Oh I'm just counting

Artemis II. Los desafíos espaciales que Chile deja pasar. Por Ricardo Rincón, Abogado

Esta semana, Argentina anunció oficialmente su participación en la misión Artemis II de la NASA, convirtiéndose en parte activa del regreso tripulado a la Luna. No se trata de retórica ni de una adhesión simbólica: el país vecino desplegará el microsatélite Atenea, desarrollado por la CONAE junto a universidades y centros científicos nacionales, en una órbita que supera los 70.000 kilómetros de la Tierra. Un récord técnico para Argentina y una señal inequívoca de ambición estratégica.

La noticia interpela directamente a Chile. No por envidia, sino por contraste. Porque este era —y sigue siendo— un espacio donde Chile tenía condiciones reales para estar. Capacidades técnicas, capital humano, experiencia satelital, vínculos internacionales y una Fuerza Aérea con décadas de liderazgo operativo en el ámbito espacial. Sin embargo, la oportunidad pasó de largo.

Chile ha avanzado, sí. El Centro Espacial Nacional recientemente inaugurado en Cerrillos es prueba de ello. La operación del satélite FASat-Charlie y e l inicio de una nueva fase de nivel constelación con el fallido FASat-Delta que es parte de un proyecto de diez (10) ingenios espaciales de observación y diferentes capacidades en los próximos años, y donde las bases para un primer satélite de comunicaciones están ya avanzadas, acredita progreso y continuidad técnica. Pero el punto no es la existencia de avances, sino su escala, velocidad y profundidad estratégica.

En el nuevo escenario espacial —marcado por competencia geopolítica, innovación dual civil-militar y retornos económicos crecientes— avanzar lento y con escasa convicción del liderazgo civil, sin visión de futuro y estrategia global, equivale, simplemente, a quedar fuera o, a lo menos, regalado a terceros y cuartos lugares de escasa relevancia e impacto.

Durante el actual gobierno, el Programa Espacial Nacional – PEN - no fue asumido como una prioridad estructural. No hubo convicción política para dar el salto institucional que se requería. La Agencia NacionalEspacial, largamente diagnosticada como necesaria para separar conducción civil, planificación estratégica y operación técnica, no vio la luz. Los centros espaciales regionales proyectados para Antofagasta y Magallanes —claves para observación astronómica, comunicaciones polares y control orbital— quedaron congelados. Los programas escolares de detección y formación de talento temprano, esenciales para sostener una política espacial de largo plazo, no recibieron el impulso requerido. 

Es más, se llegó a maltratar a representante de gobierno extranjero clave para el programa espacial nacional en ejecución luego de una licitación internacional exitosa enel Gobierno de Sebastián Piñera, cancelando incluso la participación de empresas israelíes en la FIDAE del año 2024, hechos que constituyeron una evidente imprudencia con desconocimiento del debido manejo de las relaciones internacionales, el respeto a los contratos y la debida representación de los intereses nacionales en materia espacial. 

 Más aún: en vez de fortalecer capacidades existentes, se instaló una desconfianza ideológica hacia el liderazgo histórico de la Fuerza Aérea de Chile en materia espacial, sin ofrecer una alternativa civil robusta que la complementara y apoyara realmente. El resultado fue parálisis relativa: ni conducción clara, ni institucionalidad nueva, ni aceleración y profundización del programaespacial. Mucha foto, poca decisión, prácticamente inercia con lo ya iniciado y avanzado por otros. La apuesta de la presidenta Michelle Bachelet por rescatar,revivir y mantener a flote, contra viento y marea, el programa espacial nacional (PEN) con el proyecto del Fasat-Charlie, aún en órbita, y la propia del presidente Sebastián Piñera por potenciarlo dándole mayor envergadura y proyecciones con una constelación de satélites, un Centro Espacial  Nacional, Centros Espaciales Regionales  e Intermedios, y un proyecto de satélite de telecomunicaciones, no tuvieron, lamentablemente, la misma respuesta y convicción en el gobierno actual el que, en la práctica, no prospectó ni aportó al desarrollo espacial del país.  

