Oh I'm just counting

Ormuz y el talón de Aquiles de la aviación mundial. Por Ricardo Rincón González, Abogado

El conflicto en Oriente Medio ha vuelto a recordar una verdad incómoda de la economía global: el mundo moderno sigue dependiendo de cuellos de botella energéticos extremadamente frágiles. Esta vez, la alarma proviene del propio corazón de la industria aérea. La Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA) ha advertido que la actual crisis en el Golfo Pérsico ha expuesto una vulnerabilidad crítica: la seguridad del combustible para aviones.

El detonante es geográfico y estratégico a la vez. El estrecho de Ormuz, por donde normalmente transita cerca del 20% del suministro mundial de petróleo, se ha vuelto prácticamente impracticable tras la abrupta caída del tráfico de petroleros —entre 70% y 80% según estimaciones recientes— debido al aumento del riesgo militar y a las primas de seguros de guerra.

Cuando un cuello de botella energético de esta magnitud se bloquea, el impacto no tarda en propagarse por toda la economía global. Pero uno de los sectores más expuestos es la aviación comercial. A diferencia de otros transportes, la aviación carece de sustitutos energéticos a gran escala. Un avión de pasajeros no puede cambiar de combustible con facilidad ni recurrir a alternativas inmediatas.

El resultado es que la perturbación del flujo petrolero golpea directamente al combustible de aviación (jet fuel), un producto refinado cuya disponibilidad depende de complejas cadenas logísticas y de refinación.

Europa es probablemente la región occidental más vulnerable. Entre el 25% y el 30% de su demanda de combustible para aviones proviene del Golfo Pérsico, lo que significa que cualquier interrupción prolongada en esa ruta marítima tiene consecuencias inmediatas. La reducción del transporte marítimo, el aumento de los costos de seguro y los desvíos obligados de los buques —que ahora deben rodear África por el Cabo de Buena Esperanza— han disparado las primas del jet fuel y reducido la disponibilidad en los mercados.

El problema no termina allí. La seguridad energética de la aviación europea descansa sobre inventarios comerciales relativamente bajos: en promedio, apenas algo más de un mes de consumo. En condiciones normales, ese sistema funciona gracias a la fluidez del comercio marítimo global. Pero cuando esa fluidez se rompe, la fragilidad queda expuesta.

En teoría, otros centros de refinación podrían suplir el déficit. Sin embargo, tampoco esa alternativa es simple. India y China absorben gran parte del crudo que pasa por Ormuz —cerca del 84% del total—, lo que limita el volumen disponible para redistribuir combustibles refinados hacia otros mercados. En un escenario de tensión geopolítica prolongada, el sistema global comienza a mostrar los límites de su elasticidad.

La advertencia de IATA es clara: esta crisis no es solo un episodio coyuntural, sino una señal estructural. El sistema energético que sostiene al transporte aéreo mundial carece de redundancias suficientes.

La respuesta, por tanto, no puede limitarse a esperar que las rutas marítimas se normalicen. La resiliencia energética de la aviación exige decisiones políticas e industriales de mayor alcance: reservas estratégicas específicas de combustible de aviación, diversificación real de las fuentes de suministro, mayor coordinación entre aerolíneas, refinerías y gobiernos, y un impulso mucho más decidido al desarrollo de combustibles de aviación sostenibles (SAF).

En el corto plazo, esas medidas no eliminarán la dependencia del petróleo. Pero sí pueden reducir la exposición a shocks geopolíticos que hoy tienen la capacidad de paralizar rutas aéreas, elevar tarifas y desestabilizar cadenas logísticas globales.

La historia económica demuestra que las crisis energéticas suelen revelar vulnerabilidades que el sistema había preferido ignorar. El estrecho de Ormuz vuelve a recordarnos que la globalización no solo depende de mercados abiertos y tecnología avanzada. También depende —todavía— de unos pocos pasos marítimos estrechos, donde la geopolítica puede interrumpir en días lo que la economía mundial tarda décadas en construir.

La aviación mundial acaba de descubrir, una vez más, su propio talón de Aquiles