El destacado sociólogo e historiador chileno Felipe Portales nos recuerda aquella frase de Eduardo Matte – político derechista y uno de los padres fundadores del “clan Matte, uno de los más influyentes de la política chilena – aparecida en el Diario El Pueblo de Valparaíso en marzo de 1892, que revela la convicción de la oligarquía criolla: “Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo, lo demás es masa influenciable y vendible; ella no pesa ni como opinión ni como prestigio”.
Esta frase revela convicción y al mismo tiempo es una inspiración para las siguientes generaciones de los partidos y grupos de derecha, que tienen una “conciencia de clase” superior a cualquier otra y jamás creen equivocarse al tomar sus decisiones sobre lo que debe hacerse cuando el país, mediante las elecciones, decide rumbos distintos y puede afectar – o afecta directamente –sus intereses fundamentales y sus alianzas con los poderosos del “mundo occidental”.
Cuando José Antonio Kast ganó la elección presidencial en el balotaje, con casi un 60% de los votos, hubo quienes creyeron que ese porcentaje apoyaba el programa del candidato de la ultraderecha. No captaron que lo que estaba sucediendo era el rechazo al gobierno de Boric y a su continuidad encabezada por una militante comunista.
El anticomunismo de muchos sectores, el rechazo a un gobierno que cometió errores importantes, el temor generado por la propaganda cuando se hablaba de la inseguridad, de la emergencia, de los fracasos gubernamentales, de la crisis total que tenía a un “país en el suelo”, fueron “ingredientes” que arrastraron a muchos votantes. Agrego que la candidata de la izquierda fue muy débil en su desempeño y carecía de la claridad conceptual que se requiere para ser presidente de Chile.
Los porcentajes
Recordemos que Kast obtuvo en la primera vuelta electoral sólo un 24% de los votos, quedando segundo tras Jara que obtuvo un 27%.
Para alcanzar el porcentaje final del candidato ganador, hay que considerar dos cosas:
1) Que los votos no considerados válidos superaron el millón, por lo cual la cifra real obtenida por Kast es del 54% de los votantes; hago esta salvedad, puesto que hubo gente que llamó a anular el voto o votar en blanco, simplemente porque ninguna de las opciones les satisfacía suficientemente.
2) Que los 30 puntos reales más que obtuvo Kast en el balotaje provinieron de los que votaron por los otros candidatos y que elegían “el mal menor”, es decir, un candidato cuyo programa no compartían, pero que lo votaban para evitar que la candidata Jeannette Jara pudiera triunfar.
Esto es importante de considerar, pues cuando algunos dicen que el 58% (54% real) eligió el programa que Kast proponía, se sustentan en una afirmación no verdadera. Por eso, no sorprende la baja en las encuestas, que lo ubica en un alto porcentaje de rechazo y una aprobación que, según la encuesta, está entre el 33 y 43 %. Altos y bajos que nos muestran un país bastante más polarizado de lo que se nos ha querido contar en el relato triunfalista de Kast. Técnicamente estaríamos frente a una diferencia mucho menor entre los que votaron por él y los que no votaron por él.
Supongamos que mantiene esos porcentajes de aprobación en los tiempos venideros: estará en el rango tradicional de la derecha en Chile, que, fuera de las estrechas victorias de Piñera (logradas sobre una alta abstención), ha seguido regularmente la tendencia que marcó Pinochet en 1988. Sin ir más allá, la suma de Bücchi y Errázuriz en 1989 daba casi exactamente el mismo resultado.
Y eso es Kast: un representante de una derecha que se expresó fervientemente con el candidato oficialista en 1989 y que recibe apoyos circunstanciales de otros derechistas. Nombra entre sus ministros a dos destacadísimos pinochetistas, aún más que el propio Presidente. Entonces, sin sorprenderse, hay que asumir estas encuestas como un reflejo de la realidad de un país polarizado que tiene un sector intermedio que se va inclinando por uno y otro, básicamente por su decepción profunda de lo que ha sucedido en la política chilena.
