Oh I'm just counting

La mediocridad como política de Estado. Por Ricardo Rincón González, Abogado, exDiputado 

Cuando la mediocridad inspira a un gobierno, sus políticas terminan siendo un espejo de sus carencias. En materia de educación, el daño es doble: no solo se perpetúa la ineficiencia, sino que se condena a una generación entera a la postergación de un futuro mejor. Esto es exactamente lo que está ocurriendo bajo la administración de Gabriel Boric.

A cuatro meses de que expire el currículum priorizado —una medida excepcional nacida en 2020 como respuesta a la pandemia— Chile no tiene certeza de qué enseñarán sus colegios a partir de 2026. El dato es brutal: a pesar de que esta reducción de contenidos debía ser transitoria y terminar en 2022, este gobierno no solo la prorrogó hasta 2025 bajo el Plan de Reactivación Educativa, sino que hoy incluso evalúa extenderla. ¿El resultado? Tres años completos de enseñanza con un contenido reducido, limitado, insuficiente para un país que necesita justamente lo contrario: elevar el estándar, no recortarlo.

El problema no es solo técnico, es político y cultural. Se normalizó la idea de que el “mínimo” basta. Se privilegia la comodidad de los aparatos estatales y gremiales, se posterga la exigencia académica, se dilata la definición de contenidos esenciales. Esta falta de claridad no es inocua: golpea especialmente a quienes más necesitan un sistema educativo robusto, los jóvenes de sectores vulnerables, que dependen de la escuela para acortar la brecha con sus pares. Se les quita horas, se les quita contenido y, sobre todo, se les quita tiempo.

Chile no puede darse el lujo de perder generaciones en debates estériles ni en experimentos burocráticos. Cada año sin rumbo educativo es una deuda social que se pagará con menos empleabilidad, menos innovación y más desigualdad. A un país que ya muestra rezagos en comprensión lectora, matemáticas y ciencias, le dicen ahora que debe seguir conformándose con un currículum “priorizado”, es decir, reducido. Y a cuatro meses de un plazo decisivo, el Ministerio de Educación sigue “evaluando”.

No hay liderazgo. No hay decisión. No hay visión de futuro. La educación, que debería ser prioridad nacional, se convierte en un laboratorio de improvisaciones. El mensaje es claro: no importa el mérito, no importa la calidad, no importa la urgencia; lo que importa es administrar la inercia. Eso es mediocridad, y cuando la mediocridad se institucionaliza, el costo es altísimo. Lo pagan los jóvenes, lo paga el país.