Oh I'm just counting

Perspectivas de la crisis mundial. Dimensiones espirituales y ecológicas. Por Daniel Ramírez, Doctor en Ética y Filosofía Política U. Paris-Sorbonne, Filosofía U. Católica de Chile

I. La época de la gran decepción

Desde los años 90, con la caída del muro de Berlín y el fin de la guerra fría, una gran esperanza de paz y concordia se levantó en el mundo. Al mismo tiempo, desde la segunda “cumbre de la Tierra” en (Rio de Janeiro, 1992) la ecología y el cambio climático pasaron a formar parte de la agenda de los gobiernos del mundo. Un elemento clave fue el concepto de transición energética. Quedó cada vez más claro que la era de los combustibles fósiles debía terminarse, y el cambio debería ser desde el mediano plazo. Pero ahora la humanidad se dirige hacia una situación de la cual podría no recuperarse. El primer cuarto del siglo XXI podría llamarse “la época de la gran decepción”.

Desde fines del siglo XX se desató una competencia tecnológica y económica por los combustibles y las energías renovables. Esa carrera, tanto Europa como los EE.UU., empezaron a perderla claramente desde la primera década del siglo XXI. La China, que era uno de los países más contaminantes del mundo, comenzó un proceso sin precedentes de investigación científica, inversión y renovación técnico-industrial hacia las energías renovables, y hoy en día es de lejos el primer productor del mundo de paneles solares, más del 80%; del 75 % de la producción de baterías de ion-litio, y domina el refinado de minerales críticos y “tierras raras” indispensables para la transición energética. Y China produce el 50% de los vehículos eléctricos de todo el mundo; EE.UU. no es ni siquiera el segundo productor sino el tercero después de Alemania.

Europa se ha resignado a esa jerarquía e importa paneles solares de China. La crisis del gas de Rusia ha ayudado a la toma de consciencia de la importancia de la transición energética y las inversiones en este plano han aumentado enormemente.

II. La carrera energética y la peor opción

EE.UU. también perdió esa competencia. Pero en vez de haber intentado mantenerse en ella, en segundo o tercer lugar, tomó la vía contraria: acelerar el consumo de petróleo. Primero con la generalización de la explotación del gas de
profundidad o gas de lutita, cuya extracción es terriblemente contaminante. Y el Canadá fue a la siga. Aquello que, año tras año, informe tras informe y cumbre tras cumbre, cada vez más el mundo entero sabe que debe ir disminuyendo, el consumo de energías fósiles, el gobierno de los EE.UU. decide intensificar su explotación. En vez de transición tecnológica y energética, se repliega en lo que ya domina: técnicas e infraestructuras petroleras. ¡Qué importa la biósfera, qué importa la vida! Solo la guerra económica cuenta.

Sus ambiciones sobre Groenlandia tienen el mismo color sombrío del petróleo, la toxicidad del gas de lutita y la extracción de “tierras raras”, con la esperanza de no abandonar totalmente el extractivismo del futuro. Y sin considerar el peligro inmenso de acelerar el deshielo de esas gigantescas extensiones, que liberaría millones de toneladas de metano, con mucho mayor efecto de invernadero que el Co2.

En cuanto a Venezuela, se estima que sus reservas de petróleo crudo, que Trump ha decidido apoderarse, son las mayores del mundo. Quedó claro desde los primeros días de la intervención en ese país (en el caso que no lo hubiera estado) que su objetivo no tenía nada que ver con el régimen chavista, sino que era de hacerse de esa reserva petrolera descomunal y explotarla. Solo que su explotación, transporte y refinamiento en EE.UU., de realizarse, aparte del grotesco atropello al derecho que el mundo ya aceptó sin decir casi nada (la propaganda de años hizo su efecto) y el irrespeto incluso al comercio internacional que ello implica, liberaría inmensas cantidades de gases, incluido metano e implicaría el consumo de millones de toneladas de agua por años. Un retroceso ecológico inconmensurable. La peor opción.

