Oh I'm just counting

Por qué la compra argentina de F-16 no altera el equlibrio aéreo ni debe generar inquietud en Chile. Por Ricardo Rincón González, Abogado, ex Asesor MINDEF.

Cada cierto tiempo, la incorporación de un sistema de armas en la región reabre temores, suspicacias y lecturas apresuradas. La reciente adquisición de F-16 por parte de Argentina no ha sido la excepción. Algunos medios y analistas han insinuado un eventual “empate” o incluso un riesgo estratégico para Chile, reforzando la narrativa con un elemento adicional: la participación de oficiales en retiro de la FACH como asesores en el proceso.

Esa lectura a nuestro juicio es incorrecta, técnicamente débil y estratégicamente equivocada.

La tesis adecuada de sostener es otra muy distinta: Chile mantiene una ventaja cualitativa estructural en capacidades aéreas, mientras que la operación argentina debe entenderse como una incorporación gradual, condicionada y políticamente administrada por Estados Unidos, que lejos de tensionar el equilibrio regional, lo estabiliza.

El error de origen: confundir plataforma con capacidad

El F-16 no es una “caja cerrada” ni un bien homogéneo. Dos países pueden operar el mismo avión y, sin embargo, encontrarse en niveles radicalmente distintos de poder aéreo. La diferencia no está en la célula, sino en cinco capas decisivas:

Armamento BVR (más allá del alcance visual)
Guerra electrónica (EW)
Combate en red y enlaces de datos
Software de misión y bibliotecas de amenazas
Experiencia operacional e integración doctrinaria

En estas cinco capas, Chile sigue claramente por delante.

Chile opera F-16 desde hace más de quince años, con armamento aire-aire BVR plenamente operativo (AMRAAM), enlaces de datos integrados (Link-16), sistemas de guerra electrónica con mayor profundidad funcional y, sobre todo, una doctrina probada en ejercicios combinados de alta exigencia. No se trata solo de “tener” equipos, sino de tenerlos habilitados, entrenados, integrados y sostenidos en el tiempo.

Argentina, en cambio, recién reinicia su curva de aprendizaje supersónica tras años de vacío. Sus F-16 MLU representan un salto relevante —sin duda—, pero no equivalen a una capacidad de combate aéreo integral comparable a la chilena.

La clave geopolítica: una liberación por etapas

No es que Estados Unidos “castigue” a Argentina ni que exista una lógica ideológica automática. Lo que existe es algo más sofisticado: una estrategia de habilitación progresiva de capacidades, propia del sistema de exportaciones militares estadounidense.

Washington no vende poder aéreo pleno de una sola vez. Licencia capacidades, las escala, las condiciona y las evalúa en el tiempo. Esto es estándar bajo ITAR/FMS y responde a criterios estratégicos, no emocionales.

La vía utilizada —aviones daneses con autorización y soporte estadounidense— es ilustrativa:

reintegra a Argentina al ecosistema occidental,
la somete a estándares OTAN de entrenamiento y resguardo,
y deja abiertas (o cerradas) futuras mejoras según comportamiento, continuidad y alineamiento estratégico.

En ese marco, la ausencia inicial de capacidades más sensibles (pleno BVR, EW avanzada, autonomía en software) no es una anomalía, sino la regla.

Chile, en cambio, ya recorrió ese camino y lo consolidó. Por eso su ventaja no es coyuntural, sino estructural.

¿Y los ex oficiales FACH? Un falso problema

La participación de oficiales en retiro de la FACH como asesores técnicos no solo no debilita la posición chilena, sino que confirma algo distinto: la profesionalización regional y la separación entre conocimiento técnico y decisión estratégica soberana.
Los oficiales retirados no transfieren sistemas, ni claves, ni autorizaciones, ni doctrinas clasificadas. Aportan experiencia general de operación de plataforma, algo común en mercados altamente regulados y observado en múltiples países aliados.

Pretender que ello “nivela” capacidades o compromete la seguridad chilena es desconocer cómo funciona realmente el poder aéreo moderno.

Tranquilidad estratégica: Chile no pierde, EE. UU. gana estabilidad

Lejos de constituir una amenaza, la incorporación controlada del F-16 por Argentina reduce incentivos a soluciones improvisadas, ancla a ese país en el sistema occidental y fortalece la estabilidad regional.

Estados Unidos no busca un hegemonía única en Sudamérica, sino aliados funcionales, redundantes y previsibles.

Chile sigue siendo —con distancia— el actor aéreo más integrado, más experimentado y mejor habilitado del Cono Sur. Argentina inicia un proceso. Son planos distintos.

En suma, no hay motivo técnico ni estratégico para inquietud en Chile, toda vez que no hay paridad aérea, no hay carrera armamentista y no hay pérdida de ventaja.

Hay, sí, dos F-16 que no significan lo mismo, dos trayectorias distintas y una estrategia estadounidense que administra capacidades con cuidado. Chile ya está en la etapa madura de ese sistema. Argentina recién comienza.

Y en defensa, como en derecho, no importa solo el título: importa el contenido, el alcance y las condiciones de ejercicio.