El proyecto político
Chile tiene una democracia a medias, fundada en una norma constitucional impuesta por la dictadura, junto a un proyecto económico y cultural que ha ido llevando al país por un camino impensado para una democracia de verdad. Es un texto inmovilizador que deja pocos espacios – pese a sus reformas – para avanzar en acciones de profundización de la participación de los ciudadanos.
Al producirse el golpe de Estado una de las primeras medidas que tomó el equipo gobernante fue nombrar una comisión para el “estudio de una nueva Constitución Política”, convocando a ella a varios destacados académicos y a políticos. Los había partidarios del nuevo régimen y también algunos que veían esta intervención militar como una interrupción de la institucionalidad para proceder luego a nuevas elecciones.
Algo parecido a lo que Patricio Aylwin y la directiva de la DC que él encabezaba denominaron “independencia crítica y activa”, frase que nunca se entendió y ni siquiera se intentó explicar. En el fondo era una cierta tolerancia con la naciente dictadura, en la esperanza ingenua de que todo pronto volvería al cauce democrático. En esa línea, Aylwin autorizó a militantes a tomar cargos en el gobierno de facto, entre ellos un Ministro de Estado y algunos otros funcionarios de niveles importantes. Algunos de ellos, al saber de la violaciones de los derechos humanos, renunciaron a sus cargos y otros, sin importarle ello, siguieron sirviendo a la dictadura, sin perjuicio de que algunos pocos dejaron la militancia.
La ingenuidad era total: una intervención militar que sólo quiere poner fin a un gobierno para luego llamar a elecciones toma otro tipo de medidas y en ningún caso se plantea hacer una nueva institucionalidad política, pues para eso se requiere tiempo y una idea detrás. Además hay que recordar que cuando los integrantes de la Junta de Gobierno anunciaron que la presidiría Pinochet, comunicaron que habría rotación para esa función. Esa sola frase ya bastaba para saber que no había intenciones de irse sin cumplir con el plan que tenían los inspiradores y los gestores del golpe de Estado. Lo que nació no fue un “gobierno militar”, sino un proyecto político, social y económico destinado a reponer a los sectores más derechistas en el poder institucional. Por eso algunos hablan de la “dictadura cívico-militar”.
El lenguaje tiende a mantenerse
Al asumir las autoridades después del golpe, se notó rápidamente que había dos orientaciones distintas, encabezadas por los lideres que en 1970 fundaron Patria y Libertad: Jaime Guzmán Errázuriz y Pablo Rodríguez Grez.
El primero, formado al alero de Osvaldo Lira, sacerdote seguidor de Franco y Primo de Rivera, con una mirada cercana al nazismo alemán (que apoyó fervientemente a Franco en la guerra civil) y al fascismo italiano. Hombre de derecha, católico, líder de generaciones de estudiantes de la Universidad Católica ligados a la Derecha y que dieron finalmente nacimiento a la UDI como un movimiento político, que combina el pensamiento más conservador en ciertos temas (Familia, matrimonio, aborto, homosexualidad, control de natalidad) con el neoliberalismo económico, inspirado en Friedrich Hayek y Milton Friedman, que en su esencia difiere del catolicismo en cuanto releva el materialismo y considera a la persona más como un consumidor que una persona integral.
Rodríguez, por su parte, fue un nacionalista típico, militarista, partidario del férreo control del Estado, mucho más cercano al nacional socialismo alemán. Promovía la formación de jóvenes bajo una severa disciplina, sin más límites éticos que el logro de los objetivos. Cuando estaba por asumir Allende, militantes de Patria y Libertad (el nombre del movimiento es muy decidor) realizaron actos terroristas en bienes públicos y participaron activamente en la acción que culminó con el asesinato del General René Schneider, comandante en jefe del Ejército.
El Partido Nacional – una combinación de nacionalistas, conservadores, liberales, representantes de sectores empresariales – fue disuelto al iniciarse la dictadura como todos los partidos políticos y sus militantes se convirtieron en entusiastas partidarios del gobierno. En la justificación del golpe, donde se juntaban el hibrido Partido Nacional, Patria y Libertad y el Movimiento Gremial de los estudiantes de la Universidad Católica, usaban las expresiones que la derecha política y sus sustentos económicos, han hecho suyas desde los albores de la República.
