Nota: Este es un artículo escrito por el exministro y exvicepresidente de la República, Enrique Krauss y su nieto José Tomás Donoso Krauss, hijo de la también exministra Alejandra Krauss. Es producto de conversaciones sostenidas por dos generaciones distintas pero idénticas en valores sin perjuicio de variables en las circunstancias.
El cristianismo es en su raíz más profunda una transformación frontal y directa de las bases de la humanidad, una verdadera transformación que sigue interpelando nuestro presente.
Jesús no vino simplemente a transmitir un conjunto de normas morales ni a acomodarlas a las estructuras de su tiempo. Vino a subvertirlas desde dentro. Su mensaje, sus gestos y sus opciones proyectadas hacia el infinito cuestionaron de manera drástica las jerarquías sociales, religiosas y políticas vigentes, proponiendo una forma distinta de comprender el poder, la justicia y la dignidad humanas.
Por eso sigue siendo vigente hoy como lo fue hace dos mil años.
Jesús nos indica un camino distinto para vivir como hermanos, para ejercer armónicamente el poder, y para mirarnos como sociedad y como individuos ofreciéndonos diferentes claves para seguir su camino y enseñarnos que el centro no deben ocuparlo los privilegios ni el éxito, sino la dignidad de cada persona.
Siempre existe la posibilidad de corregir el rumbo. Podemos equivocarnos, desviarnos o acomodarnos, pero contamos con una brújula que nos permite discernir y volver a orientarnos.
Este camino del que hablamos no se queda solo en principios generales. Se vuelve concreto cuando miramos que la encarnación cristiana se expresa con claridad al reconocer el perfil de las personas que Jesús eligió mirar, tocar y poner en el centro de su existencia humana. No se rodeó de fuertes ni de los influyentes, sino de ciegos, paralíticos, sordos, enfermos, pobres, mujeres, niños y niñas; personas que
en su tiempo eran invisibles, marginadas, prescindibles e, incluso, culpables de su propia situación.
A ellos no solo los sanó, sino que los miró, los escuchó, acogió y les devolvió, sobre todo, su dignidad. En esos gestos de Jesús hay una clave que traza un camino claro y que nos sigue requiriendo el día de hoy.
Una sociedad se mide por la forma en que trata a quienes han quedado al margen, y, por lo mismo,
no hay transformación real si dejamos fuera a los sectores que más sufren y son vulnerados.
A veces nos toca preparar el terruño: algunos removiendo lo que está petrificado; otros, denunciando injusticias, cuestionando estructuras que ya no dan vida y abriendo espacios. También hay quienes deben enfrentar a aquellos que, desde susprivilegios y posiciones, intentan impedir que algo nuevo pueda surgir. A otros tocará sembrar, con paciencia, sin aplausos y sin certezas inmediatas, apostando por cambios personales, culturales, educativos y sociales que requieren tiempo y perseverancia. Y habrá quienes, más adelante, cosechen frutos que no veremos hoy, pero existirán gracias al esfuerzo acumulado de muchos.
Otra clave surge cuando Jesús nos desafía a poner como modelo de conducta a quienes eran considerados enemigos o impuros. Esto resulta elocuente al elegir al buen samaritano. En una sociedad donde los samaritanos eran despreciados por los judíos de su tiempo y vistos como extranjeros, adversarios religiosos y culturales, Jesús los coloca como ejemplo de amor concreto y misericordia activa.
No son el sacerdote ni el levita quienes actúan conforme a la voluntad de Dios, sino aquel extranjero, aquel “otro” que se detiene, se conmueve y se hace cargo del herido.
Con esta parábola, Jesús desafía a romper prejuicios, a desarmar fronteras de ideologías fanáticas y a reconocer que el bien puede venir de donde menos lo esperamos, incluso de quienes consideramos adversarios o “enemigos”.
Así entendido, el mensaje integral del cristianismo no es nostalgia del pasado ni retórica vacía. Es una invitación permanente a servir y transformar, con humildad y convicción, sabiendo que nuestro aporte forma parte de una historia universal y permanente.
En la política, como en la fe, no se trata de imponer, sino de orientar; no dominar, sino servir; no perderse en el camino, sino caminar siempre atentos al rumbo que queremos y debemos seguir. Todo ello, a mayor gloria de Dios.
Las respuestas del cristianismo no caducan ni prescriben. No son perfectas ni rápidas, son profundamente humanas. Nos invitan a caminar con otros, a equivocarnos y rectificar, sin perder nunca de vista el rumbo: una sociedad más justa, más solidaria y fiel a la dignidad de todos y todas.
Se transmiten a hombres y mujeres de buena voluntad, cualquiera sea su origen, creencias, o destino, y
encuentran acogida allí donde exista la disposición y tenacidad de mejorar las condiciones compartidas del original espectáculo que llamamos vida.
Jesús espera nuestra respuesta y la tuya.
