Oh I'm just counting

La carrera espacial comienza en la sala de clases. Por Ricardo Rincón, Abogado

Mientras Chile debate legítimamente sobre el número de satélites que debe tener, las inversiones necesarias o la futura institucionalidad espacial, existe una pregunta mucho más estratégica que rara vez ocupa el centro de la discusión: ¿quién diseñará, operará y desarrollará esas capacidades dentro de veinte o treinta años?

La respuesta no está en un laboratorio ni en una universidad. Está hoy en una sala de clases.

Pocas políticas públicas chilenas han demostrado una visión de largo plazo tan consistente como el Programa Espacial Nacional impulsado por la Fuerza Aérea de Chile. Lo verdaderamente notable no es sólo que haya permitido al país construir una trayectoria de más de treinta años en materia satelital, sino que desde sus primeros pasos comprendió algo esencial: un programa espacial no comienza con el lanzamiento de un satélite, sino con la formación temprana del talento humano.

Ese mérito histórico suele pasar inadvertido.

Cuando en 1998 el FASat-Bravo inició su misión orbital, incorporó un componente que, visto desde la perspectiva actual, fue extraordinariamente adelantado para su época: un Experimento Educacional (EdEx) destinado específicamente a involucrar a los establecimientos escolares de Chile en la operación del satélite. No se trataba de una actividad simbólica ni de divulgación científica superficial. Se invitaba a estudiantes de enseñanza escolar a seguir el paso del satélite, estudiar mecánica orbital, comprender las comunicaciones espaciales y analizar la telemetría de una misión espacial real.

Mientras muchos países latinoamericanos aún concebían el espacio exclusivamente como un asunto militar o científico reservado a especialistas, Chile ya entendía que la soberanía espacial comenzaba formando niños y jóvenes capaces de comprender el lenguaje de la tecnología.

Aquella decisión revela una comprensión estratégica extraordinaria.

La infraestructura puede comprarse. Los satélites pueden contratarse. Incluso la transferencia tecnológica puede negociarse. Lo único que ningún país puede importar indefinidamente es el talento humano.

Por ello resulta particularmente acertada la visión que la FACH instaló desde los orígenes del programa espacial: transformar el espacio en una herramienta educativa y no simplemente tecnológica.

Los beneficios de esa mirada trascienden ampliamente la formación de futuros ingenieros aeroespaciales.

Cuando un estudiante aprende a calcular la órbita de un satélite, desarrolla pensamiento matemático avanzado. Cuando interpreta datos de telemetría, incorpora herramientas de análisis de datos, programación y electrónica. Cuando recibe imágenes satelitales comprende geografía, medio ambiente, agricultura, cambio climático y gestión territorial desde una perspectiva completamente distinta.

En otras palabras, el espacio deja de ser una disciplina aislada para transformarse en un extraordinario integrador de conocimientos.

En suma, estos programas constituyen un verdadero prospector de talentos y semillero de futuros profesionales del espacio, agregando una afirmación que debería transformarse en política pública nacional: la soberanía espacial sólo es posible mediante talento humano y capacidades propias, más que exclusivamente mediante recursos financieros.

Ese concepto adquiere hoy una enorme relevancia.

Chile ha iniciado una nueva etapa con el Sistema Nacional Satelital, la futura constelación de observación terrestre, el desarrollo de capacidades nacionales y una creciente participación del mundo académico.  Sin embargo, el verdadero éxito de ese esfuerzo no dependerá únicamente del número de satélites puestos en órbita, sino de la cantidad de jóvenes que descubran tempranamente una vocación científica gracias a ellos.

La evidencia internacional demuestra que los grandes ecosistemas tecnológicos nacen precisamente así.

Estados Unidos consolidó buena parte de su liderazgo aeroespacial mediante programas escolares asociados a NASA. Europa desarrolla iniciativas similares a través de la Agencia Espacial Europea. Japón incorpora actividades espaciales desde edades tempranas. Corea del Sur hace lo propio vinculando ciencia escolar con innovación tecnológica.

Chile posee una ventaja poco conocida: ya sembró esa semilla hace más de un cuarto de siglo.

Lo que corresponde ahora es actualizarla, expandirla y convertirla en una política de Estado más robusta y permanente.

Imaginemos por un momento miles de estudiantes chilenos construyendo estaciones terrestres escolares para seguir satélites nacionales; desarrollando pequeños sensores ambientales; analizando imágenes del territorio obtenidas por nuestros propios sistemas espaciales; diseñando experimentos para futuros CubeSats universitarios; creando aplicaciones para monitorear incendios forestales, disponibilidad hídrica o productividad agrícola utilizando información satelital.

Nada de aquello pertenece a la ciencia ficción.

Son experiencias perfectamente posibles dentro de un establecimiento educacional.

El propio Experimento Educacional del FASat-Bravo proponía ejercicios tan concretos como:

seguimiento orbital del satélite para comprender mecánica espacial;
estudio de las comunicaciones satelitales;
análisis de parámetros eléctricos y termodinámicos obtenidos desde la telemetría de una misión real.
Hoy esas actividades podrían ampliarse mediante programación, inteligencia artificial, análisis geoespacial, robótica, Internet de las Cosas y ciencia de datos.

Cada colegio podría transformarse en un pequeño laboratorio espacial.

Ese es precisamente el enorme potencial del programa espacial chileno: no sólo producir imágenes satelitales, sino producir científicos.

No sólo observar el territorio.

También descubrir talento.

No sólo generar información.

También generar capacidades propias.

Por ello resulta especialmente valioso que proyectos como el Centro Nacional Espacial, recientemente inaugurado en Cerrillos, o los futuros Centros Regionales Espaciales de Magallanes y Antofagasta, que aún esperan luz verde, incorporen como uno de sus pilares la formación de capital humano desde la etapa escolar, técnica y universitaria, vinculándola con emprendimientos tecnológicos, startups y nuevas industrias basadas en tecnología espacial.

Estamos hablando de una política de desarrollo nacional mucho más profunda que un simple programa tecnológico.

Estamos hablando de construir una generación completa de científicos, ingenieros, programadores, matemáticos, emprendedores y líderes capaces de competir globalmente, sumar a las sociedades del conocimiento y a la generación de riqueza y nuevas oportunidades, en suma de transformar radicalmente el desarrollo de nuestro país. 

Las próximas décadas estarán marcadas por la economía del conocimiento, la inteligencia artificial, la computación cuántica y la nueva economía espacial.

En ese escenario, la principal riqueza de los países no será el cobre ni el litio que, por cierto, no debemos abandonar.

Será claramente su capital humano.

Por eso, quizás la mayor lección que nos deja la historia del Programa Espacial Nacional es que la decisión más visionaria no fue lanzar un satélite.

Fue entender, hace más de treinta años, que el primer lanzamiento debía producirse en la imaginación de un niño frente al cielo.