Argentina, con menos recursos que Chile, entendió algo fundamental: el espacio no es un lujo, es infraestructura crítica del siglo XXI. Observación terrestre, defensa, comunicaciones, ciencia aplicada, innovación industrial y posicionamiento internacional convergen allí. Participar en Artemis II no es solo un logro científico; es una señal de inserción estratégica en la arquitectura futura – que cada vez es más presente - del poder tecnológico global, aquel que asegura preeminencia mundial y consolidación de estadios de desarrollo pais imposibles de desperdiciar.

Chile aún está a tiempo de corregir el rumbo, pero hacerlo exige un giro decidido en la forma de concebir su política espacial. Ello implica abandonar la lógica testimonial y comprender que el desarrollo espacial no admite improvisaciones ni soluciones de corto plazo: requiere continuidad institucional, inversión sostenida, confianza en las capacidades técnicas ya existentes y, sobre todo, una visión de Estado que trascienda los ciclos políticos y las coyunturas ideológicas. El espacio no espera; y las oportunidades que se postergan rara vez regresan en condiciones equivalentes.

En este contexto, Chile enfrenta la necesidad impostergable de saldar sus deudas históricas en materia de desarrollo científico y tecnológico, y una de las vías más eficientes para hacerlo es el fortalecimiento integral de sus capacidades espaciales. Ello supone no solo invertir más, sino atreverse a pensar en grande: comprender que la implementación de centros espaciales —particularmente en el norte y el extremo sur del país— habilita, en una etapa superior, la creación de verdaderos puertos espaciales, con capacidades de lanzamiento, ensamblaje y pruebas, fundamentales para el surgimiento y consolidación de una industria espacial nacional.

El próximo gobierno, que asumirá en marzo, contará con una oportunidad excepcional —y contrarreloj— para reordenar estas prioridades estratégicas. Las condiciones de base existen: infraestructura en desarrollo, posición geográfica privilegiada y capital humano altamente calificado. A modo de ejemplo, Chile ya cuenta con jóvenes ingenieros aeroespaciales formados al más alto nivel internacional y con más de una veintena de doctorados especializado en el área. Lo que ha faltado no es talento ni posibilidad, sino decisión política y visión estratégica de largo plazo.

Conformarse con avanzar lentamente, o limitarse a “cumplir” sin ambición, equivale a hipotecar el futuro del país y a no comprender —o a no querer comprender— las oportunidades estratégicas que el acceso al espacio abre para la sociedad contemporánea. Quien no advierte que desde el espacio se detectan tempranamente los incendios forestales, se monitorean los cambios en los océanos, se resguarda la zona económica exclusiva frente a perforaciones o actividades ilícitas, se controla el transporte ilegal de residuos peligrosos, se observan los movimientos migratorios de las especies y se anticipan los efectos del cambio climático; quien no entiende, además, que existen miles de aplicaciones capaces de mejorar de manera concreta la vida de las personas en la Tierra —incluidas comunicaciones propias, seguras y de cobertura global en un territorio tan extenso y complejo como el nuestro—, no está ejerciendo prudencia ni cautela fiscal: está simplemente renunciando al desarrollo, con un costo que termina pagando toda la sociedad.

Mientras Argentina se proyecta hacia la Luna, Chile enfrenta una definición de fondo: persistir como observador pasivo del futuro o asumir, con decisión y coherencia, un rol protagónico en su construcción. Lo más relevante es que esta comprensión ya está presente en muchos niños y jóvenes de nuestras escuelas, que miran el espacio no como una fantasía, sino como una frontera natural del conocimiento y del desarrollo. La verdadera urgencia es que esa convicción alcance,también, a quienes toman las decisiones: autoridades, líderes políticos, científicos e intelectuales, llamados a estar a la altura del tiempo histórico que les corresponde conducir.