Oh I'm just counting

Sikou Niakaté: La singular historia del exfutbolista que dejó las canchas por el tamaño de su pene y el “síndrome del vestuario”

La historia de Sikou Niakaté es muy curiosa. Dejó el fútbol, pero no por ninguna lesión. Lo hizo por un trauma y lo resume con una frase que se queda pegada: “Hay quien dice que no pudo hacer carrera porque se hizo los cruzados; yo tuve los cruzados del calzoncillo”. No habla de rodillas. Habla de vestuarios. De duchas colectivas. De ese territorio posterior al partido donde el fútbol y lo hace en un extenso reportaje publicado en el diario L'Équipe.

A día de hoy, a sus 34 años, es actor y documentalista niño solo quería una cosa: “Convertirme en futbolista. Soñaba con el Manchester United, el rojo, el número 7, David Beckham y Patrice Evra”. Dice que jugaba “tres horas al día mínimo” y que era “fuerte, excelente incluso”. Alto y técnico, una rareza que él mismo reivindica: “Era grande, muy grande —en el colegio ya medía 1,92—, pero era técnico. De verdad técnico”. Se veía, incluso, en “un perfil tipo Yaya Touré”.

La historia, sin embargo, no se rompe en el césped. Se rompe en el paso lógico: entrar en un club. “La cuestión del club se planteó. Pero era aceptar la idea de las duchas colectivas y eso, para mí, era impensable. Imposible. Lo que yo escondía iba a convertirse en visible”. Ese miedo no nace de la nada. Niakaté cuenta cómo una frase le perforó de niño: “‘Con tu pene muy pequeño’, se rió mi hermana. Cuando dijo eso, su frase me atravesó. Me asesina. Me digo que no soy normal, que mi cuerpo no es bonito y que voy a tener que esconderlo”.

Un problema del que muy pocos hablan

Más tarde llega la escena que lo remata. Un amigo le pide compararse “por risa”. Niakaté cede: “Bajo el slip. Mira, aguanta la risa y luego explota: ‘Tienes una pene muy pequeño, es una locura’”. Él lo describe sin adornos: “Estoy muerto por dentro”. Y ahí toma la decisión definitiva: “He decidido no jugar nunca al fútbol en club. Nunca, nunca”.

El caso pone nombre a algo que muchos arrastran sin decirlo: “Me di cuenta de que tocaba a muchísimos hombres. Se llama ‘síndrome del vestuario’”. Para él no era solo pudor: era una alarma constante en la cabeza, una idea fija: “Qué vergüenza tener este cuerpo”. Cuenta incluso que en el colegio sacaba notazas en deporte, pero con la piscina se borraba: “Cuando había piscina, tenía cero. No iba nunca… Un bañador iba a marcar mi entrepierna”.

La frase que más duele es la que retrata la guerra interior: “Soy consciente de que el tamaño del sexo tomó una importancia irracional en mi vida… pero a escala de mi vida, es mi guerra interior”. Y esa guerra lo invade todo: “Tengo la sensación de haber sido castigado por la lotería genética, de faltar a mi obligación de hombre”. Niakaté habla de una masculinidad inventada que aprieta todavía más: “Probablemente, siendo negro, me dije que mi normalidad debía ser el exceso… no podía estar solo en la norma”.