Oh I'm just counting

Sobrevivir no es conducir. Por Eduardo Saffirio Suárez, Abogado

Seis partidos organizaron la política chilena durante tres décadas y hoy no deciden hacia dónde van los sectores del cual forman parte. La DC, el PS, el PPD y el Partido Radical, por un lado, y RN y la UDI, por otro, conservan parlamentarios, experiencia de gobierno y presencia en los territorios. Lo que perdieron es la conducción, entendida como la capacidad de fijar el rumbo de un campo político y de decidir quién lo representa.

Bajo Boric, el socialismo democrático aportó experiencia y votos legislativos a un proyecto del Frente Amplio. Bajo Kast, Chile Vamos participa en un gobierno de Republicanos. Las diferencias son grandes, pero la transformación es la misma. Partidos que antes encabezaban coaliciones colaboran ahora bajo liderazgos ajenos.

Giorgio Jackson dio forma a esa jerarquía al promover, al inicio del gobierno de Boric, un diseño de anillos concéntricos con Apruebo Dignidad en el núcleo y el socialismo democrático más lejos. Después del plebiscito de septiembre de 2022 la distancia se acortó, y la llegada de Carolina Tohá a Interior lo expresó.

Hoy el asunto reaparece en la derecha. El secretario general de Republicanos, Vicente Bruna, declaró el reciente 28 de octubre que no ve necesaria una coalición formal con Chile Vamos, aunque reconoció su colaboración con el gobierno. Colaborar y compartir la conducción son cosas distintas.

Ahí hay una paradoja. Mientras más depende un partido de sus aliados para conservar representación y acceso al gobierno, menos puede negociar desde prioridades propias. La alianza gubernativa necesita sus parlamentarios y su experiencia, pero el partido necesita todavía más a la alianza para seguir siendo relevante. Esa asimetría le cierra alternativas y lo deja sin voz firme en los proyectos comunes.

Sus votos no han desaparecido. En las elecciones subnacionales de 2024, Chile Vamos obtuvo el 28,16 % de los votos válidos en concejales y las listas vinculadas al PS, PPD, DC y PR el 21,48 %; en consejeros regionales, 26,93 % y 20,80 % respectivamente.

Son cifras de agrupaciones que incluyen independientes y otras organizaciones, así que no equivalen a la votación estricta de los seis partidos, pero muestran raíces territoriales firmes en comicios con voto obligatorio.

Influir no es conducir. Con Boric, el socialismo democrático ganó peso en seguridad, y la gestión de Tohá y los acuerdos legislativos posteriores lo muestran. Con Kast, las objeciones de RN al nuevo estado de excepción constitucional llevaron al retiro de la propuesta original y a su reemplazo por una iniciativa negociada entre senadores de distintos sectores. Chile Vamos alteró una decisión importante del Ejecutivo, y el gobierno tuvo que buscar acuerdos más amplios. Con todo, modificar una política no define la orientación general de un proyecto. Se puede cambiar una ley y seguir en segundo plano.

Tampoco coincide la capacidad negociadora de un partido con las gestiones de algunos de sus parlamentarios. El llamado «pirquineo» de la discusión tributaria de julio de 2026 lo ilustra. Senadores del PPD acordaron con el gobierno cambios al régimen de invariabilidad, pero el entendimiento fue cuestionado dentro de su propia organización y terminó desahuciado. Cualquiera sea el juicio sobre su contenido, el episodio mostró el costo de acuerdos sin una posición colectiva sólida.

Sería cómodo atribuirlo todo al ascenso de nuevos competidores. El desgaste venía de antes. Durante años estos partidos arrastraron problemas de renovación y de participación interna, y no siempre ofrecieron propuestas a la altura de los cambios económicos y sociales del país. Parte de su pérdida de influencia precede a la alteración de las relaciones de poder dentro de los bloques.

Lupu (2016) sostiene que, cuando los partidos desdibujan sus diferencias programáticas, los electores pierden la imagen que tenían de ellos y se resienten las identificaciones estables. Aplicado a este caso, los compromisos de alianza que contradicen sistemáticamente la identidad que un partido dice representar son justamente el tipo de decisión que diluye su marca.

Con el tiempo, conservar cargos pasa a ser el objetivo principal. Se aceptan compromisos que erosionan aún más la diferencia propia, y la continuidad electoral, que debería dar recursos para reconstruirse, termina prolongando el deterioro cuando la administración de la decadencia reemplaza al proyecto político.
Esto importa más allá del destino de los partidos históricos. Quien vota necesita saber qué respalda y a quién pedirle cuentas por lo que se decide. Si cuesta identificar el aporte específico de una organización, cuesta también exigirle responsabilidad. Cuando la cooperación se hace sin compromisos reconocibles, la democracia pierde calidad.

Recuperar la conducción exige reconstruir vínculos con la sociedad y capacidades programáticas y organizativas. Eso pasa por formar dirigentes y fortalecer la deliberación interna, y por negociar acuerdos que realicen objetivos propios y explicar en público las concesiones aceptadas.
Nada asegura que los seis partidos recuperen su antiguo protagonismo, y su historia no les da derecho a encabezar eventuales coaliciones. Las nuevas organizaciones pueden representar con legitimidad demandas que otros dejaron de interpretar. Su persistencia territorial indica, sin embargo, que aún tienen recursos para intentarlo. Todo dependerá de cómo los usen.

Sobrevivir no es conducir. Los partidos históricos pueden seguir siendo necesarios para gobernar y hasta decisivos en ciertas políticas. Si quieren volver a conducir, deben recuperar la capacidad de definir proyectos reconocibles y orientar las decisiones de las alianzas que ayudan a sostener.