Oh I'm just counting

Entre la violencia y la política: un espejo para la educación democrática chilena. Por Enrique Morales M. Investigador Proyecto Democracia UMC

Las imágenes de estudiantes encapuchados lanzando objetos incendiarios desde liceos emblemáticos han vuelto a circular en los últimos días. Son escenas que no solo muestran el desgaste de un sector de la educación pública, sino también el desgarro de un país que no logra convertir la energía juvenil en proyecto político. En paralelo, y casi como en otro Chile, se realizó la jornada de formación de líderes democráticos del programa +ParaChile, donde jóvenes políticos se reúnen para dialogar, aprender y proyectar un liderazgo cívico con vocación transformadora.

El contraste es tan evidente como inquietante. Por un lado, un espacio donde la violencia irrumpe como lenguaje predominante; por otro, un lugar donde la palabra, la escucha y la construcción colectiva son el motor. Aquí es donde la filosofía de Hannah Arendt, en su ensayo Sobre la Violencia, se vuelve indispensable para pensar el presente, para pensar la proyección de todo propósito, de todo ejercicio autorizado del poder.

Arendt nos recuerda que la violencia no es sinónimo de poder, sino, al contrario, su sustituto cuando el poder se desvanece. El poder —dice— surge allí donde las personas se reúnen, acuerdan y actúan en común. La violencia aparece cuando ese espacio de acción compartida fracasa o se niega, y entonces se imponen medios coercitivos para conseguir lo que ya no logra la palabra ni la convicción. La violencia colinda con la anti-política, con la fuerza impuesta y teñida de poderío; base precaria que anticipa el fracaso de toda ciudadanía activa y responsable.

El liderazgo se oscurece y las capacidades para transformar la realidad claudican ante el atajo de fuerzas vaciadas de sentido. Los jóvenes que promueven y llevan a cabo actos violentos no expresan nada político, nada a ser articulado en comunidad. No son el motor de una energía deliberativa, propositiva o profundamente transformadora. El gesto destructivo consume discursos y acciones, sin proyectar la civilidad necesaria para formar y trascender realidades presentes y futuras.

El programa +ParaChile ofrece un espejo distinto. En vez de rendirse a la tentación de la violencia, asume que la formación política requiere paciencia, diálogo y el difícil arte de convivir con las diferencias. Lo que allí se cultiva no es un recetario de líderes obedientes, sino un laboratorio de poder en el sentido arendtiano: la capacidad de actuar juntos, de construir un mundo común. No todo está perdido en la desesperanza ni atrapado en la violencia. Existe un capital cívico dispuesto a ensanchar la democracia, siempre que se le otorguen espacios institucionales y simbólicos para crecer.

El contraste entre las molotov y los foros de formación no es anecdótico: es un retrato de las encrucijadas de Chile. Mientras una parte de la educación pública se hunde en la protesta violenta, otra parte de la civilidad busca caminos de cooperación y aprendizaje democrático. Es necesario transformar la rabia en palabra, el impulso ciego en poder compartido; de lo contrario la violencia se normaliza, se romantiza y se queda a vivir entre nosotros.

La capacidad política no puede empobrecerse, el poder construye y la violencia destruye. Solo los compromisos generan acciones comunes y futuros posibles, conscientes que la violencia y la política no habitan los mismos procesos y fines. De una molotov no surge un argumento, de una experiencia encapuchada no emerge ningún liderazgo y a partir de un discurso incendiario no hay formación ciudadana posible.