El lenguaje de la derecha, con el objetivo de instalar gobiernos de tipo autoritario que beneficien los intereses del segmento más rico del país, es siempre considerar que los demás, a la larga o a la corta, conducen al desorden, la inseguridad, la crisis, poniendo a “la Patria en peligro”. La crisis y la falta de crecimiento económico; la inseguridad por los delitos que afectan a las personas (no incluyen los delitos económicos); el desorden del país por la agitación de grupos, sindicatos, movimientos sociales; las erradas medidas que toman los gobiernos, a quienes califican de fracasados, ocasionando perjuicios para el país; el deterioro de los valores tradicionales de la nación; la afectación de los símbolos patrios; el descuido con “nuestros carabineros “ y “nuestras fuerzas armadas”, a quienes se ataca con virulencia dejando en evidencia la falta de patriotismo; son los principales argumentos a los que acostumbra la derecha en sus discursos.
Una mirada histórica
En Chile, desde el fin de los primeros esfuerzos de institucionalización por la acción armada de los conservadores, encabezada por Prieto y Portales para instalar una Constitución que garantizara el poder a la minorías, con el respaldo de las armas y del poder económico, todo eso estaba apoyado por una enorme represión política a los discrepantes.
La combinación de poder económico, poder político, militarismo, nacionalismo, se respalda en una cuestión poderosa: la convicción de esos poderosos de ser dueños de la verdad y los únicos capaces de manejar los asuntos del país.
Esa combinación – a la que se añade el modelo estadounidense y el neoliberalismo con sus valores – ha hecho de Chile un país extremadamente nacionalista (“patriotero” se puede decir peyorativamente) con un culto particular por las instituciones armadas y las figuras militares, legalista, materialista, autoritario y en el cual más de una vez en su historia se han privilegiado los aspectos formales del orden por sobre la libertad de las personas. Se ha privilegiado el individualismo por sobre los aspectos sociales, comunitarios e incluso personales (entendiendo a la “persona” en el sentido de Mounier o Rogers, que la definen como un ser integrado en el mundo y que su desarrollo integral se da en la relación consciente con los otros).
Para ellos, tener visiones críticas sobre las guerras que Chile ha sostenido, criticar a los militares y no estar de acuerdo con la profusión de monumentos a tanto general, es ser antipatriota.
La guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, a partir de 1836, fue una maniobra política de Portales para consolidar el poder conservador en torno a la figura presidencial, oscurecida por el propio Ministro, inventando un riesgo para Chile en la unión de Perú y Bolivia encabezada por Santa Cruz. En realidad lo que temía Portales era que Ramón Freire y Bernardo O’Higgins, exiliados en Perú, pudieran realizar maniobras para derrocar el gobierno de Prieto.
Desde entonces Chile fue gobernado por un sector de la sociedad que se autodefinió como “aristocracia”, cuando en verdad lo que hizo fue constituir una oligarquía que manejó la sociedad por más de 100 años casi sin contrapesos. Las familias poderosas al momento de la independencia lograron asegurar el poder en sus manos casi sin contrapeso efectivo posible, permitiendo que transcurrieran 40 años en los que si bien hubo grandes avances en materia de infraestructura y consolidación de un cierto grado de desarrollo económico, eso no revirtió sobre la sociedad toda, sino que generó una “clase alta” que no quería soltar el poder.
La guerra de 1979 se originó en la decisión de proteger a los empresarios chilenos que estaban en territorios bolivianos y con ese argumento se invadió Antofagasta y Chile terminó apoderándose de los vastos territorios que constituyen lo que hoy se llama “el norte grande”, tierras de mineros: salitre, cobre y litio (hoy). Sin embargo no se puede desconocer que esos intereses “de clase” estaban estrechamente vinculados a los de las empresas inglesas y estadounidenses en la minería.