Uno de los fines inmediatos, más que la riqueza que eso generaría para EE.UU., es privar a la China de esos recursos, en los cuales ya participaba refinando el crudo venezolano. Es decir, mayor tensión mundial, mayor peligro de guerras, anexiones de territorios en busca de yacimientos y reservas. Guerra estratégico-energética.

III. Irán y Medio Oriente

Sin embargo, la mayor parte de la importación petrolífera de la China no era Venezuela (de donde provenía solo un 5%) sino Irán, con un 20%. Por ello se prosigue con lo que en principio era “una pequeña excursión”. Una guerra de destrucción, desencadenada con un ataque coordinado de Israel y EE.UU. que desde del comienzo se tradujo en la  muerte del dirigente máximo de ese país y una gran parte de la plana mayor del gobierno y del ejército. Pero Irán no se parece a Venezuela, la pequeña excursión se transforma en caos en la región y crisis petrolera internacional. Irán no tiene medios para atacar a los EE.UU., y sus ataques sobre Israel tiene muy poco efecto; entonces ataca a las monarquías y emiratos del Golfo donde los EE.UU. tienen bases militares un poco por todas partes (genial el concepto de soberanía de estos países) y el capitalismo mundial sus paraísos artificiales y fiscales para multimillonarios. Petrodólares y política servil.

A este propósito, muchos dirigentes del mundo compiten por el récord de la vergüenza histórica; por ejemplo el presidente de Francia declaró a los pocos días que exigía “que Irán cese sus ataques a los países del golfo que siembran el caos en toda la región”. Ni una palabra sobre los ataques de Israel y los EE.UU. que no solo siembran el caos sino pretenden destruir un país entero. Irán tendría que aceptar ser atacado sin responder: “no se preocupen, solo iraníes mueren”.

Obviamente los actos tienen consecuencias. Aquí como en el caso de Venezuela, cualquier consideración sobre el régimen de un país (que puede ser detestable), cuando este es atacado, se convierte en justificación hipócrita. Si al término de esta guerra ilegal y asesina, el régimen de los mollah cayera, en algunas mentes ingenuas no faltará la frasecita: “ah pero al menos ahora los iraníes no tendrán que soportar el régimen”. Este hallazgo insólito del (no)pensamiento actual se podría llamar “beneficios colaterales”. Se conocían los daños colaterales. Por ejemplo las 160
niñas carbonizadas el primer día del ataque por un misil de Israel lanzado sobre una escuela; los cientos de médicos, personal humanitario y periodistas asesinados intencionalmente en Gaza. Ahora se descubren los beneficios colaterales; “tal vez el régimen de Venezuela se vuelve razonable”, “tal vez el régimen de los ayatollah cae”… tal vez.

Lo que se ve hasta ahora sin embargo es que ningún régimen cae simplemente por bombardeos; lo único que se consigue es matar, empobrecer, hambrear. Las guerras de los EE.UU. actualmente son guerras de destrucción, porque ninguna invasión parece posible.

Y el lenguaje sigue su camino de degradación: la última semana se escuchó al mandatario norteamericano amenazar con “enviar a Irán a la edad de piedra”, y el martes 7 el anuncio alucinante de que “una civilización entera debe morir esta
noche”. Supongo que algún asesor le habrá explicado que Irán viene de la civilización persa que por lo bajo tiene 3 mil años. Y eso es lo que se supone que va a desaparecer porque un mandatario actual con sus facultades mentales poco claras lo ordenaría. Para luego anunciar que se abren las negociaciones.

IV. Degradación ética y política del mundo

Lo que aparece es una increíble degradación moral de la humanidad liderada por el presidente de la mayor potencia militar del mundo, su apoyo al genocidio en Gaza, con el uso del hambre como arma, la guerra de exterminación y de destrucción masiva que continúa el colonialismo desatado de Israel en el resto de Palestina. Todo esto nos muestra que el optimismo de los años 90 era simple ilusión. Hay pueblos a los cuales nadie ayuda, simplemente se asiste a su aplastamiento. Se les diaboliza, se les acusa, como en la Biblia a los amalecitas, se desea su desaparición, y cuando proyectos genocidas se ponen en práctica, abundan los iscursos justificativos.

