada, a escasa distancia del mercado estadounidense.
Sin embargo, cada país tomó una dirección económica diferente que, quiérase o no, impactó decididamente en su desarrollo.
Cuba apostó por el Estado como gran propietario, planificador y asignador de recursos. Singapur apostó por utilizar al Estado para hacer funcionar una economía abierta al mundo.
Esta distinción es fundamental.
Porque sería un error describir el milagro singapurense simplemente como el triunfo de un Estado pequeño. El Estado de Singapur nunca fue débil. Todo lo contrario: planificó infraestructura, desarrolló vivienda pública, impulsó la educación, promovió determinadas industrias, creó empresas públicas y construyó una burocracia altamente profesional.
Pero comprendió algo esencial: el Estado podía conducir el desarrollo sin reemplazar al mercado.
Después de 1965 Singapur abandonó rápidamente la estrategia de sustitución de importaciones. Su mercado doméstico era demasiado pequeño. En consecuencia, tomó dos decisiones extraordinariamente audaces para la época: industrializarse para exportar y atraer deliberadamente a las grandes multinacionales extranjeras.
En lugar de preguntarse cómo proteger a sus empresas de la competencia extranjera, se preguntó cómo conseguir que las mejores empresas del mundo quisieran instalarse allí.
Para eso necesitaba infraestructura, trabajadores capacitados, reglas relativamente previsibles, estabilidad laboral, impuestos competitivos y una administración pública capaz de resolver problemas.
Y lo hizo.
La inversión extranjera no fue considerada una amenaza a la soberanía nacional, sino un mecanismo para importar aquello que Singapur no poseía: capital, tecnología, conocimientos empresariales y acceso a mercados internacionales.
El resultado fue acumulativo. Llegaron empresas. Las empresas generaron empleos. Los empleos exigieron capacitación. La capacitación elevó la productividad. La mayor productividad permitió pasar de manufacturas simples a electrónica, petroquímica, logística, finanzas, biotecnología y servicios sofisticados.
Singapur fue cambiando su economía cada vez que el éxito del modelo anterior comenzaba a agotarse.
El Banco Mundial estima que desde su independencia su crecimiento económico ha promediado aproximadamente 7% anual. Hoy es una economía de altos ingresos y uno de los grandes centros comerciales, financieros y logísticos del planeta.
Cuba siguió una trayectoria totalmente diferente.
Después de la revolución de 1959 avanzó hacia nacionalizaciones, planificación central y predominio casi absoluto de la propiedad estatal. Durante décadas una parte importante de la viabilidad de ese modelo descansó, además, sobre su relación económica preferencial con la Unión Soviética.
Cuando desapareció la URSS desapareció también una parte sustancial de ese soporte externo.
La diferencia fundamental entre ambas experiencias puede resumirse de manera sencilla.
Singapur decidió que, como su mercado era demasiado pequeño, su mercado sería el mundo. Cuba decidió durante décadas administrar centralmente su economía y limitar considerablemente el espacio de la propiedad y de la iniciativa privadas.
Pero existe un elemento que cualquier comparación seria debe reconocer: el embargo estadounidense contra Cuba.
Ha existido durante décadas y ha significado restricciones efectivas para el comercio, el financiamiento y las inversiones cubanas. Negar su impacto sería intelectualmente poco serio.
Pero tampoco resulta suficiente atribuir a ese embargo toda la divergencia entre ambas economías.
Porque el problema cubano no consiste solamente en aquello que Estados Unidos le ha impedido hacer. También debe analizarse aquello que Cuba se impidió hacer a sí misma: desarrollar durante décadas un sector privado amplio, atraer inversión internacional en condiciones competitivas, permitir una asignación descentralizada de recursos, desarrollar mercados de capitales y precios capaces de transmitir información económica y proporcionar estabilidad suficiente a la iniciativa empresarial.
Ahí aparece la enseñanza más interesante de Singapur.
No es una lección sobre capitalismo contra Estado. Es una lección sobre qué debe hacer el Estado y qué no debe pretender hacer.
Singapur construyó uno extraordinariamente fuerte donde debía serlo: infraestructura, educación, vivienda, seguridad, regulación, planificación estratégica y capacidad institucional.
Pero simultáneamente comprendió que el empresario debía emprender, el inversionista invertir, la empresa competir y los precios transmitir información.
Y sobre todo entendió que el capital extranjero no tenía nacionalidad cuando creaba empleo, tecnología, productividad y riqueza dentro de Singapur.
Los números actuales reflejan seis décadas de acumulación de esas decisiones.
En 2024 Singapur creció 4,4%, mientras la economía cubana se contrajo 1,1%. La esperanza de vida alcanzaba aproximadamente 83 años en Singapur y 78 en Cuba, un dato interesante porque demuestra además que el extraordinario crecimiento económico singapurense no estuvo reñido con importantes resultados sociales.
Incluso hoy Singapur continúa dependiendo intensamente de la inversión extranjera: en 2024 sus flujos netos de inversión extranjera directa equivalieron aproximadamente al 27,8% de su PIB.
Eso permite extraer una conclusión que trasciende ampliamente a estas dos islas.
Los países no están condenados por su geografía ni salvados por sus recursos naturales.
Singapur prácticamente no tenía recursos naturales y construyó riqueza.
Cuba disponía de recursos naturales, capital humano, posición geográfica y potencial turístico, pero su desempeño económico ha sido sustancialmente menor.
Uno convirtió sus limitaciones en razones para abrirse al mundo. El otro buscó durante demasiado tiempo proteger su modelo de ese mundo.
Por eso quizás la comparación entre Cuba y Singapur debería estudiarse mucho más en América Latina.
Nuestra discusión suele oscilar entre dos extremos igualmente equivocados: quienes creen que el Estado debe resolverlo todo y quienes creen que el Estado prácticamente no debe existir.
Singapur demuestra algo bastante más sofisticado.
Se necesita un Estado fuerte, profesional y estratégico, pero también inversión, competencia, iniciativa privada, apertura internacional, seguridad jurídica y una obsesión permanente por elevar la productividad.
El desarrollo no consiste en escoger entre Estado y mercado. Consiste en conseguir que cada uno haga aquello que sabe hacer mejor.
Singapur entendió esa diferencia hace sesenta años. Los resultados están a la vista.
Cuba y Singapur: dos islas, dos caminos, un resultado. Por Ricardo Rincón G., abogado
