Por décadas hemos repetido una frase que parece incuestionable: el fútbol es el deporte del
pueblo.
Sin embargo, basta observar la historia y mirar el presente para preguntarnos si esa
afirmación sigue siendo cierta.
La serie Juego de Caballeros (The English Game) nos recuerda que el fútbol no nació como un
deporte popular. Su organización, sus reglas y sus primeras competiciones fueron diseñadas por la
aristocracia y la burguesía inglesa durante la segunda mitad del siglo XIX.
Los clubes fundadores representaban a las élites educadas y acomodadas, mientras que los trabajadores apenas comenzaban a incorporarse a un espacio que no les pertenecía plenamente. Donde se inician las
primeras contrataciones, de jugadores obreros, con grandes habilidades.
Paradójicamente, fueron esos mismos obreros quienes transformaron el fútbol. Convirtieron un pasatiempo de caballeros en un fenómeno cultural de alcance mundial. Ese deporte dejó de ser patrimonio de unos pocos para convertirse en un lenguaje común, una expresión de identidad colectiva y una pasión compartida por millones de personas.
Esa democratización permitió que el fútbol fuera reconocido como el deporte más popular del planeta.
Los estadios se llenaron de familias, trabajadores y comunidades enteras que encontraron en un club una forma de pertenencia y representación social. El fútbol dejó de ser únicamente un juego para convertirse en patrimonio cultural.
Sin embargo, más de un siglo después, surge una incómoda pregunta: ¿estamos regresando al punto de partida?
El Mundial de 2026 parece ofrecer algunas señales preocupantes.
El elevado costo de las entradas, sumado a los gastos de transporte, alojamiento y alimentación en tres países organizadores, convierte la experiencia de asistir al campeonato en un privilegio reservado para quienes poseen un alto poder adquisitivo. Para millones de aficionados, el sueño de presenciar un partido del torneo más importante del fútbol mundial resulta simplemente inalcanzable.
No se trata únicamente del precio de un boleto. Detrás de este fenómeno existe una transformación mucho más profunda: el fútbol ha pasado de ser un bien cultural a consolidarse como un producto global de enorme rentabilidad económica.
Los patrocinadores, los derechos de televisión, las plataformas digitales, el turismo deportivo y las estrategias comerciales han convertido cada Copa del Mundo en uno de los mayores negocios del planeta.
Nadie discute que organizar un evento de esta magnitud implica costos enormes. Tampoco resulta cuestionable que las organizaciones deportivas busquen sostenibilidad financiera. El problema aparece cuando la lógica comercial comienza a desplazar el sentido social del deporte.
Cuando quienes sostienen la pasión durante cuatro años son precisamente quienes menos posibilidades
tienen de vivir el evento en el estadio, el fútbol corre el riesgo de perder parte de su esencia.
Quizás la mayor enseñanza que deja Juego de Caballeros no sea únicamente el origen del fútbol moderno, sino la permanente tensión entre quienes entienden este deporte como un patrimonio
cultural y quienes lo conciben como un negocio.
Ambas dimensiones pueden convivir, pero el equilibrio parece inclinarse cada vez más hacia la rentabilidad.
La verdadera pregunta, entonces, no es si el Mundial de 2026 será un éxito económico.Probablemente lo será.
La pregunta relevante es otra: ¿puede seguir llamándose el deporte del pueblo; un espectáculo al que el propio pueblo tiene cada vez más dificultades para acceder?
La película Juego de Caballeros muestra que el fútbol nació como una práctica organizada por las
élites. Aunque con el tiempo se convirtió en el deporte más popular del mundo, el Mundial de
2026 evidencia que el acceso al principal espectáculo futbolístico vuelve a estar condicionado por
factores económicos, planteando el desafío de si el fútbol continúa siendo realmente un deporte
del pueblo o un producto global cada vez más exclusivo.
