Existe una idea tan incómoda como vigente que fue desarrollada por el filósofo y teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer mientras observaba el ascenso del nazismo. Su tesis era simple, pero profundamente perturbadora: la estupidez puede ser más peligrosa que la maldad.
No porque los estúpidos sean más perversos que los malvados. Todo lo contrario. Porque el mal puede identificarse, enfrentarse y combatirse. La estupidez colectiva, en cambio, suele disfrazarse de virtud, de buenas intenciones y de superioridad moral.
Lo más inquietante es que Bonhoeffer no hablaba de personas con poca inteligencia. Hablaba precisamente de personas inteligentes.
Abogados, periodistas, académicos, empresarios, políticos, profesionales exitosos. Personas perfectamente capaces de razonar, pero que en algún momento dejan de hacerlo por sí mismas y comienzan a pensar a través del grupo.
Ese fenómeno debería preocuparnos.
Porque una de las características más llamativas de nuestro tiempo es que jamás habíamos tenido acceso a tanta información y, simultáneamente, jamás habíamos estado tan expuestos a la repetición mecánica de ideas.
Chile no es una excepción.
Durante la última década hemos visto cómo conceptos complejos se transforman en dogmas intocables. Da lo mismo si hablamos de constitucionalismo, feminismo, multiculturalismo, indigenismo, libre mercado, seguridad pública, cambio climático o inmigración. En todos estos temas existen posiciones legítimas, razonables y fundadas. El problema comienza cuando las ideas dejan de discutirse y pasan a ser profesiones de fe.
Cuando una afirmación ya no puede cuestionarse sin que quien pregunta sea tratado como hereje, estamos dejando el terreno del pensamiento y entrando al territorio del dogma.
Y el dogma tiene una característica curiosa: captura por igual a personas inteligentes y no inteligentes.
Basta observar las redes sociales.
Cada semana aparece una nueva indignación colectiva. Un video fuera de contexto. Una declaración incompleta. Una estadística falsa. Una noticia mal interpretada.
Miles de personas la comparten.
Luego decenas de medios la reproducen.
Después la comentan líderes de opinión.
Finalmente termina siendo considerada una verdad ampliamente aceptada.
Días después aparece la aclaración, la precisión o simplemente la realidad.
Pero ya es tarde.
La mentira hizo su trabajo.
Lo sorprendente es que muchas veces quienes ayudaron a difundirla no eran personas ignorantes. Eran profesionales competentes, periodistas experimentados, dirigentes preparados o académicos con posgrados.
¿Por qué ocurre?
Porque la inteligencia no inmuniza contra la presión social.
La necesidad de pertenecer suele ser más fuerte que la necesidad de tener razón.
Y en una época donde las redes sociales premian la indignación instantánea, la simplificación extrema y el aplauso de la tribu, pensar por cuenta propia se ha transformado en un acto de resistencia.
Quizás por eso vivimos una paradoja extraordinaria.
Mientras más educación formal posee una sociedad, más sofisticadas pueden volverse sus formas de estupidez colectiva.
Ya no se expresan mediante supersticiones primitivas.
Ahora se presentan en forma de eslóganes, hashtags, estudios citados selectivamente, argumentos de autoridad y certezas absolutas.
Se parecen mucho al conocimiento.
Pero no son conocimiento.
Son conformidad intelectual.
Por eso el verdadero desafío de una democracia moderna no consiste solamente en educar más personas.
Consiste en formar ciudadanos capaces de disentir, cuestionar y soportar la incomodidad de la duda.
Porque la libertad no depende únicamente del derecho a expresar una opinión.
Depende también de la capacidad de preguntarse si esa opinión es realmente propia.
La advertencia de Bonhoeffer sigue plenamente vigente.
Las sociedades rara vez fracasan porque todos sus miembros se vuelven malvados.
Con mucha más frecuencia fracasan porque demasiadas personas inteligentes dejan de pensar al mismo tiempo.
Y cuando eso ocurre, la estupidez deja de ser un defecto individual.
Se transforma en un fenómeno colectivo capaz de cambiar el destino de un país.
La estupidez de los inteligentes. Por Ricardo Rincón González, Abogado
