Nunca habíamos tenido tanto conocimiento disponible y tan fácilmente accesible. Una pregunta que hace pocos años exigía buscar libros, consultar especialistas o dedicar horas a reunir información, hoy puede encontrar una respuesta en segundos.
La inteligencia artificial está acelerando este cambio a una velocidad difícil de dimensionar. Puede resumir documentos, traducir idiomas, resolver problemas, escribir textos y códigos, comparar información y elaborar respuestas cada vez más sofisticadas.
Es comprensible, entonces, que buena parte de la conversación educativa se haya concentrado en cómo incorporar estas herramientas, qué riesgos tienen o qué debemos permitir y prohibir en las aulas. Son preguntas necesarias. Pero me parece que hay otra, anterior y bastante más profunda:
¿Qué significa educar cuando las máquinas también saben responder?
La pregunta puede resultar provocadora. Por cierto, las máquinas no saben como sabemos las personas.
Pero hoy realizan muchas de las tareas que durante largo tiempo asociamos con el conocimiento y que, de una u otra manera, nuestras instituciones educativas también enseñaban y evaluaban.
Esto no significa que saber haya dejado de importar. Al contrario.
Necesitamos conocimientos para comprender una respuesta, para distinguir lo verdadero de lo falso, para reconocer un argumento débil, para relacionar hechos y, sobre todo, para formular buenas preguntas.
Difícilmente puede pensar críticamente quien carece de conocimientos sobre aquello que intenta comprender.
Lo que está cambiando es otra cosa.
Durante mucho tiempo una parte importante de la educación consistió en entregar información que el estudiante debía aprender, organizar y luego reproducir o aplicar. Hoy buena parte de esa información está disponible de manera casi instantánea.
Por eso, junto con seguir preguntándonos qué necesita saber una persona, tendremos que preguntarnos con mucha mayor fuerza qué es capaz de hacer con aquello que sabe.
Aprender a preguntar.
Quizás una de las capacidades más importantes en este nuevo escenario sea también una de las más antiguas: saber preguntar.
Una máquina puede generar cientos de respuestas. Pero alguien debe decidir qué vale la pena preguntar, por qué esa pregunta importa y qué hacer después con la respuesta.
Preguntar bien requiere curiosidad, pero también conocimiento. Requiere ser capaz de reconocer que algo no comprendemos, relacionar hechos que parecían separados y, muchas veces, poner en duda aquello que dábamos por evidente.
La educación ha dedicado mucho tiempo a enseñar respuestas. Tal vez necesitemos recuperar con más fuerza el valor educativo de las preguntas.
Porque aprender no consiste solamente en incorporar algo que antes no sabíamos.
Muchas veces aprendemos cuando somos capaces de mirar de otra manera aquello que siempre estuvo frente a nosotros.
Somos bastante más que nuestra capacidad de procesar información
La irrupción de la inteligencia artificial puede ayudarnos también a recordar algo elemental: las personas no somos solamente seres que procesan información.
Pensamos, por supuesto. Pero también sentimos, interpretamos, construimos relaciones, acumulamos experiencias, nos equivocamos, cambiamos de opinión, buscamos sentido y tomamos decisiones cuyas consecuencias afectan a otros.
Todo ello forma parte del aprendizaje.
Por eso nunca me ha parecido suficiente una concepción de educación concentrada exclusivamente en la dimensión cognitiva. No se trata de disminuir el valor del conocimiento ni de sustituir razón por emoción.
Se trata justamente de lo contrario: comprender que las personas aprendemos integralmente y que dimensiones que muchasveces hemos separado artificialmente conviven en cada experiencia humana.
Una persona puede poseer mucha información y, sin embargo, tener enormes dificultades para escuchar a otro, colaborar, comprender una perspectiva diferente o hacerse responsable de las consecuencias de sus decisiones.
Y esas capacidades también se educan.
Aprender con otros.
Hay aquí una paradoja interesante.
Mientras más tareas individuales puedan realizar las tecnologías, más relevantes pueden llegar a ser aquellas capacidades que necesitamos para construir con otros.