Sin dudar en aplicar la represión
La oligarquía gobernó con mano dura. El grupo dominante se repartía los gobiernos, los cargos públicos y los beneficios económicos entre parientes cercanos. La aparición de discursos más proclives a la integración social de los sectores postergados y la posibilidad de conseguir avances en materias de políticas económicas que beneficiaran a las mayorías, fue reprimida con violencia, alzamientos miliares y culminó con una guerra civil.
Después de esta guerra, que terminó con el derrocamiento del Presidente Balmaceda, la combinación de acumulación de riqueza en pocas manos y el empobrecimiento de los sectores populares, marcó más de 30 años de la vida nacional, en un período opaco, donde la mediocridad de los gobernantes quedó de manifiesto en la despreocupación de todo lo que no fuera la protección de los intereses de los suyos.
Aunque en 1920 triunfa Arturo Alessandri con un discurso más social que oligárquico, a poco andar comienza a aplicar las mismas medidas de otros gobiernos, dejando en evidencia, tal como lo hará en su segundo mandato presidencial, que para él las elecciones se ganan con el discurso y los votos de izquierda, pero se gobierna con la derecha. No hubo, en ninguno de sus dos gobiernos, ninguna manifestación de políticas sociales reales y, por otro lado, la represión militar sobre los sindicatos y los sectores postergados (campesinos, obreros industriales y trabajadores de la construcción) fue feroz.
Atrincherada la oligarquía, con su brazo político que va uniendo a conservadores y liberales en una tendencia que se irá consolidando de a poco, recibe con beneplácito la cercanía con los Estados Unidos, país que ya había iniciado una ofensiva en el continente para establecer sin vacilaciones su predominio. Los triunfos radicales, el primero de los cuales tenía un discurso izquierdista (el Frente Popular), cae en el mismo juego y tanto Aguirre, como Ríos y González terminan en un cuadro político similar a todo lo anterior, con una circunstancia más grave: cediendo a las presiones de Estados Unidos, se apoya a ese país en la guerra, se cede en condiciones económicas lesivas para el país pero beneficiosa para las clases dominantes y, finalmente, se aprueba una ley para declarar ilegal el Partido Comunista y perseguir y encarcelar a sus militantes.
Cuando gobernó Ibáñez en su primer período aplicó una política que habría contentado a Pablo Rodríguez: un gobierno nacionalista con ciertos toques sociales, fortaleciendo el poder del Estado, creando la policía uniformada como si fuese un ejército. Se enfrenta a la derecha conservadora, obliga a abandonar el país a sus cuadros directivos más destacados y termina con la agitación social provocada por esa oligarquía resentida que lo lleva a renunciar a su cargo e irse al extranjero.
La derecha prepara el regreso
Ibáñez volverá al poder derrotando ampliamente a la derecha, unidos esta vez conservadores y liberales que siguen a su candidato Arturo Matte. Apoyado por socialistas, por agrario laboristas y otros partidos pequeños, todos los que proponían políticas de cierta avanzada social, no pueden gobernar tranquilamente por la férrea y obstaculizadora oposición de la derecha, que regresará en 1954 a hacerse cargo de la política económica y social de un gobierno que había perdido su norte. En Hacienda Jorge Prat Echaurren, nacionalista de derecha y junto a él llega de Estados Unidos la misión Klein Saks, cuyo objetivo es “estabilizar la economía chilena”. El plan será el de siempre: reducir el déficit fiscal, limitar el crédito bancario, eliminar reajustes automáticos de sueldos y liberalizar el comercio. Ibáñez, con su corazón hacia la izquierda, se rinde ante la oligarquía.
Queriendo ser menos autoritario que en el primer período, culmina con un gobierno debilitado que será seguido por el triunfo derechista (con poco más de un tercio de los votos).
Jorge Alessandri (1958-1964) asume en medio de peleas al interior de la derecha por los cargos. Liberales y conservadores generan tal presión que durante 3 años los intendentes y gobernadores tienen todos el carácter de interinos. El “gobierno de los gerentes” como se le llamó abre espacios al empresariado y a los políticos de la derecha que asumen abiertamente y desde el primer momento las políticas oligárquicas sin sutilezas ni retocados.
