Oh I'm just counting

El Encierro del Desacuerdo. Por Enrique Morales. Cientista Político, Universidad Miguel de Cervantes

Hoy en día la democracia se encuentra amenazada por la comodidad cognitiva, comodidad que no actúa como censura o abierta desinformación. La información transmitida se centra en confirmar nuestras creencias; en este sentido se anulan los opuestos en diálogo para consolidar visiones propias.

La apuntos, tensiones o puntos de encuentro. Las ideas circulan, pero organizadas en entornos acotados y seguros desplegando una precisa arquitectura epistémica. El algoritmo no delibera, no discute y no persuade y esto porque su meta es seleccionar, priorizar o excluir para así mantener un proceso que reduce la experiencia democrática.

La adversarialidad existe, pero condicionada por la reafirmación emocional, la pertenencia identitaria y el rechazo visceral, simplificado o automático del otro.
El pensar políticamente dentro de intercambios, negociaciones o transaccionesse va diluyendo a cambio de una polarización algorítmica que no reconoce al adversario como contraparte valida. Con el tiempo se fabrican enemigos y
fanáticos que coexisten en ambientes diversos que no practican la democracia y que no interactúan en clave política. La realidad se caricaturiza, poblándose de ecos, competencias o cancelaciones; las preferencias se moldean desde reciprocidades dañinas entre plataformas y usuarios.

El entorno como ecosistema propio o ajeno resuena siguiendo pautas de adaptación acríticas. Ello termina por reforzar confrontaciones sin fricción, sin conocimiento, sin intermediación significativa.

Los liderazgos se reafirman por aclamación, las pertenencias por validación, las autonomías por confirmación no desafiante y el juicio termina atrofiándose, habitando lugares protegidos e ilusorios. Estos lugares al presentarse como
entornos cerrados o poco porosos crean ideas de orden, seguridad o de amenaza latente que jamás contradicen a los propios y su reforzada unidad.

La formación ciudadana, la deliberación pública y el disenso necesarios se van nublando hasta desaparecer. El resultado es claro y se traduce en una democracia que no se exige a sí misma, una que evita la interpelación, la mediación de
nuestros desacuerdos. Ahora lo que nos indigna se grita, se postea, se expone sin conversación. La política se escenifica, se expresa, se declara como variante nominativa o amplificada desde los likes, la multiplicación de seguidores, las
funas digitales o las resonancias de toda cancelación.

Actualmente el conflicto no se amortigua y el fondo de la confrontación no se resuelve, la pluralidad incluso pierde sentido como recurso cultural, social y funcional. La ciudadanía se expresa y sus opiniones circulan, pero el costo ha
sido no mediar los desacuerdos, minimizar la importancia de la política y convertir a la democracia en un fenómeno sin sentidos exigibles