Hoy parece ser el turno de Cuba, cuyo hundimiento, si tiene lugar, arrastrará al pozo el resto de dignidad que iba quedando en Latinoamérica, luego de su larga historia de colonialismos y claudicaciones. El aislamiento de Cuba convertido en verdadero sitio y block out energético, produciendo muertes en hospitales sin electricidad ni medicamentos, pobreza, enfermedades, sufrimiento tras sufrimiento. Y hambre! De nuevo el hambre como arma de estas guerras “modernas”. Entonces comenzarán otra vez las frasecitas: “es que la dictadura cubana”, etc., y los supuestos beneficios colaterales, porque la mentalidad de rebaños se ha impuesto en el mundo, sin que se sepa si se funda más bien en la cobardía o en la estupidez.

La soberanía de las naciones se ha perdido totalmente como norma reguladora del orden internacional. Desde la anexión de Crimea por Rusia y la posterior agresión a Ucrania para apoderarse del Dombass, pasando por el anexionismo de Israel, que se perpetúa en los ataques a países como el Líbano, Siria, Irán, con el pretexto de su protección. En el lenguaje del agresor, los agresores siempre son los otros. Por otra parte cunde en el mundo una ola de gobiernos de extrema derecha en la cual el racismo y el suprematismo, las discriminaciones y la xenofobia nunca están muy lejos. Los derechos humanos y la ecología pasan a segundo o tercer lugar, lo que no augura ninguna mejora ni atenuación de las amenazas.

Como si fuera poco, la expansión inesperada del crimen organizado y de la corrupción en las últimas décadas, y los tráficos de diverso tipo, no solo de drogas sino armas, personas, partes de personas (órganos), capitales ilícitos, datos, hacen que el mundo se parezca más a un territorio mafioso global que a una “comunidad internacional”, donde se pierden día a día el respeto, la moral y el derecho.

Muchos apoyarán estas políticas por ideología, allí cuando otros nada dirán por miedo, perdiendo primero su dignidad y luego su libertad. Nadie querrá combatir a los que son muchísimo más poderosos e imponen su relato, su lenguaje, su
designio, aunque este sea suicida a largo plazo y a nivel planetario. Una buena parte del mundo se calla ante los destructores de pueblos.

Como se ve, estamos en una de las peores configuraciones que podrían imaginarse: un poder que aspira a dominar el planeta desde una potencia en pérdida de hegemonía. Así nace la idea de que generalizar el caos le favorece (muchos querrán su protección o sus favores). Generalizar la guerra (que yo defino como crimen organizado en gran escala, autorizado y estatal) y desestabilizar el mundo, destruir el espacio de la verdad, difundir ideologías ramplonas y boicotear la inteligencia y el conocimiento para que tales ideologías permeen más fácilmente los pueblos.

La situación mundial parece desesperada; no voy a decir lo contrario. Sin embargo el alarmismo y el pesimismo son también de alguna manera mecanismos de defensa sicológicos, y no tenemos tiempo para tales remedios.

“…donde hay peligro, crece también lo que nos salva”, dice Hölderlin en uno de sus últimos himnos. ¿Qué podría ser aquello que crece y que salva, según el poeta?

Para poder comprender algo de una frase tan misteriosa, el asunto es poder calificar esta crisis, ¿es una crisis de qué?

Hemos mencionado la degradación ecológica, ética y política de la humanidad, catástrofes climáticas, desastres humanitarios, arbitrariedad y cinismo, ley del más fuerte, silencio cómplice, colaboración con el agresor, olvido de normas y valores, desaparición del derecho, desprecio de la verdad, pusilanimidad. La humanidad parece retroceder en los planos más importantes, olvidar los fines mismos de la vida humana, los ideales nobles y las lecciones de sabiduría y coraje que han existido en toda la historia.

V. La crisis espiritual

La degradación o involución de nuestra especie la afecta en aquello que era lo esencial. No solo la inteligencia, ni la sensibilidad, ni el conocimiento, ni la sabiduría, ni la belleza, ni la justicia; parece ser que es todo esto junto lo que se derrumba. La valentía, el amor por la verdad, el respeto de la vida humana y los equilibrios de la naturaleza, el sentido de la belleza, la compasión y la hermandad. Todo ello parece quedar muy lejos atrás en esta carrera loca. Por eso creo que lo única denominación que se ajusta es la de una crisis espiritual.