La decadencia y el nuevo plan
La mayor decadencia de la derecha se produce cuando, ante el eventual triunfo de la izquierda, se sienten obligados a apoyar a Eduardo Frei Montalva. Igual intentan penetrar en el PDC para reorientarlo, cosa que no consiguen, pero si influyen mucho en la campaña por la directa y evidente intervención de Estados Unidos con dinero y con el diseño de una campaña anticomunista muy potente.
Esa caída electoral, posterior al triunfo de Eduardo Frei, había sido anticipada por ciertos dirigentes de la derecha, entre los que destacaba un hombre visionario y muy organizado: Julio Chaná Cariola. Ellos se dan cuenta que con el triunfo de la Democracia Cristiana y su proyecto de Revolución en Libertad, podrían abrirse las puertas para la izquierda. Para intentar evitar eso, hay dos opciones. La primera será levantar de nuevo a Jorge Alessandri, diciendo “que los países cuando decaen llaman a sus grandes viejos”. La segunda es prepararse para evitar que la izquierda gane y si gana derrocarla. Para ambos casos empiezan a formar sus equipos enviando a profesionales, especialmente de la economía, a estudiar a Chicago.
Derrotada la opción uno, se comienza a ejecutar la dos. Lo primero fue tratar de impedir que asumiera Allende. Se presiona a la Democracia Cristiana para que no vote por Allende en el Congreso Pleno que debe dirimir entre las dos primeras mayorías. En forma paralela se prepara y ejecuta un intento de secuestro del Comandante en Jefe del Ejército que termina en homicidio. Fracasados estos intentos comienzan a preparar las condiciones para una intervención militar, para ser ejecutada después haber hecho algunos “ensayos generales (1969, 1970 y junio de 1973).
La derecha no perdona a Frei la reforma agraria. Y en el caso de Allende ninguna de sus políticas económicas y sociales, por supuesto entre ésas las intervenciones de industrias, de empresas comerciales, las políticas de precios y la profundización de la reforma agraria.
La derecha política se ha reorganizado en el Partido Nacional, reuniendo a los tres más importantes de su sector: Acción Nacional, Conservador y Liberal. Este nuevo partido es dirigido desde el primer momento por un equipo de dirigentes nacionalistas, provenientes de los sectores más extremos del espectro político e incluso cercanos a grupos que proponían la instalación de gobiernos autoritarios para llevar a cabo planes de “recuperación de los valores de chilenidad”.
El Golpe de Estado
Producido el golpe de Estado se aplica el plan en toda su extensión: devolver el poder al empresariado, anular reformas sociales, terminar con la reforma agraria, privatizar cuanto se pueda. Todo ello en el marco de una represión criminal como nunca se había visto en Chile.
Como decía al inicio de este texto, se aplican todas las propagandas típicas del discurso derechista,se justifica el golpe y se instala una dictadura que tiende a dar al país una nueva organización política, social y ecnómica, imponiendo los valores propios de nacionalismo y del neoliberalismo.
La dictadura dura casi 17 años, culminando con la entrega del poder a un civil elegido por el pueblo, pero que queda atado a una Constitución que no podrá cambiar sin el concurso de los votos de la derecha en el Congreso. Y esos votos de la derecha son muchos, por la trampa del sistema binominal, que permitía elegir un diputado con un tercio de los votos más uno, mientras quien obtiene un voto menos que los dos tercios también elige un diputado. Además de eso Pinochet permanece en la comandancia en Jefe del Ejército y no cesa de hacer gestos de amenaza. Es lo que dijo Jaime Guzmán cuando se preparaban los textos constitucionales y legales en aquella época (y eso está en las actas de la comisión): debemos hacer un sistema para que aunque ellos ganen, nosotros controlemos las cosas.
El proyecto de retorno
Y así fue, aunque poco a poco la derecha fue cediendo espacios al darse cuenta de que no podían repuntar, preparando una ofensiva mayor a partir del discurso ya repetido de que los gobiernos que no manejan ellos hacen las cosas mal, generan inseguridad, deterioro económico, crisis. Lo de siempre: todo lo que sucede es culpa del gobierno del cual son oposición, partiendo por la delincuencia y hasta el descontento social.