Los principales desafíos que enfrentamos como sociedad son demasiado complejos para una sola mirada. La transformación tecnológica, el envejecimiento de la población, la productividad, el medioambiente, la desigualdad o nuestra propia convivencia democrática requieren conocimientos diferentes y personas capaces de ponerlos en relación.
Necesitamos aprender a escuchar perspectivas distintas, disentir sin convertir al otro en adversario, reconocer aquello que otro sabe y nosotros ignoramos, construir confianza y colaborar.
La diversidad, desde esta perspectiva, deja de ser solamente una realidad que debemos aprender a tolerar.
Puede convertirse en una fuente extraordinaria de aprendizaje.
El otro diferente puede mostrarnos algo que nosotros no éramos capaces de ver.
Más tecnología exige también más responsabilidad.
Existe otro aspecto que me preocupa especialmente.
Una herramienta capaz de ampliar enormemente nuestras capacidades puede también multiplicar nuestros errores y sus consecuencias.
Podremos producir más información, automatizar procesos y tomar decisiones con una rapidez hasta ahora desconocida. Pero seguirá existiendo una pregunta que ninguna tecnología puede responder por nosotros:
¿Qué debemos hacer?
Podrá mostrarnos alternativas, anticipar escenarios y entregarnos antecedentes. La responsabilidad por nuestras decisiones seguirá siendo humana.
¿A quién beneficia una determinada decisión? ¿A quién perjudica? ¿Qué estamos dispuestos a delegar?
¿Qué límites queremos establecer? ¿Quién responde cuando algo sale mal?
Mientras más poderosas sean nuestras herramientas, más necesario será desarrollar discernimiento, criterio y responsabilidad.
Y eso también es educación.
¿Qué entendemos hoy por inteligencia?
Durante generaciones, nuestros sistemas educativos valoraron algunas capacidades por sobre otras: recordar, calcular, responder rápidamente, dominar determinados lenguajes, resolver ciertos tipos de problemas.
Muchas seguirán siendo indispensables. Pero resulta interesante que varias de ellas sean precisamente aquellas en las que las máquinas están avanzando con mayor rapidez.
Quizás esta transformación nos obligue a ampliar nuestra propia comprensión de la inteligencia humana.
Comprender a otro también requiere inteligencia.
Relacionar conocimientos provenientes de mundos distintos, igualmente.
Reconocer un error, cambiar de perspectiva, perseverar frente a una dificultad, imaginar algo que todavía no existe, colaborar con quien piensa diferente o formular una preguntaque nadie había formulado son capacidades profundamente humanas.
No veo razón para contraponerlas al conocimiento. Necesitamos integrarlas.
Seguir aprendiendo
No sabemos qué conocimientos específicos necesitará dentro de veinte años una niña o un niño que hoy comienza la escuela. Muchos probablemente todavía no existen.
Tampoco sabemos cuántas veces una persona deberá cambiar de trabajo, actualizar sus conocimientos o incluso aprender una profesión diferente durante su vida.
Sí sabemos algo: tendrá que seguir aprendiendo.
Por eso, quizás una de las responsabilidades centrales de la educación sea desarrollar precisamente esa capacidad.
Aprender a aprender no es una técnica. Supone curiosidad, autonomía, capacidad de observar, disposición a revisar nuestras certezas, perseverancia frente al error y también cierta humildad para reconocer que lo que sabemos hoy puede resultar insuficiente mañana.
La inteligencia artificial no disminuye, entonces, la importancia de la educación.
Puede hacer exactamente lo contrario: obligarnos a preguntarnos nuevamente para qué educamos.
Si las máquinas pueden entregarnos cada vez mejores respuestas, nuestra tarea no puede consistir en competir con ellas intentando responder más rápido.
Necesitamos formar personas capaces de preguntar mejor, comprender con mayor profundidad, aprender de otros, discernir responsablemente y seguir aprendiendo frente a aquello que todavía desconocen.
La tecnología seguirá avanzando. Y debemos aprender a utilizarla, sin temor y con inteligencia.
Pero disponer de herramientas cada vez más poderosas no nos hará, por sí solo, mejores seres humanos.
Aprender a utilizarlas con conocimiento, criterio, responsabilidad y sentido es, probablemente, uno de los grandes desafíos educativos de nuestro tiempo.
