Quien utiliza el poder para obtener ventajas inmediatas puede celebrar una victoria circunstancial.
Puede conseguir una sanción reducida, una decisión favorable o un beneficio excepcional. Pero cada una de esas acciones deja un rastro. No siempre a la vista, pero sí profunda. La sospecha comienza a reemplazar al reconocimiento y la duda ocupa el lugar del mérito.
Ese es el verdadero karma del poder: cuanto más se utiliza para imponer privilegios, menos autoridad moral conserva quien lo ejerce. La obediencia puede mantenerse por un tiempo, pero el respeto comienza a desaparecer. Y sin respeto, el poder deja de ser liderazgo para convertirse simplemente en imposición. Más allá de si la solicitud de un presidente logra o no modificar una decisión deportiva, lo verdaderamente preocupante es que esa solicitud exista.
Cuando el presidente de una nación, la más poderosa del mundo, y más aún de uno de los países organizadores del torneo, interviene públicamente para pedir que la FIFA reconsidere una sanción disciplinaria aplicada a un jugador de su selección, se rompe un principio esencial del deporte: la autonomía de sus instituciones. Cuestión, en la actualidad ya deja asombrar, pero si irrita.
Es cierto que cualquier ciudadano tiene derecho a exponer una solicitud. Un presidente no pierde ese derecho por el hecho de ejercer el cargo. Sin embargo, un jefe de Estado no habla como un ciudadano cualquiera. Cada una de sus declaraciones lleva consigo el peso de la investidura, el poder político que representa y la capacidad de influir, directa o indirectamente, en quienes reciben ese mensaje.
La FIFA ha defendido históricamente la independencia del fútbol frente a los gobiernos. De hecho, ha suspendido federaciones nacionales cuando ha considerado que existía intervención política en sus decisiones internas. Esa autonomía ha sido presentada como un principio intransable para garantizar la igualdad de todos los países y de todos los competidores.
Sin embargo, cuando la presión proviene de una de las principales potencias mundiales y, además, del país anfitrión, y ya con otros eventos deportivos asignados, la situación adquiere otra dimensión.
El problema, entonces, ya no es únicamente deportivo. Es ético e institucional. Las reglas del juego deben aplicarse con absoluta independencia de quien reclame, del tamaño del país involucrado o de la relevancia comercial de una selección. Si el poder político comienza a asomarse a las decisiones arbitrales o disciplinarias, como ya es evidente, el fútbol deja de ser un espacio de igualdad para transformarse en un escenario donde algunos poseen ventajas que otros jamás tendrán.
El Karma del privilegio
El privilegio inmerecido siempre tiene un costo colectivo. Cuando uno es favorecido sin justificación, otro deja de recibir lo que le correspondía por derecho. En ese intercambio desigual se pierde algo mucho más valioso que un resultado deportivo: se pierde la confianza. esta reflexión adquiere aún mayor relevancia cuando se suma a otras decisiones arbitrales que durante el torneo han generado controversia, como la acción protagonizada por el mejor jugador del mundo que muchos especialistas consideraron merecedora de una tarjeta roja.
Independientemente de la interpretación reglamentaria, este tipo de episodios alimenta una percepción peligrosa: que el reglamento no siempre se aplica con el mismo rigor para todos, ¿Por qué?.
Las instituciones no solo deben ser independientes. La confianza pública no depende únicamente de que las decisiones sean correctas, sino de que nadie tenga razones para sospechar que fueron condicionadas por intereses externos.
En una época marcada por la desconfianza hacia las instituciones, el fútbol, en este caso la FIFA se permitió abrir la puerta a la intervención política. Cuando un presidente intenta influir en una decisión deportiva, aunque sea mediante una simple solicitud pública, el daño trasciende un partido o una tarjeta roja. Lo que ha quedado es la pérdida de credibilidad del sistema completo.
El fútbol ha sobrevivido durante más de un siglo porque millones de personas han creído que, cuando suena el silbato inicial, cada domingo, cada torneo y cada cuatro años la mejor gesta el mundial de futbol todos compiten bajo las mismas reglas. Si esa convicción desaparece, el mayor patrimonio del futbol ya no será una copa ni un campeonato: será la confianza perdida de sus propios aficionados.
Una verdad que el poder nunca logra dominar: EL ALMA. No entendida solamente desde una perspectiva religiosa, sino como la conciencia que distingue y diferencia entre lo correcto y lo conveniente, entre el mérito y el privilegio. El poder puede influir sobre las instituciones, modificardecisiones e incluso alterar el curso de un torneo. Pero no puede silenciar la voz interior de quien sabe que obtuvo una ventaja que no le correspondía.
El Karma al final llega, siempre uno sabe que algo no fue correcto.