Y ello implica, si le creemos al poeta (¿y a quién más creerle hoy en día?), que allí donde hay este peligro abismal, el derrumbamiento espiritual, es decir el fin de la civilización tal que la hemos ido construyendo y que no hemos podido realizar plenamente; que allí también crece lo que salva. Es decir que la vía (no la solución porque tal vez no la hay) sería la de una reformulación, una reorientación espiritual de la humanidad, una revolución de nuestra esencia.

Por supuesto importa definir con mucha profundidad lo que entendemos por espiritual, aunque se necesitaría para ello un libro entero. Por ahora solo diré que no se trata principalmente de una espiritualidad religiosa ni un misticismo, ni de
creencias espiritualistas ni de metafísicas esotéricas. No se trata solo de meditar u orar, ayunar, hacer yoga o interpretar símbolos, aunque todas estas cosas hagan bien. Es algo mucho más amplio.

Lo espiritual para mí es la aspiración a la transcendencia, el sentido y las prácticas de la transcendencia. ¿Pero qué es la transcendencia? Porque no se trata de reemplazar una palabra por otra. Es el impulso por ir más allá. No ir “al más allá”,
sino ir más allá de lo que somos, de la realidad actual; transcender es pasar a través, transportarse, transformarse, regenerarse, nutrirse, crecer, dirigirse a lo superior, a la mejor versión de nosotros, a la mejor versión del mundo mismo.

La espiritualidad es el conjunto de nuestra vida subjetiva (pensamiento, emociones, sentimiento, memoria, intuición, imaginación creadora, conocimientos, arte) toda vez que se tiende a aumentar su profundidad, su altura de miras, su cercanía con el todo viviente.

Cada vez que con impulso de transcendencia se tiende a vibrar con mayor intensidad, en las frecuencias en que la armonía del mundo, la belleza del cosmos, la fuerza del amor, la complejidad y la delicadeza de la vida, lo amable, lo admirable y lo venerable se muestran, entonces acaece la espiritualidad. Una acción que vaya en este sentido puede ser un llamado a aquello “que salva”, una invocación (es lo que sabe hacer el arte y la poesía), una convocación del destino superior del ser humano en medio de la vida en la Tierra.

El lector, si ha llegado hasta aquí, se dirá tal vez, “vaya, estamos lejos de un artículo político sobre las guerras actuales y la crisis global”. Y tendrá razón. Así, uno de los temas que nos corresponde desarrollar, explorar y profundizar es la relación entre una espiritualidad entendida de esa manera y la política. Es decir pensar espiritualmente la sociedad y la política; lo cual es una tarea nueva.

La profundidad de la crisis actual es inmensa; los grandes valores de la civilización judeocristiana y greco-romana, del humanismo y de la modernidad parecen olvidados u obsoletos, en pro del beneficio de la fuerza bruta y el crimen impune.

Eso no parece poder revertirse simplemente con cambios de regímenes, esperar el próximo ciclo electoral, confiar en el péndulo del destino; solo las veletas pueden contar con ello. Incluso cuando las urnas den otros veredictos, lo que ocurrirá, y que los regímenes cambien, el desgaste moral y espiritual de la humanidad y el daño ecológico del planeta podrían estar ya demasiado avanzados.

Que se me perdone el terminar con algo que suscita más interrogaciones que respuestas, y tal vez desconcierto, pero es allí donde hay que ponerse en marcha y continuar esta reflexión, a lo cual me comprometo. Los filósofos, artistas, científicos y pensadores tenemos una gran responsabilidad: eludirla es una comodidad que condena el pensamiento a ser puramente decorativo.

El desafío es nada menos que reconstruir un ideal ético verdadero, un humanismo del futuro, un paradigma nuevo de la política como el arte de vivir en común, compartiendo el mundo de la mejor manera, es nuestra tarea (tal vez la última),
dejando florecer el planeta y el mundo humano como el más bello jardín, del cual somos todos los jardineros.