Fue así que ganó Piñera, pero su primer gobierno no satisfizo las aspiraciones derechistas. Después del segundo gobierno de Bachelet, que no fue ni la sombra del primero, regresó Piñera, pero esta vez tuvo una franca oposición de Kast y sus partidarios. La derecha quebrada dejó a Piñera en un desmedro que lo llevó en algunos momentos a tener un apoyo cercano al 5% en las encuestas.
La campaña presidencial de 2021, después del llamado “estallido social” y de la pandemia, fue muy dura. El cuadro político tenía derrotados a todos los partidos tradicionales y los resultados electorales arrojaron que la derecha se fue agrupando en torno a Kast, con un discurso de añoranza del pinochetismo, mientras que en el “otro lado” aparece un candidato completamente inesperado: Gabriel Boric, que llegará segundo. Pero en el balotaje recibe los apoyos de todos los “no derechistas” y gana.
Desde el primer día se inicia el trabajo para frenar a Boric, incluso algunos pensaron en provocar alguna situación para que no terminara su período. Finalmente prima la prudencia y todo se concentra en una gran campaña comunicacional en que todo lo que haga Boric está mal, desde cómo se viste, a quien saluda, dónde viaja, los nombramientos que hace, las decisiones políticas, sus declaraciones, sus propuestas, la conducción de la economía, la inmigración ilegal, el apoyo a los inmigrantes legales, el combate a la delincuencia. Con el apoyo de gran parte de los medios de comunicación, donde no se dice lo bueno que se pudo haber hecho, sino que sólo se recalcan los errores o lo que es calificado de “malo”, Boric no repunta en las encuestas y está cada vez más solo. Cambia su discurso, aprende la realidad. Lo dice expresamente, pero pese a ello se le culpa de todo. Culpable de la delincuencia y del crimen organizado, del tráfico de drogas, de todas las manifestaciones de violencia.
Se instala el lenguaje del gobierno fracasado, del país destruido, de que todo está mal, que la economía está pésimo y la inseguridad es total.
Kast se va convirtiendo poco a poco en el polarizador de la derecha, del descontento general y de la expectativa de que él podría hacer las cosas bien. Promete grandes resultados para los primeros 90 días de gobierno y les dice a los inmigrantes ilegales que el 11 de marzo se les acaba la fiesta, que los empleados públicos (parásitos los llamó su jefe comunicacional) tienen sus días contados, que reducirá el gasto en 6 mil millones de dólares. Y gana.
El gobierno que se está iniciando
Van cuarenta días de gobierno cuando escribo estas líneas. Convencido de tener tras de sí a la mayoría del país, empieza de inmediato a tomar decisiones, creyendo que basta su voluntad para que las cosas resulten. Pero no es así y deberá, sin duda, hacer un giro.
¿Hacia dónde?
Kast es pinochetista, estuvo con la dictadura, votó por la continuidad del dictador. Es partidario de las posturas más extremas de la derecha, convencido de que ellos, si bien no son parte de la autodenominada “aristocracia tradicional”, sino de inmigrantes recién llegados después de la derrota de Alemania en la guerra, participan de la oligarquía porque han sido capaces de hacer una gran fortuna.
Es parte de los que decía Matte cuando proclama: “Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo, lo demás es masa influenciable y vendible; ella no pesa no como opinión ni como prestigio”.
Porque puedo, dicen los gobernantes
Porque puedo, dicen los gobernantes
Se sienten con todo el poder, con la riqueza personal, con el respaldo electoral suficiente, como para llevar adelante sus planes: neoliberalismo, reducción del Estado, freno a ciertas políticas sociales, disminuir los recursos destinados a la protección del medio ambiente y al desarrollo de la cultura y el arte. Paraliza las obras del GAM al mismo tiempo que desecha los mecanismos para paliar el alza del precio del petróleo. Anuncia que el país está quebrado y hay que ser austero, mientras se sube a 9 millones el sueldo de sus asesores, que desde luego son más que en épocas anteriores. No tiene problemas en despedir a personas contratadas por la Alta Dirección Pública, aunque tenga que pagarles enormes sumas de dinero, con tal de poner personas de su confianza.
Se calla, se miente, se acomoda la verdad. Las medidas están todas orientadas a favorecer a los “dueños de Chile”. Si sube la bencina, esto no importa a los que tienen dinero para pagarla. Los otros usarán movilización colectiva. No se intentará rebajar las contribuciones de los adultos mayores, sino de todas la primeras viviendas, con lo cual serán beneficiados todos los propietarios de La Dehesa, Vitacura, Las Condes y La Reina, donde se reúnen los más ricos que no tendrían problemas para seguir pagando. Se bajan los presupuestos de los ministerios en un 3%, mientras se quiere reducir el impuesto a las empresas sin mediar compensaciones de ninguna naturaleza.
Alguien ha dicho que Kast se está equivocando. No es así: ése el plan. Así como hace 50 años se inventó el magnífico negocio, para los que tenían dinero, de las AFP, no importó que eso condujera a la pobreza a sectores medios y dejara en la indefensión a la mayoría de los chilenos. Probablemente no terminará con el Auge, pero su promesa de reducir las listas de espera – de las que culpa a Boric – no se hará realidad (salvo como lo hizo Piñera incorporando a los muertos) y quedará tan disminuida como la de seguridad.
Sus ministros faltan a la verdad y dicen en sus discursos frases que mantienen en vilo a muchos, pues parece increíble que la imprecisión, la improvisación y la ignorancia estén en tantos lugares de decisión.
Cuando la ministra del Deporte dice que la prioridad del Ministerio es dotar de “ropa linda a los deportistas”, fuera de recordar el intento de uniformar que se aplicó durante el nazismo, pone de relieve la real preocupación de la autoridad.
Es más importante ordenar a su gusto, uniformar, proteger a los suyos, que hacerse cargo de las grandes demandas del país.
Si ellos pudieran ahora, limitar los derechos garantizados o reconocidos en la Constitución, probablemente lo harían. Kast, a diferencia de sus amigos en el mundo internacional, no podrá perpetuarse en el gobierno, pero su control sobre los medios de comunicación puede permitirle aplicar por la fuerza de los hechos sus políticas.
Hora de decisiones
Kast no se equivoca cuando toma decisiones. Aplica lo que él sabe hacer, lo que le interesa a la oligarquía y mantendrá las políticas sociales suficientes para que no aumente la extrema pobreza, sin importarle lo que pase con las clases medias.
Cuando sólo interesa la macroeconomía y se olvida de las personas, entonces sólo podrá afianzarse con medidas de fuerza. La voluntad de seguir adelante. Y si no le aprueban las leyes, usará su potestad reglamentaria. Y si la Contraloría lo objeta, tal vez haga como Pinochet y nombre otro Contralor.
Porque así es la cosa. Se hace todo lo que se puede, simplemente porque puede.
¿Aprenderá como Boric a escuchar a los que piensan distinto?
Probablemente no, porque le interesa reponer lo que hizo Pinochet, aunque por ahora, por ahora digo, no tenga el apoyo de organismos como la DINA.
Se podrá seguir mintiendo, acomodando los relatos, pero más temprano que tarde deberá alguien ponerle freno. Por eso hay que estar claro en que esto es un plan de largo plazo para consolidar con mayor fuerza el poder oligárquico, de los que se sienten dueños de Chile, que creen que todo lo saben y que todo lo hacen bien. Si sus intereses son satisfechos, todo estará bien para ellos.
Es la hora de tomar decisiones por parte de los que no son de ese grupo que tiene el poder casi total hoy día. No se trata de salir a la calle a crear vandalismo, se trata de organizarse para luchar por las cosas importantes. Y de ese modo, con organización, comienza a construirse una democracia verdadera, para poner fin, desde la realidad, al modelo en el que estamos viviendo.
El pueblo de Chile merece algo más que un líder que quiere hacernos creer que por vivir en el palacio, como los reyes, es él quien puede arreglar y decidir sobre todo.
